29 de diciembre de 2015

Sobre el 'zampone', las lentejas y el Capodanno


Palabras clave (key words): zampone, Pico della Mirandola, capodanno, lentejas.

Ya conté en este blog que gocé del pan y el vino del cardenal Albornoz por haber sido alumno del Real Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, fundado en el siglo XIV por este ilustre prelado, del que Menéndez Pelayo escribió que fue “uno de los españoles más grandes de todos los tiempos y, como talento político, el primero”.

Y allí gusté por primera vez el llamado zampone, que, desgraciadamente, no dejaba de ser comida inhabitual y algo extraordinaria en el colegio. También supe entonces que era, asociado a las lentejas, una cena típica de fin de año en Italia, sobre todo en la Lombardia y la Emilia-Romagna. Su nombre deriva de zampa, la pata delantera del cerdo y es justamente esa parte del animal, deshuesada —salvo unos pequeños huesos de los pesuños para remedar la anatomía original—, rellena y reconstruida. El relleno puede variar, pero suele ser carne magra seleccionada de la espalda, pata y cuello del cerdo, junto a piel tierna, carrillada y panceta.

El zampone tiene su leyenda, ya que habría nacido exactamente en el año 1511 en Mirandola, provincia de Modena, plaza fuerte de Giovanni Pico della Mirandola, aliado de los franceses, durante su asedio por las tropas del papa Julio II. El sitio se prolongó durante semanas con las consiguientes penurias entre los sitiados. Estos, esperando la guerra, habían guardado bastantes cerdos en la ciudad, pero era imposible alimentarlos y se decidió sacrificarlos, aunque no se pudiera conservar una gran parte de su carne. Fue entonces cuando uno de los cocineros de Giovanni se presentó a él y propuso embutirla en la piel de sus propias patas, con lo que se evitaría la pudrición. Parece que sucedió así, aunque finalmente se capituló el día veinte de enero y quizá las tropas papales se dieron también el gran festín, junto a los sitiados. Si ocurrió esto, no habría sido un mal final para esa guerra, para cualquier guerra. Mucho mejor, no empezarlas nunca.

En las leyendas no hay que extrañarse de nada y tolerarlo todo. Porque la verdad es que Giovanni Pico della Mirandola, el famoso humanista, en el 1511 llevaba ya diecisiete años muerto. Seguramente se trata de otro Giovanni, aunque en donde leo la noticia se le llama Fenice degli Ingegni y eso sólo puede apuntar al eximio filósofo, al personaje histórico, que murió en el 1494, con treinta y un años, ingresado en un convento de dominicos, cuyo hábito vistió al final de su vida.

Lo de las lentejas de la cena de capodanno es otra historia. Una tradición que se remonta al tiempo de los romanos, las consideraba como alimento que trae buena suerte, sin que se sepa bien la razón. Galeno las consideró de alto valor nutritivo, el filósofo Sopatro creyó que tenían propiedades cosméticas y el propio Ovidio las menciona como utilizadas en máscaras de belleza y, mezcladas con miel, en cremas contra quemaduras causadas por el sol. Catón y Plinio remarcan igualmente sus virtudes nutritivas. Parece que los romanos solían regalar saquitos llenos de lentejas para desearse buena suerte. También guardaban con el mismo fin granos de trigo en los bolsillos. En griego clásico, la mala suerte es nombrada kakôs y el nombre de la lenteja es phakôs. Por cierta clase de magia, el cambio de una palabra a la otra podría hacer que cambiara el destino, que la mala suerte se trocara en buena. Simplemente, por comer lentejas. No parece muy lógico todo esto, pero no se pretenda una racionalidad extrema en estos asuntos.

En cuanto a su riqueza en hierro, su valor ha sido exagerado, pero es cierto que este metal se encuentra en las lentejas, en forma inorgánica y junto a otras sustancias, que pueden dificultar su absorción en el intestino. Es mucho más beneficioso el hierro llamado hémico, el proveniente del hemo, el grupo prostético de la hemoglobina, mioglobina  y otras proteínas animales. Así se encuentra en la sangre y en todos los alimentos ricos en fibras musculares.

Un dato más: el zampone se puede conseguir en Madrid; si alguien quiere saber dónde, le informaré encantado. Amigos lectores, ¡feliz año nuevo!

19 de diciembre de 2015

De las muchas maneras de felicitar en Navidad


Palabras clave (key words): Navidad, Revue des Deux Mondes, Drácula, Montaigne.

Amigos lectores, otra Navidad, que en mi percepción parece casi enlazarse con la anterior. Este año he decidido felicitar a menos gente, sólo a los íntimos y a los que debo algún tipo de agradecimiento reciente. Y hacerlo coralmente, porque, aunque el mensaje sea colectivo, lo que cuento va dirigido a cada uno de ellos, con el mismo mimo que si fuera manuscrito en pergamino miniado. Y esa felicitación va también para todos vosotros, a los que os tengo que agradecer que me sigáis leyendo con una cierta constancia.

Felicitar a mucha gente tiene sus inconvenientes. Es fácil que alguien conteste informando que el destinatario original no puede hacerlo en persona, ni podrá ya nunca. Mis entradas son para lectores listos y me entendéis. Eso me deprime mucho, porque habéis de saber que… Me detengo aquí, porque el azar ha hecho que encuentre las palabras justas para continuar, en un número de la Revue des Deux Mondes del año 1928: J’ai tant souffert dans ma vie que j’ai perdu la faculté de souffrir pour moi-même; je ne souffre plus que par et pour las autres (He sufrido tanto en mi vida que he perdido la facultad de sufrir por mí; sufro sólo por los otros).

Esas palabras expresan bien lo que siento y las hago mías, aunque yo he sufrido poco hasta ahora y casi me da un poco de vergüenza reconocerlo. No es que yo quiera que las cosas cambien, no se me interprete mal. La persona que las dijo, una mujer, lo hizo en 1903, en una entrevista con Maurice Paléologue, un diplomático y escritor francés, de origen rumano, miembro de la Académie Française, cuyo padre, Alexandru, fue un revolucionario de Valaquia, que huyó a Francia porque intentó asesinar a un príncipe y a este no le pareció bien aquello, no estaba de acuerdo. Cosas así han ocurrido siempre, no son de ahora. Valaquia fue durante algún tiempo un principado independiente y el más conocido de sus príncipes fue Vlad III (nacido Vlad Drăculea), más conocido como Vlad el Empalador, personaje en el que se inspiró el escritor irlandés Bram Stoker para crear su famoso Conde Drácula, un ‘vampirete’.

La mujer era una española, de setenta y siete años en 1903, que, por contar algo de ella, perdió a su único hijo, de veintitrés, en una guerra. Lo mataron a lanzazos los zulúes, en Sudáfrica, en 1879. Guerras hubo siempre, no son de ahora. Seguramente, pocos sospecharán que esa dama sufrió tanto. Las apariencias engañan. Si alguien desea saber quién era, le puedo informar. Quizá he inventado un nuevo tipo de felicitación navideña: el christmas-acertijo. Y ya os he dado, sin querer, una pista.

Un abrazo, de un viejo que vive algo feliz y en paz con sus recuerdos y fantasías y que confiesa, como Michel de Montaigne (De la vanité): Je suis envieilli, mais assagi je ne le suis certes pas d’un pouce (He envejecido, pero no me he ajuiciado [la palabra existe] ni una pulgada). Eso se nota, ¿no? O, si queréis: “He envejecido, pero de juicioso ni pizca, ni mijita”. ¡Ah, traducir! ¡Quelle drôle de chose!

Amigos lectores, ¡Feliz Navidad y lo mejor para el Año Nuevo! Para vosotros y vuestras familias. Y hasta la próxima Navidad, la del 2016, que está ya a la vuelta de la esquina. Fugit irreparabile tempus.

11 de diciembre de 2015

Comunicación entre el médico y el enfermo


En mi entrada del uno de diciembre, cité las especulaciones del doctor Fernando A. Navarro sobre la comunicación entre médico y paciente, y un posible escollo, por no adecuar el médico su vocabulario al nivel cultural del enfermo. Prometí entonces contar algo sobre un personaje de una novela corta mía, Desaparición en el túnel. Copio de ella:

Al inicio de su ejercicio profesional, D. Romualdo utilizaba algunas palabras directamente extraídas de la jerga médica, sin haberlas pasado por el cedazo del sentido común. Le gustaba usarlas cuando tenía oportunidad, los pacientes lo aceptaban así y todos tan felices. Si no se le entendía a la primera, pues se le preguntaba. Una vez estaba con un paciente que refería, retrospectivamente, un episodio de dolor agudo en el pecho, que se le había irradiado hacia el cuello y la garganta y que luego se le pasó, pero que lo dejó, con toda razón, con el suficiente miedo en el cuerpo como para acercarse a los pocos días hasta el médico, venciendo esa natural y saludable tendencia a eludirlos en lo posible, tan característica de los seres humanos.

Cuando el enfermo le contaba el penoso trance, don Romualdo, que gustaba de conocer exactamente la naturaleza de los síntomas y signos con que se presentaban las enfermedades en sus pacientes, le preguntó enseguida: Y el dolor, ¿era transfixivo? Eso no lo sé, don Romualdo, contestó el paciente; era un dolor muy jodido, eso sí se lo puedo decir. Es que, perdóneme usted, no sé lo que quiere decir eso de transfixivo.

Entonces el médico, que era muy meticuloso en sus cosas y empleaba con sus enfermos el tiempo que hiciera falta, cogió un diccionario de la lengua castellana y le leyó al paciente: “Transfixión, acción de herir pasando de parte a parte. Úsase frecuentemente hablando de los dolores de la Virgen”. Pues, mire doctor, tampoco le puedo contestar ahora, porque, la verdad, a mí nunca me han herido, ni atravesándome de parte a parte, ni de ninguna otra manera, gracias a Dios, y no puedo comparar. Y en cuanto a los dolores de la Virgen, pues qué quiere usted que le cuente. En fin, que no sé cómo será ese dolor transfixivo; lo que sí le aseguro es que era un dolor con muy mala leche, si lo puedo decir con franqueza.

Otra vez, a otro paciente, don Romualdo le dijo: Siéntate, que ahora mismo te voy a hacer la anamnesis. Poco faltó para que el paciente echara a correr del puro susto, porque entendió que el médico le iba a hacer, si no la autopsia, que fue lo primero que se le vino a la cabeza, algo no muy agradable o indoloro, porque ya se sabe cómo se las gastan estos profesionales y el reducido y casi siempre molesto repertorio de sus actuaciones. Luego resultó que la anamnesis era sólo la redacción de la historia clínica; vamos, hacer al paciente unas cuantas preguntas pertinentes. En otra ocasión le dijo a un enfermo, al que le abrió un pequeño absceso, que le estaba limpiando el material pultáceo acumulado y el paciente contestó muy dolidamente que eso no podía ser, que él jamás había andado con mujeres de mala vida y era un hombre de buenas y santas costumbres. Con el tiempo, don Romualdo, que no tenía un pelo de tonto y que usaba estas palabras, no con intención de deslumbrar a nadie, sino porque creía que su significado era obvio, se enmendó y se corrigió, hasta en exceso.

En exceso, porque empezó entonces, cuando sus pacientes eran labradores, aceituneros, ganaderos, gentes del campo, a utilizar un lenguaje más sencillo, más apropiado a sus conocimientos y a su mundo. Y los pacientes se lo agradecían y todo iba mejor así. Hasta que un día llegó un paciente nuevo al que el doctor no conocía; de uno de los pueblecitos cercanos a Úbeda. El médico le hizo algunas preguntas previas y luego, como el paciente se quejaba de dolores en las piernas, quiso saber si tenía molestias en los corvejones, si había tenido calambres por la parte de los morcillos, etc. El paciente se quedó mirando muy fijamente al médico y le dijo, muy desconsolado: Doctor, no sé lo que me pregunta, le ruego que no use el lenguaje técnico y hable para que yo le entienda. El paciente trabajaba en el Ayuntamiento, andaba bastante poco por los campos o con animales y no conocía las palabras de cuyo uso hacía gala el médico. La virtud, como tantas otras veces, tiene que encontrarse en el término medio.

3 de diciembre de 2015

Sobre la pronunciación inglesa y el 'Great Vowel Shift' (II)


Palabras clave (key words): grafemas, fonemas, alófonos, Great Vowel Shift.

En mi anterior entrada me comprometí a decir algo sobre el Great Vowel Shift y ya es tarde para arrepentirme. Lo siento, porque no es el tema más divertido del mundo y recuerdo que también me comprometí a que mis entradas fueran festivas. Claro que, antes, me había comprometido a tratar cualquier tema interesante procedente de mis lecturas. En fin, compromisos varios, lo que me permite —es la gran ventaja de un blog— hablar de lo que me pete en cada momento.

Lo del Great Vowel Shift, surgió al comentar la caprichosa pronunciación del inglés, que es la más obvia dificultad en su aprendizaje. Nótese, porque es importante, que esto no cuenta a la hora de leer o escribir dicho idioma, una razón más para explicar su papel actual de lingua franca. Lector, si me apuras, te diré que casi no importa en el lenguaje hablado, porque la gente pronuncia el inglés como malamente puede y no pasa nada. Ya entiendo que sería conveniente y finolis hablarlo como un nativo.

En el inglés escrito hay las mismas vocales que en español —los grafemas son los mismos— y ni siquiera hay acentos. Tampoco existen signos especiales, como diéresis, o el francés <œ> de cœur (corazón) o el alemán <ß> de schließen (cerrar). En francés escribimos ‘coeur’, tal cual, y en alemán sustituimos <ß> por <ss> y a vivir. El problema con el inglés es que las mismas vocales se pronuncian de diferentes maneras, sin reglas fijas.

Hay algo más, claro: tienen más sonidos vocálicos que el español, por hablar de nuestra lengua. En español hay sólo cinco fonemas vocálicos, aunque la pronunciación de estos fonemas no sea siempre idéntica. Estas diferencias, por la posición en la sílaba, en la palabra, etc. (los alófonos) hacen que, en realidad, haya más de un sonido para cada vocal. Sin embargos, estos alófonos se consideran el mismo fonema.

En inglés hay doce sonidos vocálicos diferentes (monoptongos). Añadiendo ocho diptongos y cinco triptongos se tienen hasta 25 fonemas vocálicos. Cada uno tiene un símbolo y el conjunto forma parte del llamado International Phonetic Alphabet (IPA). Estas vocales se clasifican por la elevación de la lengua en la boca (alta, media, baja) al  emitir el sonido; por su posición (delante, centro, atrás); por la abertura de los labios (redondeada, extendida) y la duración del sonido (largo, breve). Todo esto es una simplificación, no todos los fonólogos coinciden… No caben aquí más precisiones. Sólo un sencillo experimento, lector: pronuncia la vocal /a/ unos segundos y pon tu dedo índice sobre la lengua sin tocarla. Di después /e/, /i/. La lengua empujará tu dedo hacia arriba.

  El Great Vowel Shift, término acuñado por el lingüista danés Otto Jespersen, fue un cambio que afectó a las vocales largas durante los siglos XV y XVI, especialmente en el sur de Inglaterra, y conduce desde el llamado por los filólogos Inglés Medio al Inglés Moderno. Básicamente consistió en que las vocales empezaron a pronunciarse con la lengua más elevada. Fenómenos parecidos se han dado en otras lenguas, como el alemán y el holandés, y siguen ocurriendo incluso ahora. Pero en estas lenguas, la variación fonética se acompañó, más o menos concertadamente, de la variación en el deletreo de las palabras, cosa que no ocurrió en Inglaterra. El Great Vowel Shift no se acompañó de un Great Spelling Shift, por decirlo así.

No está muy claro por qué. Algunos lo atribuyen a la introducción de la imprenta. Antes de esto, el deletreo de las voces dependía del copista y no había un canon rígido para el mismo. Con el advenimiento de la imprenta en Inglaterra (William Caxton, 1476), los impresores trataron de fijar un patrón de deletreo, sin tener en cuenta los cambios que estaban ocurriendo en la pronunciación. El gran número de obras ya impresas y la aparición de una población alfabetizada, constituyó un freno, una barrera, a la hora de cambiar una ortografía ya establecida. Esto sí ocurrió en otras lenguas, en las que se adecuó el deletreo de los vocablos a su pronunciación real.

1 de diciembre de 2015

Sobre la pronunciación inglesa y el 'Great Vowel Shift' (I)


Palabras clave (key words): Sonidos vocales ingleses, Great Vowel Shift

Ya hablé en este blog del ‘imposible’ arte de traducir en el ámbito literario. En el científico parece menos imposible, aunque presenta otras dificultades y exige saberes técnicos complejos. En la oralidad hay términos que pueden emboscarse y hacerse irreconocibles. En la columna (aquí) de un diario médico, leo sobre palabras inglesas que se escriben como en español, o casi, pero se pronuncian diferentemente. Escojo sólo dos: cyanosis y enema, con la pronunciación aproximada que se propone, saianousis y énima. Con buen sentido, el autor no recurre a los signos del International Phonetic Alphabet (IPA) u otros algo más sencillos, como los del diccionario Merriam-Webster.

Abundando en lo mismo, recuerdo mi desconcierto cuando, hablando sobre la India con un inglés, se refirió a los ‘paraias’ y yo puse la cara de tonto que tan bien me queda. Siendo voz importada, al pronto no caí en que nuestro “paria” (o pariah) podría pronunciarse en inglés de otra manera. Hasta que me di cuenta. Lo mismo puede ocurrir con expresiones nuevas, abreviaciones, etc. Por ejemplo, el tan común término ‘wi-fi’, en inglés lo pronuncian ‘wai-fai’. Hay más, hasta la mismísima palabra se pronuncia diferentemente en ocasiones. Houston, varía en su pronunciación según nos refiramos a la ciudad de Texas o a la calle de ese nombre de Nueva York.

El tema de la caprichosa pronunciación del inglés me interesó siempre, porque es la única dificultad seria en el aprendizaje de dicha lengua, que tiene, como todo el mundo sabe, una gramática bastante facilona. En español, como en swahili o finlandés, la correspondencia entre ortografía y pronunciación es muy estricta. No ocurre lo mismo con el inglés, donde la grafía no determina inequívocamente la pronunciación. Me animo a escribir un poco sobre todo esto, también porque se da la circunstancia de que conozco al autor de la columna que he mencionado, un traductor científico que está haciendo una gran labor, con interesantes ideas y propuestas que rebasan lo que es la mera traducción. Se trata de Fernando A. Navarro, médico (Universidad de Salamanca, 1986, Premio Extraordinario), dedicado a esa labor desde 1993. De su muy amplio currículum, sólo señalaré que es vocal de la comisión de traducciones de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Nueva York) y miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores.

Ingresó en dicha asociación en octubre de 1999, siendo yo entonces Secretario General. En una de mis cartas a los socios, escribí al poco tiempo: Nadie que esté interesado en por qué escriben los médicos debió faltar al discurso de ingreso del doctor Navarro. Los que no vinieron, se equivocaron; así de simple. Fue muy interesante. Pero fue algo más: un discurso trabajado, hecho con cariño —estas cosas se notan—, denso y eso que en inglés se designa como thought-provoking. En español se diría ‘que hace pensar’ y bien sabe Dios que quiere decir lo mismo. Lo escribo en inglés por puro mimetismo, ya que el doctor Navarro usó en su conferencia múltiples lenguas. Se veían las diversas columnas de fuego sobre su cabeza; fue muy bonito.

Me recordó aquel médico judío de Córdoba, del siglo X, “que hablaba todos los idiomas conocidos y había inventado una sustancia que curaba todas las enfermedades”. Se llamaba Hasday ibn Shaprut. Pues bien, en cuanto a lo primero, también los habla el doctor Navarro. Y en cuanto a lo segundo, están en ello en la empresa farmacéutica en que trabaja, en Basel.

Ahora vive en España y la última vez que lo vi fue en la presentación de su libro, Medicina en español, en la RAE. En otro momento, el doctor Navarro especula sobre la comunicación entre el médico y el enfermo y comenta que puede hacerse difícil, por no adecuar el médico su vocabulario al nivel cultural del enfermo. Un personaje de una novela corta mía, D. Romualdo, preguntaba al paciente si su dolor era transfixivo. Sobre este extremo y sobre el Great Vowel Shift escribiré en las dos próximas entradas.

21 de noviembre de 2015

El imposible arte de traducir (II)


Palabras clave (key words): Traducciones, aposiopesis, Gérard de Nerval, Goethe.

En unas pocas páginas de la novela Howards End se pueden apreciar las continuas dudas y problemas que acechan al traductor de cualquier texto, reclamando en él habilidades añadidas al profundo conocimiento de los dos idiomas, el de partida y el de llegada, de toda traducción. He revisado el capitulo XV de la obra y parte del XVI y he escogido sólo los casos más demostrativos.

Aparece en el original inglés la expresión “Then did the card see the wife –”, en el  contexto de una esposa que encuentra una tarjeta de visita en las pertenencias de su marido. Literalmente podría traducirse: “Entonces vio la tarjeta la esposa”, lo que suena mal en español. Eduardo Mendoza tradujo, con buen sentido, “Entonces la esposa vio la tarjeta”. No queda claro por qué Forster construyó tan retorcidamente la frase. Obviamente, trató de elegantizar el diálogo —ocurre entre gente refinada del Londres de 1910—. Para complicar más el embrollo, hay que reparar en el guión que termina la frase, en el texto inglés, que podría suponer un caso de aposiopesis, esa figura retórica en que una sentencia es rota intencionadamente y queda inconclusa; como, por ejemplo, “Más vale solo que…”. La aposiopesis se marca con un guión ‘–’, de longitud equivalente a la letra m (em dash) o con puntos suspensivos (…). Esto no aclara nada, pero lo hago constar porque el guión existe. Y termino, no puedo detenerme más en esta digresión.

