3 de octubre de 2014

Sobre la catatimia


En mi entrega (mi post) de ayer, anuncié que hablaría de la catatimia y me pongo a la tarea. ¡Me gustaría tanto saber cómo reaccionan mis lectores cuando hago un aviso así! ¿Habrá alguno que no pueda dormir esperando mis palabras? No querría yo eso, de ninguna manera. Pero sí me sería útil saber más de sus opiniones, de sus gustos.

Alguien dijo que explicar algo mediante ejemplos demostraba una claudicación de la inteligencia. Es que los hay muy delicados, lector amigo, amantes sólo de las puras y cristalinas ideas platónicas. Pues esta vez, como sé que te gustan las historias, yo voy a empezar con una de ellas para contarte lo de la catatimia. Aunque luego, al final, te dé una definición más cumplida y ortodoxa. Me permito estas libertades, porque escribo sólo para los amigos: non scribo cuiqam nisi amicis.

Te contaré mi historia como ya hice en un antiguo librito mío. Había un viejo rey muy poderoso —pongamos que era un rey oriental— que, sin embargo, tenía un estómago débil, que le daba la lata; estos sin sentidos, estas injusticias, se dan. Con muy buen criterio, evitó ponerse en manos de médicos, hasta que ya no tuvo más remedio y se confió a uno de ellos. Consultar a varios sería complicar infinitamente el problema, pensó con gran prudencia. El médico le preguntó muchas cosas, para que el rey viera que se tomaba en serio su profesión, y al final le recomendó que comiera un palomino tierno. Con esto, vuestra majestad curará, le dijo con gran aplomo, salvo que su dolencia sea de aquellas que no responden a este tratamiento. La Naturaleza es muy variada, avisó ya el doctor, por si acaso. Los hombres son como los ríos, sólo el destino es inmutable, añadió, porque era uno de esos médicos descarriados en la literatura.

Una paloma que habitaba en la Corte, en cuanto oyó esta alarmante noticia, se llegó inmediatamente hasta el rey y le dijo: Te suplico que no te comas a mi hijo. El rey, que era, como todos los reyes, sensible y magnánimo, le respondió: ¿Y cómo voy a reconocerlo, cómo podré saber cuál es tu hijo? Es facilísimo, respondió la paloma, es el más bello, el más sano, el más robusto, el más esbelto de todo el palomar.

Enternecido el rey por tanto amor materno, cuando llegó la hora de cumplir el tratamiento, ordenó que le cocinaran el palomino más feo, el más débil, el que tuviese menos probabilidades de convertirse en el futuro en un palomo gallardo y longevo. Así lo hicieron los servidores reales. A la mañana siguiente, la paloma se presentó de nuevo al rey, llorando, asolada por el dolor: Mi rey, te has comido al pichón más bello de todo el palomar. A mi pobre hijo.

Ya sabes, lector agudo, lo que es la catatimia; no harían falta más palabras mías, ¿verdad? Pero, para satisfacer a los exquisitos, a los académicos, definiré el término con unas pocas palabras. Se trata de la distorsión, la inadecuación, que se produce en ciertos contenidos psíquicos de la esfera cognitiva —en la percepción, en datos de conciencia, en la facultad de razonar— motivada por la afectividad de la persona. Viene del griego κατά y θῡμός, dos palabras de traducción muy polisémica. Yo escogería: ‘según el alma, el espíritu’. La deformación del conocimiento objetivo, según la conformación, el estado de nuestra alma. El wishful thinking inglés, bastante popular en la actualidad, es una de las formas de la catatimia.

La catatimia modifica la realidad según los deseos, las vivencias o los temores del sujeto. Por ella, la persona considera a los seres o cosas que aprecia como revestidos de excelsas cualidades que en realidad no poseen, mientras que a los que desprecia los considera imperfectos y defectuosos.  Si esta deformación de la percepción se hace muy general y afecta a todo el entorno vital del sujeto —lo vemos todo radiante o todo negro, como ocurre en las fases maníaca y depresiva de los trastornos bipolares— suele hablarse de holotimia. En la valoración del pasado, de nuestros recuerdos, de nuestra propia persona, y en muchos otros casos, la catatimia puede jugar un papel decisivo, y por ello me referí a ella en mi entrega anterior, Un mundo que se fue.