24 de octubre de 2013

Colores de Otoño


En la entrada anterior hablaba del otoño y ahora, para que entendáis lo que quiero decir —para que me entendáis de verdad—, querría añadir unas fotos. Si sé hacerlo, que estoy muy empezando.

El otoño ha ejercido sobre mí una fascinación especial. Desde siempre, pero sobre todo desde mis años de Nueva York. En buena parte de la costa este de los EE. UU. y Canadá los colores de esa estación son bellísimos. Abundan mucho allí los arces; una variedad de los mismos (Acer rubrum), que, como su nombre indica, se torna rojo en los otoños. Las combinaciones cromáticas son indescriptibles.

Como haré otras veces, tomo de un relato mío unas líneas: “Sé que te gustan las historias sutiles y con artificio, querido Pancho, y te voy a contar una desde esta ciudad inmensa, a miles de kilómetros de ti, en la que viví un tiempo, con mi carrera recién terminada, cuando tenía sólo unos pocos años más que tú ahora. Estoy aquí otra vez, a punto de empezar octubre, porque desde entonces tengo que volver, aunque sea de tarde en tarde, para rever el cambiante rojo de los arces en otoño —los pigmentos son sensibles a la temperatura ambiente y el color varía con las horas y con los días— y comprobar que, al menos, ese milagro perdura, renovado e idéntico, aunque todo lo demás haya mudado tanto. Los mundos que uno descubre de joven, como los sueños primeros que uno teje, están destinados a durar toda la vida”.

Otra cita es de un viaje: “Hemos estado en algunas de las viejas ciudades universitarias: Ulm, Heidelberg, Freiburg. Alegres y un poco bohemias, pero todo con mesura germánica. También en la Selva Negra y en el lago de Constanza, junto a los ríos Rhin (en sus cataratas). El otoño, ya digo, triunfante. Con bastantes arces y ese rojo que me arrebató una vez y sigo buscándolo incansablemente desde entonces (os mando una foto). Nunca ha vuelto a ser el mismo, pero esta es otra historia. El añorado rojo de los arces, si llego a escribir una novela, este creo que podría ser su título”.

Perdonad mi palabras ahora, cuando quizá no hacen falta, a la vista de las fotos. Pero es que tengo que explicar por qué amo las cosas que amo; las que amo apasionadamente, quiero decir. Si los dioses son benévolos, todo lo que tendremos que hacer será eso: contar nuestros amores, aquellos a los que no pudimos renunciar en nuestra vida y son por tanto puros, inocentes, perdonables.

Ahí van las fotos: