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28 de marzo de 2015

Sobre algunas ideas que influenciaron mi vida


Palabras clave (key words): Ortega, Gómez de la Serna, Romain Rolland, Clérambault.

Después de no pocos rodeos, me adentro ya en las ideas, las creencias, las frases que influyeron en mi vida y que, naturalmente, son muy variadas y numerosas. Me referiré sólo a dos. Si al hablar de las ideas fuerza o de Maledetti Toscani, alguien puede disentir de mis opiniones y pensar, hasta con razón, que estoy equivocado, no podrá hacerlo ahora, en esta entrada, porque hablo sólo de mis vivencias y soy absolutamente sincero. Mostraré dos frases que marcaron mi vida, o ciertos momentos de mi vida. Hablo, pues, de mi propia vida y de mi verdad.

Una de ellas anidó tan tempranamente en mi alma que ni recuerdo exactamente de quien es, aunque estoy casi seguro de que procedía de Ortega: Lo más hermoso de la vida es huir, descomprometerse y sentirse libre. Recuerdo, ya no tan literalmente, algo más, quizá del mismo entorno textual: En la vida hay muchas cosas que son difíciles de conciliar, antítesis que son imposibles de solucionar, pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas. Es un canto muy orteguiano al optimismo vital, a la capacidad creativa, fáustica del hombre.

Traté de comprobar si los dos párrafos son de Ortega y escribí parte de ellos en Google, como hago a veces. El segundo sí lo encuentro en un texto del filósofo, pero el primero aparece en un capítulo dedicado a Picasso, de título Picassismo, extraído de la obra Ismos, de Ramón Gómez de la Serna, de 1931. Aun así, creo que el original es orteguiano y que Ramón copió en esto al maestro. Ahora mismo no lo sé, es una conjetura.

Esas ideas, las pensara quien las pensara, dejaron su impronta indeleble en un muchacho de diecisiete años. Creí en su verdad, las encontré ajustadas a mi manera de ser, a lo que quería hacer con mi vida. En algún momento, descubrí también su encanto engañoso. En una carta a un buen amigo de entonces, decía: El Paco Luis (mi nombre de niño y de muy joven), el que pensaba que “lo más hermoso de la vida es huir, descomprometerse y sentirse libre” ha muerto, cuando tenía veinte años de edad. Murió, porque, de repente, comprendió que hay cosas que no se logran con la huida sino con la estancia. Murió, porque se dio cuenta de que, frente a la felicidad del descompromiso estaba la de sentirse ligado a la Tarea por el agridulce yugo de la obligación. Porque entendió que la libertad sólo tiene sentido como un descanso merecido.

No se ha ido a la tumba ni triste ni arrepentido, seguía mi carta, sino alegre. Porque fue feliz huyendo y descomprometiéndose, pues creía que lo espléndido y cegador de la vida era eso. Y huyó y se descomprometió sin herir a nadie, ni hacer daño a ninguno, salvo quizá a él mismo y esto no puede importar a los veinte años. Y porque murió pensando ya en una gloriosa resurrección. Y eso es verdad, en eso ando ahora, más despreocupado que nunca y muy ligero de equipaje.

Podría eternizarme con ejemplos como el anterior y escribir miles de entradas. No lo voy a hacer. Sólo mencionaré otra cita, porque sigo comprometido con ella, aquí sin ningún titubeo y me hace comportarme de manera quijotesca y me crea problemas, sin poder evitarlo: Todo hombre que es un verdadero hombre debe aprender a quedarse solo en medio de todos, a pensar solo por todos y, si fuera necesario, contra todos. Es de Romain Rolland, un escritor francés, pacifista convencido, apasionado por la justicia, premio Nobel en 1915 por su obra llena de idealismo y amor a la verdad. De su libro Clérambault, que trata de Gaëtan de Clérambault, psiquiatra, condecorado por su valor en la primera Guerra Mundial con la Cruz de la Legión de Honor, que se suicidó en 1934. Dio su nombre al síndrome de Clérambault, un trastorno mental del que quizá hable un día.

26 de marzo de 2015

Sobre las ideas fuerza


Palabras clave (key words): Alfred Fouillée, ideas fuerza, Weltanschauung, Ortega.

Lo de las ideas fuerza, término que estaba mucho más en el ambiente intelectual de mi juventud que ahora, viene de un filósofo francés, Alfred Fouillée (1838-1912), creador del concepto. En esencia —no hacen falta muchas complicaciones—, desarrolla la noción de que algunas ideas no son meras representaciones pasivas del mundo, de la realidad, sino que están dotadas de una cierta fuerza o energía, que nos impulsa a conducirnos de una determinada manera. Tienen la potencialidad de convertirse en factores activos, dinamógenos, y condicionar nuestras actuaciones en la vida real.

Que la ideas sean capaces de influir en nuestra manera de percibir la realidad, eso que en alemán se designa como Weltanschauung, parece poco discutible. Esta palabra, atribuida a Wilhelm von Humboldt, aunque fue usada antes por Kant y Hegel, sigue siendo frecuente en los textos ensayísticos y goza de buena salud. Sin precisiones innecesarias, podría reservarse la calificación de ideas fuerza para aquellas que, dotadas de una potencialidad activa, influyen especial y  necesariamente en nuestras acciones y en nuestra manera de actuar en el mundo.

Todo puede complicarse —y los filósofos son gente bien dotada para esta tarea—, pero aun así, parece claro que la idea de que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos ha de influir menos, en nuestra actitud vital global, que la idea de que hemos de morir ineludiblemente. Sin olvidar la importancia de la primera idea para ciertas tareas; como, por ejemplo, calcular el tamaño de una viga para una construcción.

Las ideas fuerza resultan determinantes para que una conducta se establezca o una acción progrese. Están dotadas, en el conjunto de nuestro psiquismo, de una especial trascendencia por su influencia en nuestro pensar y obrar. Otra vez, Ortega arroja luz en el tema, con terminología distinta. Habla él de ideas y creencias, siendo estas últimas convicciones que nos permiten actuar y manejarnos en el mundo.

Cuando Ortega analiza la diferencia entre las dos entidades, insiste en la diferente significación que tienen para la persona. Las creencias operan desde lo más profundo de nuestra mente, contamos con ellas cuando pensamos,  porque son los supuestos básicos de nuestras argumentaciones, y también cuando actuamos, porque son los supuestos básicos de nuestra conducta. Las creencias constituyen la base de nuestra vida, en ellas “vivimos, nos movemos y somos”. Sin embargo, Ortega no olvida señalar su pluralidad: no son sólo religiosas, sino científicas, filosóficas, vitales… Se alojan en nuestra mente como se instalan en nuestra voluntad ciertas inclinaciones. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas.

En relación con todo esto, yo querría contar, de la manera más sincera, algunas de las ideas (ideas fuerza, creencias) que influyeron notoriamente en mi vida. Se trata de cosas en las que creí, en las que creo, y que me hicieron intentar vivir de una cierta manera. Luego la realidad se encargó de embridarme bien y obligarme a seguir las pautas de comportamiento social imperantes, como ocurre casi siempre. Aun así, quedó el intento, la moderada y manejable rebeldía, la afirmación personal más o menos domeñada con el paso de los años. Contaré sólo algunas de estas ideas, de estos credos, en mi próxima entrada.

15 de marzo de 2015

De cosas que, al principio, no se entienden


Palabras clave (key words): anuncio cervecería, ideas fuerza, Curzio Malaparte.

Amigo lector, no tengo arreglo. Las dos últimas entradas de mi blog son sendas listas de todas las publicadas, por orden cronológico y alfabético. Las hice porque había llegado a las 250 entradas… ¡y casi 200.000 palabras! Me formulo otra vez el propósito de hacerlas más cortas y me temo que no me es posible. Lo único que se me ocurre es ir escribiendo poco a poco y que se me vaya siguiendo, si hay voluntad.

He estado unos días fuera de Madrid y me encontré con un gracioso anuncio en la cervecería de una ciudad costeña: “Se necesitan clientes. No hace falta experiencia”. Y me dije, lo contaré en mi blog: algo sencillo, breve, sin complicaciones. Luego recordé algunas frases, más o menos profundas, que han influido en mi manera de entender la vida —así, como suena, la vida— y que no tienen puñetera relación con el anuncio. Detrás vino lo de las ‘ideas fuerza’, de las que se hablaba más en mi juventud que ahora. ¿No podría olvidarme de todo eso y dejar sólo el anuncio? Pues no, ese es mi problema.

Iré contándolo todo, pêle-mêle (en desorden), poco a poco. Lo de las ideas fuerza viene de Alfred Fouillée y daré aquí la definición que encuentro en el Diccionario de filosofía, de Nicola Abbagnano: “encuentro de lo interno y de lo externo, una forma que lo interno toma por la acción de lo externo y por la reacción propia de la conciencia (L’évolutionnisme des Idées-forces, 1890)”.

No se entiende demasiado, ¿verdad? Podría dejarlo así, pero estoy leyendo a Curzio Malaparte, que escribe algo aplicable al caso y con gracia. Se refiere a un dicho de una ciudad de la Umbria: “un antico proverbio di Gubbio, che non si sa bene quel che voglia dire, ma qualcosa deve pur voler dire” (un antiguo proverbio de Gubbio, que no se sabe bien lo que quiere decir, pero alguna cosa debe de querer decir). Pues eso pasa con lo de las ideas fuerza, tal y como las resume Abbagnano. Y hay muchas cosas así, en ciencia y literatura.

Y pienso en más cosas relacionadas. Así funcionan estas entradas, lector. Cuento una simpleza de cierta (presunta) gracia; te doy una expresión francesa que se utiliza a veces (por gente algo o muy pedante); te digo algo de las ideas fuerza, que desarrollaré después; te acerco a Malaparte, a un delicioso libro suyo, Maledetti Toscani, sin traducir al español aisladamente, aunque supongo que estará en sus Obras completas, que sí existen.

En fin, voy dando pistas, para que los lectores las sigan, si les apetece. Así es como me gustan mis entradas y espero que haya gente a la que le guste leer cosas así. Termino esta, ya más corta, y seguiré con el tema, con los temas.

20 de enero de 2015

Diferentes modos de buscar citas


Palabras clave (key words): The Oxford Dictionary of Quotations, G. Bernard Shaw

Lector, encontré todas las citas de mis entradas anteriores a través de mis lecturas recientes. Algunas eran indirectas, como hice notar —quiero decir que en una obra hallé frases que provenían de otra, debidamente referenciada, lo que me permitió rastrearlas en el original—. Además, en ciertos casos utilicé enciclopedias, o la misma Wikipedia, para indagar más sobre las obras o sus autores. No tenía ningún interés en lograr una muy extensa relación de citas sobre las rosas.

En tareas como esta, se puede trabajar de otras maneras, naturalmente. Tecleando la expresión “sobre las rosas” en Google, aparece un cierto número de citas sobre estas flores, aunque no demasiadas. Veo que aparecen muchas más si se teclea en inglés (“quotations on roses” o “quotations about roses”), lo que es explicable. Con este procedimiento se puede conseguir muy pronto una amplia lista de citas y no hay nada censurable en ello.

Ocurre, sin embargo, que estas citas suelen estar poco seleccionadas y hasta pueden aparecer algunas no pertinentes en absoluto. Tampoco está garantizada su calidad o su autenticidad y en muchos casos no se recoge detalladamente la fuente. En fin, como nunca negué que a veces tengo cierta modesta intención didáctica en este blog, si alguien escogiera este approach (esta aproximación, este abordaje) para coleccionar citas literarias, yo le aconsejaría otra vía: consultar un excelente diccionario de citas, The Oxford Dictionary of Quotations. Naturalmente los autores en lengua inglesa son los más frecuentes en él, pero los índices están muy bien elaborados y casi siempre se especifica la fuente íntegra: autor, obra, página o escena, etc.

No es un libro para traducir, porque perdería gran parte de su valor al no mostrar, en la mayoría de los casos, las citas en su lengua original, y supongo que no está traducido. Al menos, no está en la Base de datos española del ISBN. Sí es casi seguro que esté digitalizado y se podrá descargar de la red, aunque no sé si será gratuito; esto no lo he mirado. En fin, lector, hazlo tú, y no olvides el título, si te interesa esta clase de libros. La tercera edición, la que yo tengo, es de 1979 y consta de unas novecientas páginas. La primera edición fue en 1941, en plena guerra mundial.

Precisamente en Internet encuentro, para terminar con el tema de una vez, otra cita sobre las rosas, de George Bernard Shaw: ¿Qué hombre inteligente, si le dieran a elegir entre vivir sin rosas o vivir sin berzas, no correría a asegurar las berzas? Esta cita no viene en el Oxford, ni buscando por roses ni por cabbage. Esto, y la fama que tiene Bernard Shaw de haberse puesto a decir de muerto cosas que nunca dijo de vivo, me hace dudar de que sea correcta la atribución. Nada importante, después de todo.

Recuerdo, una vez más, que el principal objetivo de estas citas fue mostrar autores antiguos, casi siempre, poco conocidos en la actualidad.

3 de enero de 2015

Sobre el amor al pasado


Palabras clave (key words): Robinson, amor al pasado, García Márquez, Leopardi

Ya dije, hablando de las pequeñas frases felices, que mencionaría a una escritora inglesa del XIX, Agnes Mary Frances Robinson. Cito unos versos de su obra An Italian Garden, de 1886, tal vez la cumbre de su producción poética: “In warm or wintry weather / the Siren loves the sea, but I the Past; / upon my rock I sing alone, alone”. Me interesa sólo el segundo verso: la sirena ama el mar, pero yo el Pasado. Encontré la referencia en un escritor francés de ese siglo, Paul Bourget, de la Académie Française, que empezó a estudiar Medicina y la abandonó para dedicarse a las Letras.

Robinson fue una autora famosa, aunque ahora casi nadie la recuerde. Un crítico de la época escribió de ella: “Perhaps no living English poet, after Swinburne, is nearly so well known abroad” (Quizá ningún poeta inglés, desde Swinburne, es tan bien conocido en el extranjero). Así es de fugaz la gloria literaria, como tantas otras famas. Traigo la cita aquí, porque yo también amo el pasado, con algo de apasionamiento.

El amor al ayer, que en casos excesivos puede constituir una patología, no es nada inusual o extraordinario. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho, dice que “sólo lo pasado es hermoso” y Anatole France, en La azucena roja, afirma que “el pasado es la única realidad humana. Todo lo que es, es pasado”. Sin entrar en profundos análisis sobre esa realidad y su relevancia vital, es verdad que, cuando se escribe desde cierta edad, muchas veces se abre sin querer la flor nostálgica del pasado, de lo que fue y ya no existe. Hasta las personas más activas, que viven con intensidad su presente, se encaran a veces con los tiempos viejos, se refieren a ellos con frecuencia y se instalan en los recuerdos.

Todo tiene su justa medida; refugiarse en los dulces vestigios de los tiempos idos puede hasta malograr el presente. Pero también puede hacerlo renovado y espléndido. Gabriel García Márquez, en esa obra cenital que es El amor en los tiempos del cólera, cuenta que Fermina Daza, cuando después de casi toda una vida encuentra de nuevo a Florentino Ariza, su eterno enamorado, “sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo”. “Porque todo ha cambiado en el mundo”, se justificó. A lo que Ariza contestó, tajantemente: “Yo no”. Al final, el nunca soterrado amor triunfa. Una de las muchas claves de la novela es la coexistencia de personas para las que el pasado se desvaneció para siempre, y otras que lo creen capaz de renacer, de volver ubérrimo.

Cuando el futuro se presenta limitado y nos coge ya cansados, encuentro razonable que uno torne su vista a los bellos momentos del ayer. Ese terrible y lúcido pesimista que fue Giacomo Leopardi los interpela muy directamente, en Le ricordanze: Chi rimembrar vi può senza sospiri, / o primo entrar di giovinezza, o giorni vezzosi, inenarrabili… (Quién os puede recordar sin suspiros, oh, primera entrada en la juventud, oh, días encantadores, inefables...).

Algo parecido podría escribir yo. Me ocurre que, al rememorar mi vida, siento un cierto rubor, porque ha sido relativamente amable conmigo, cuando es despiadada para mucha gente. Y eso no me parece justo. Pienso que no he hecho nada especialmente meritorio para haber disfrutado de esa ventaja. Salvo quizá ser poco ambicioso. A Nietzsche le parecía bien la gente así y esto me consuela. En el prólogo de Así hablaba Zaratustra, escribe: Ich liebe Den, welcher sich schämt, wenn der Würfel zu seinem Glücke fällt (amo al que se avergüenza si el dado cae a su favor). 

Lector, el dado cae a favor o en contra por puro azar; las tiradas son sucesos perfectamente estocásticos. Pero la vida no es un juego de dados y hay en ella demasiadas trampas.

7 de octubre de 2014

A little bit of English (un poquito de inglés)


        Hablé hace poco del Manfred de Lord Byron y lo califiqué como lo que en inglés se llama closet drama. Son obras teatrales no destinadas a la representación, sino a la lectura, bien por un lector individual o en voz alta para un grupo reducido de personas. En ellas no hay mucha acción y predominan los diálogos y el pensamiento. Puede intentarse su montaje teatral, siempre con importantes dificultades adicionales, porque no están construidas para eso. Quizá sorprenda saber que las dos partes del Fausto de Goethe fueron diseñadas como closet dramas.
 
        Una obra teatral normal también puede reducirse a la lectura de la misma por varios intérpretes ante un auditorio. Es lo que se llama teatro leído y era algo corriente en mis tiempos de estudiante por su facilidad de ejecución. Es lo que se hace también cuando un autor presenta una nueva obra ante un grupo de actores. También hay closet screenplays en el caso de los guiones cinematográficos. La expresión to come out of the closet, implicando el descubrimiento final de algo mantenido en secreto, es propia del idioma inglés y nuestro “salir del armario”, tan popular ahora, sería un anglicismo.
 
        Esto me lleva a tratar de algunas expresiones inglesas, encontradas a menudo en textos españoles. Nunca oculté, lo he dicho otras veces, mis afanes didácticos en este blog. Self-fulfilling prophecy se refiere a una previsión de futuro hecha de tal manera que puede contribuir a su ocurrir efectivo. Por ejemplo, si unos soldados se dirigen hacia el enemigo, diciéndose unos a otros “ya veréis, nos las van a dar todas en el mismo lado”, pues puede que acabe así la cosa. Serían lo opuesto a aquellos “gritadores de insultos, que combaten con la palabra”, que había en el campo de batalla de Kurukshetra y que se describen en Mahabharata. Según las elegantes reglas de las guerras de entonces, no se les podía golpear, porque luchaban sin armas.
 
        Otra expresión típica inglesa es la de to be right for the wrong reason (acertar por una razón falsa). Contaré una vieja historia persa para ilustrarla. En un manicomio quieren dar de alta a tres pacientes y exploran su capacidad intelectual. Al primero le preguntan cuántas son dos por dos y responde ‘setenta y dos’. Al segundo le preguntan lo mismo y responde ‘martes’. El tercero responde ‘cuatro’. Van a dar de alta al último, pero el director quiere saber algo más. ¿Cómo encontraste la respuesta? Muy fácil. He restado martes de setenta y dos. Se quedó en el centro, por charlatán.
 
        Otra expresión usada frecuentemente en español: wishful thinking. Ya dije que se trataba de una forma de la catatimia, por la que pensamos de acuerdo con nuestros deseos y creemos lo que querríamos que fuera verdad. Es un fenómeno corriente, un alteración del correcto razonar, que puede llevarnos al engaño y al desastre. A tener en cuenta, por las personas y por los pueblos.

        A mi juicio, la expresión más tonta que cabe encontrar en cualquier idioma es la de “matar el tiempo”. Viviendo una vida tan corta, resulta increíble que nos dediquemos a perder el tiempo. Ya entiendo que muchas veces es sólo una distracción muy pasajera. Pero también hay gente que malgasta demasiado el tiempo, que lo mata muy repetida y continuadamente. Me sorprende que la expresión exista en todos los idiomas a los que me asomo. En inglés se dice “to kill time”; en francés “tuer le temps”; en italiano “ammazzare il tempo”. Sí, también los alemanes matan el tiempo, aunque lo hacen al revés: “die Zeit totschlagen”.
 
        Horrible, ¿verdad? Todos lo hacemos, yo también, claro. Pero es una expresión, una actitud estúpida. Otra expresión muy triste en cualquier idioma es la de “demasiado tarde”, cuando pasó el tiempo sin remedio, cuando algo se convirtió en imposible, cuando se nos quebró en mil pedazos un sueño. Para siempre, sin otra oportunidad. La Muerte nos asusta por eso.
 
        Es un sentimiento que durante una buena parte de la vida no debe existir, y que nos va cercando con los años. Lector, si eres joven, olvida esta última reflexión. Para ti todo es posible. Si de verdad quieres, puedes lograr todo lo que te propongas.

31 de mayo de 2014

Feci quod potui


Ya dije que ayer tuve un día chungo, un día algo triste. Eso nos ocurre a todos alguna vez, pero hay muchos seres humanos a los que les ocurre constantemente. A estos últimos no me es fácil olvidarlos y jamás entendí su larga condena, ni las razones que puedan justificar tan pertinaz infortunio. Siempre pensé que era culpa de los hombres… y también de los dioses. Incluso, si se quiere, de los dioses que forjaron así a los hombres, en vez de hacerlos angélicos. Claro que, hasta con los ángeles, algunos salieron torcidos y enredadores. Todo relativamente inexplicable.

Y era ayer un día en el que tenía algún motivo, relacionado con este blog, para estar algo contento. Lo empecé en serio hacia el noviembre pasado y hace poco rebasó las cinco mil visitas. Lector, créeme si te digo que, a estas alturas, esto de las audiencias me trae bastante sin cuidado. Sin embargo, las estudié con algún rigor, tratando de interpretarlas, de ver qué entradas cosechaban más lectores. Sólo para saberlo y dedicarme más a esas que preferían mis seguidores. Entendible, ¿no?

El análisis del asunto no es fácil, porque no basta con ver, simplemente, las entradas más leídas, sino que hay que considerar otras circunstancias. No pude descubrir una tendencia clara. Por eso trato de ir mezclando las más serias y las más desenvueltas, las más fáciles y las más complicadas. En fin, sigo fiel a lo que pensé desde el principio: querría ser útil, que los que me lean puedan descubrir algo que quizá ignoren. Cuando ayer mencionaba al artista Piero Manzoni, que no me interesa lo más mínimo, lo que trataba es de que algunos de mis lectores conocieran en qué eriales puede perderse el arte y a qué extravíos nos pueden conducir la publicidad y la estupidez humana, aliadas a un respeto excesivamente reverencial hacia los críticos por parte de los espectadores. Lector, sé valiente y libre al juzgar; eres tú el que decide.

Aparte de algún día de más sombrías meditaciones, quiero que mis escritos sean leves y gráciles, en la medida de mis capacidades. Conozco bien mis limitaciones y cuando acabo algo, me gustaría siempre disculparme, añadiendo esta consigna latina: Feci quod potui; faciant meliora potentes (hice lo que pude, háganlo mejor los que puedan). Esta frase viene en un libro de Henry Baerlein, de 1908, pero también se encuentra en Chejov y en Stanislavsky. Y antes, en un libro del año 1768, Account of Corsica, del frivolísimo escocés James Boswell, donde se cuenta que es una “inscripción en la fachada del Palazzo Tolomei de Siena” (por cierto, allí en lugar de feci quod potui, se dice quod potui feci). Me pregunto, lector, ¿es todo esto muy importante? Y conste que a mí me gusta perderme en estos vericuetos. Pero no todo el mundo tiene tiempo. Yo lo tengo ahora y si viviera mi muy querido amigo el profesor Arnaldo Cherubini, de la Universidad de Siena, le pediría detalles de ese palacio; él lo sabía todo.

Trataré siempre de ser ameno. Pronto te hablaré, lector, de un cordobés que viene citado en la Biblia. Y de un antecesor de esos españoles campeonísimos mundiales de las motos, un español que fue el mejor corredor de carros en tiempo de los romanos. Y te hablaré de vientos, te contaré muchas cosas de los vientos. Te adelanto una cita:

“Sopla hacia el sur el viento y gira luego hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar”. Este párrafo viene un poco después de este otro: “¡Vanidad de vanidades! —dice Cohélet—, ¡vanidad de vanidades! ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?”. Te suena, ¿verdad? Es del Eclesiastés, uno de los libros más bellos que se hayan escrito jamás. Mira, deja este blog, deja todo lo que estés haciendo, y vete a cualquier librería de guardia —si no la hay en donde vives, algo funciona mal— y consigue el libro. O, más fácil, búscalo en la red y da gracias a San Internet. Me lo agradecerás, y yo pensaré que este blog sirve para algo.

29 de marzo de 2014

A little bit of English (un poquito de Inglés)


Desde el mismísimo comienzo de este blog, escribí que “todo tiene que ser como un juego, suave y alígero. Pretendo poner de vez en cuando alguna palabrilla un poco menos corriente, para recordársela al lector. Se trata también, claro, de enseñar, lo poco que uno pueda enseñar”. En estas sigo, demorándome en temas bastante variados, buscando siempre algo que pueda ser útil o llamativo para quien me lea. Hoy querría comentar alguna cosilla del idioma inglés. De un cierto nivel, ya que en la actualidad mucha gente tiene un conocimiento básico, y más, de esta lengua.

Recurro a mi reciente correspondencia con amigos angloparlantes. Uno de ellos me escribe que se ha descargado un libro de Antonio Muñoz Molina, cuyo título inglés es In the Night of Time: “And, lo and behold!, reading more about the author, I see that he was born in Ubeda. There must be something magic about the soil of Ubeda, conducive to the blooming of literary talent among its natives”. Mi amigo usa la expresión ‘lo and behold’, al darse cuenta de que Muñoz nació en Úbeda, y dice que “debe de haber algo en la tierra de Úbeda que hace florecer el talento literario entre los nativos”. Lector compasivo, parece que me incluye también a mí; es que se trata de un amigo. La expresión inglesa quizá sea nueva para algunos; tiene carácter de interjección y significa, en tono imperativo, ‘mira aquí’, ‘mira esto’. Pero denota además en el que habla, una cierta sorpresa, un hecho inesperado.

Y como siempre, si te pones a indagar, te puedes perder enseguida; pero todo tiene su gracia. En alguna versión inglesa, en San Lucas 2,6, se lee que el ángel, al presentarse a los pastores tras el nacimiento de Jesús, les dice: Lo, I bring you tidings of joy, con el término ‘Lo’, aislado, reclamando atención. En otras versiones inglesas, leo, sin embargo: Fear not; for, behold, I bring you good tidings of great joy. Aquí se pide atención sólo con la palabra ‘Behold’.

El Oxford English Diccionary (resumo) dice que ‘Lo’ viene del Inglés antiguo O! (¡Oh!), y también es abreviación de ‘loke’, imperativo de ‘loken’ (mirar). En definitiva, tiene un sentido algo vago: como ¡Oh!, y como ‘Mira’. La expresión se registra por primera vez en una carta de 1808 de Lady Sarah Spencer Lyttelton, camarera de dormitorio de la Reina Victoria, que decía: “Hartington... had just told us how hard he had worked all the morning... when, lo and behold! M. Deshayes himself appeared”. Resumiendo, para mí, la expresión ‘lo and behold’ es repetitiva, excepto si se traduce como “¡Oh, mira!”, amparándose en el sentido de ¡Oh! para el vocablo ‘Lo’. Se juntan entonces la sorpresa y la petición algo imperiosa de atender a algo.

Quería haber hablado de otra expresión, en otra carta reciente. Hablando de mi esposa, alguien que nos ha conocido recientemente, me escribe que “she seems kind of laid-back person” (parece persona relajada y tranquila), lo que, gracias a Dios, es cierto. Esto me llevaría a charlar un poco sobre unos de los pocos verbos ingleses que confunden a los extranjeros (to lie, en su doble acepción, to lay, y sus conjugaciones), lo que es un caso relativamente singular, ya que los verbos, y en general la gramática inglesa, es, afortunadamente, muy sencilla. Habrá que dejarlo para otra ocasión.

Esta entrada no hará feliz a muchos. Yo trato de dirigirme a todos, también a los que gustan de estas cuestiones lingüísticas, que son complicadas y nos hacen ver la infinita complejidad de cualquier idioma. En realidad, si lo piensas bien, cada persona tiene su propia lengua y no hay dos iguales en todo el ancho mundo.

14 de diciembre de 2013

Frases felices


Ya escribí que hay artistas no profesionales muy capaces de realizar obra artística. Añado ahora mi convicción de que, en ciertos casos, creaciones de amateurs, de diletantes, breves y esporádicas, merecerían, sin más, formar parte de la historia universal del arte. Debería bastar un solo poema, un solo verso especialmente logrado, para pasar a la posteridad. Estos trabajos ayudan, además, a conocer mejor a sus autores. Ganivet dijo que “nada es más difícil que conocer a un hombre viéndole trabajar en su oficio; hay que estudiarle en sus ratos de ocio”.

En relación con la reciente doble pregunta que se está planteando hacer a los catalanes, leo en alguna parte que alguien propone el siguiente doblete: “¿Quiere usted que Cataluña sea Estado independiente? En caso afirmativo, ¿quiere que sea un continente?”. Creo que es muy agudo. Y pienso que muchos de los que contestaran afirmativamente la primera pregunta, no querrían que Cataluña fuera un continente.

He vivido algunos años en un país grande y poderoso, al que se referían sus ciudadanos como this great country of ours, este gran país nuestro. He vivido también en un país pequeño, tan próspero o más que el otro en lo material, en el que a menudo oía a sus gentes hablar de notre petit pays, nuestro pequeño país. Creo que la percepción que tienen los ciudadanos de su patria influye en su ánimo, en su idiosincrasia, en su manera de ser en el mundo. Los pueblos pequeños tienen el alma pequeña. Quizá muchos catalanes preferirían un país reducido, pacífico, neutral, laborioso, sin ejército (sin gastos militares), tolerante (sin excesivas intromisiones fiscales), mirífico, habitado sólo por ciudadanos pudientes y despreocupados. Un buen país para hacer negocios, para concentrarse en lo que de verdad importa en la vida. Que me perdonen si me equivoco.

En un relato de Borges, El hombre en el umbral, se revela que la India es más grande que el mundo. El señor Mas ha estado recientemente allí y podría haberse traído el secreto para aplicarlo a Cataluña. Quizá se encontró con aquellos hombres del mismo cuento que, al saber que la reina iba a mandar un juez para hacer cumplir la ley en el país, se alegraron, porque “sintieron que la ley es mejor que el desorden”. O tal vez se topó con aquel otro que, ante la búsqueda de uno de esos cuatro hombres rectos que apuntalan el mundo en cada generación, discurrió que “si el destino nos veda los sabios, hay que buscar a los insensatos”. Cuando se viaja se aprende mucho, ¿a qué consejos habrá atendido el señor Mas en su largo viaje?

Estas reflexiones nacen de la doble pregunta que se propone más arriba, que me parece oportuna, es una muestra de eso que los franceses llaman esprit y debería incluirse en cualquier historia universal del humor. Como, por citar otro caso, aquella ocurrencia de Edwin Mirvish, el judío fundador de la popular tienda Honest Ed’s de Toronto, en 1948, un almacén muy barato y conocidísimo allí. El bueno de Ed estaba casi siempre en el local, hasta su muerte con noventa y tres años (ver Internet para conocerlo). Era uno de los personajes más famosos de la ciudad. Dijo a un periodista que quería ser incinerado y que con sus cenizas hicieran un reloj, como los de arena, de manera que todo el mundo dijera al verlo: Mira, es el viejo Ed que no se está quieto ni un momento. Original, ¿no? Nunca olvidé esta ocurrente idea suya.

Es que hay anécdotas geniales. En una entrevista, cuenta Borges que estaba con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó—, oyendo tangos, y le preguntó: ¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música? El entrevistador replicó: Pero no se suicidaron. A lo que respondió Borges, displicente: No sé si nos suicidamos... no me acuerdo.

¡Cuánta gente interesante, curiosa! A veces me imagino un Cielo con Borges contando historias. Me veo en un gran corro, rodeando mis piernas con mis brazos, y las alas bien plegadas a mi espalda, oyéndole. Si yo supiera que el Cielo va a ser así, trataría de ser bueno.

19 de octubre de 2013

Las frases hechas


Un amigo me escribe, distanciándose de la mala opinión de un crítico sobre cierto novelista español actual (los nombres no importan ahora), que a este crítico “los árboles no le dejan ver el bosque”. Y no dice nada más. Hago constar que mi amigo es una persona inteligente, culta, serena y ponderada en sus juicios.

Sin embargo, creo que en esto es víctima de esas concesiones que hacemos todos a lo establecido, lo trillado, lo poco racional. Las frases hechas, como la que menciona, y las muestras de la sabiduría proverbial, constituyen a veces un reducto de pobreza o pereza mental en el que pueden caer las mentes mejor preparadas. Hay infinitas y aludiré ahora a unas pocas, porque lo que intento es exponer una actitud, una rationale común para juzgarlas. Otras veces, en cambio, son de una verdad incontaminada y absoluta: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, por ejemplo.

Muchas veces oímos que “no hay dos sin tres” o “a la tercera va la vencida”. Obviamente, nadie, si se para a pensar un poco, cree en la veracidad de estos asertos. Algo que sucede dos veces no tiene por qué ocurrir una tercera y si alguien juega a la lotería dos veces y pierde, le conviene, y mucho, no tener la seguridad de que va a ganar la vez siguiente.

La banalidad de estas dos frases es manifiesta. Lo de los árboles y el bosque tiene algo más de intríngulis; como si tuviera más sentido, hasta un profundo sentido. Todos entendemos lo que se pretende insinuar con ella: que el fijarse excesivamente en los detalles impide la contemplación del conjunto. Pero esta pretensión, expresada de forma tan generalizada,  hay que razonarla en cada caso.

En cualquier intercambio de pareceres nos deslizamos sin querer en lo subjetivo, en lo cuestionable. Es casi imposible permanecer en el terreno de la razón, de la pura razón. En el fondo, ¿qué es eso de que los árboles no dejan ver el bosque? Es poco más que una frase algo enrevesada. Los árboles son el bosque, el que ve los árboles ya está viendo el bosque. Si alguien —habría de ser un dios— pudiera conocer con exactitud cada árbol, cada rama, cada hoja, cada nervadura, sabría más del bosque que nadie. Rubén Darío, en el Coloquio de los centauros, escribió: “Cada hoja de cada árbol canta un propio cantar / y hay un alma en cada una de las gotas del mar”.

Entiéndaseme, no es que yo esté contra el uso de la tal frase; hasta puede ser útil como enunciación inicial, como anticipo de una conclusión. Pero el argumentador que la esgrima ha de demostrar esa presunta incapacidad de ofrecer una visión de conjunto. Porque es obvio que se pueden conocer a fondo los detalles y, al mismo tiempo, tener una certera impresión del total. No hay oposición entre estos dos saberes, más bien al contrario. Hay que huir de los lugares comunes. Como del culto indiscriminado a los autores consagrados, en la literatura, en la pintura, en todo. Sólo cuenta la verdad, contorneada con la gubia de la razón, para decirlo con estilo un poco kitsch.

Hay otra expresión, anclada en un dislate lógico mucho más grave, esa de “la excepción que confirma la regla”. Las excepciones jamás confirman ninguna regla. Es más, las excepciones son un aviso de que la regla no es aplicable siempre, que puede estar inficionada por el error. Sólo en algunos casos estaría justificada: cuando la excepción resulta no ser tal. Con un ejemplo se entenderá muy bien lo que quiero decir. Imaginemos que alguien sostiene, en un pueblo, que “todos los miembros de la familia Costilla tienen los ojos azules”. Los hermanos, los hijos, los nietos, todos los Costilla tienen los ojos azules. “Pero Pedro, el hijo de Tomás, no los tiene”, objeta uno. A lo que el primero contesta, “Es que usted no sabe que Pedro fue un niño adoptado, que no pertenece a la familia Costilla”.

Ni siquiera en esta ocasión favorable la excepción confirma la regla. Confirmar no es el término apropiado aquí. Se puede decir que la excepción no invalida la regla, es compatible con ella. Al no pertenecer genéticamente a la familia Costilla, el color de los ojos de Pedro no cuenta, no importa. Pero tampoco confirma nada: el color de sus ojos es irrelevante en cuanto a lo que rige para esa familia.

Todo lo anterior es sólo una muestra de que a menudo hablamos, escribimos, sin pensarlo demasiado. Le ocurre a personas de toda condición mental; hasta puede que más a los mejor dotados, por confiarse en exceso. Ocurre como con los que tienen gran facilidad de palabra, que uno tiene miedo de que puedan hablar sin pensar.

Y ya termino, aunque podría seguir. “Con ser igual, ya no es lo mismo” es poco más que un trabalenguas, que me remite a un hecho de mi adolescencia, demasiado largo para contarlo aquí. Déjame recordarte de vez en cuando, lector, que todo lo que escribo son cosas que pienso y en las que creo. Si te engaño es que me he engañado yo antes, lo que puede ocurrir perfectamente. Por eso, trato de seguir el dictado de Ortega que pedía: Cuando enseñes algo, enseña también a dudar de lo que estás enseñando.