Muestro ahora, sin separaciones, un breve diálogo:  Did you say money is the warp of the world? Yes. Then what’s the woof? Very much what one chooses. La traducción literal es: “¿Usted dijo que el dinero es la urdimbre del mundo? Sí. Entonces, ¿qué es la trama? En gran parte, lo que uno elige”.

Cualquiera que conozca la estructura de un telar puede entender la traducción de lo que es una muy afortunada metáfora. La urdimbre es el conjunto de hilos paralelos, en el telar, a través de los cuales pasan los hilos de la trama, para constituir el tejido. El traductor aquí escogió traducir: “¿Tú dijiste que el dinero es el alma del mundo? Sí. Entonces, ¿qué es el cuerpo? Lo que uno elige, en gran parte”. Yo habría traducido literalmente, con una Nota del Traductor, explicando el asunto del telar.

Más adelante: Said the elder woman, quick as lightning. Y la traducción: “Dijo la mayor de las dos mujeres con la rapidez con que se enciende una luz”. Aquí estuvo poco afortunado, a mi juicio: podría haberse traducido “rápida como el rayo, o con la rapidez del rayo, etc.”, respetando la literalidad.

Un poco después, dos cachorritos de perro entran de repente en la habitación y alguien exclama: Oh, Evie, how too impossibly sweet! Literalmente: “¡Oh, Evie, qué demasiado imposiblemente dulces!”. Una traducción así obligaría a arrojar el libro a la papelera más cercana o devolverlo al librero. El traductor prefirió: “¡Evie, qué cosa más mona!”. Hizo muy bien.

Había seleccionado alguna dificultad más, pero me detengo aquí. He transcrito ejemplos que llevan al traductor a lo que es su principal dilema: escoger entre crear un texto que conserve el sentido original, traduciendo ‘pensamientos enteros’ y no simples palabras; o bien, verter literalmente las palabras originales, dejando al lector la tarea de recrear el sentido, si no resultara obvio, si se hiciera oscuro. Es claro que ninguna de las dos alternativas puede ser única y excluyente. El traductor ha de aproximarse más a una u otra, según las características del texto y el efecto final.

Muchas de las traducciones están mal pagadas, lo que limita el elenco de profesionales disponibles. Una traducción bien hecha es un tesoro, es una verdadera obra de creación. En teoría, y en la práctica, puede suceder que ‘suene’ mejor un texto traducido que el original. El infortunado Gérad de Nerval hizo una traducción del Fausto, que entusiasmó a Goethe, quien llegó a decir que la prefería al original alemán. La obra sigue siendo de Goethe, claro. Sirva esta entrada para mostrar mi afecto y admiración hacia tantos traductores excelentes. A los que conozco y a todos.

20 de noviembre de 2015

El imposible arte de traducir (I)


Palabras clave: Howards End, EM Forster, Eduardo Mendoza, Hechos de los Apóstoles.

Lectores amigos, aquí tenéis mi primera entrada, tras la pausa que me impuse en este blog, cuyo único reconocible mérito reside en su ardiente sinceridad. Tiene también la intención de ser útil, de enseñar un poco, dentro de mis posibilidades, y tratar de distraer a mis lectores. Prometí reanudarlo con contenidos amenos, entreverados de humor. También dije que escribo de lo que va surgiendo en mis lecturas, que pueden ser temas de alguna seriedad. Como ahora, que lo hago a raíz de leer en inglés una conocida obra, Howards End, de E. M. Forster.

No es de mis preferidas. Aunque escrita ya en el período eduardiano (del rey Eduardo VII), en 1910, tiene ese ambiente de novela inglesa del siglo XIX, que no me agrada particularmente. El diálogo es muy alejado del normal, sin grandes razones que lo justifiquen. En ocasiones es tan peculiar que tuve curiosidad por ver cómo se había traducido al español. En una edición de Alianza editorial, el traductor fue Eduardo Mendoza, alguien con todas las garantías. Me enfangué un poco en el asunto y medité un poco sobre la traducción, sobre el traducir. Es un tema que he rozado ya alguna vez, incluso en este blog (entrada del 19 de mayo de 2014).

Traducir es una tarea absolutamente meritoria e impagable, a la que no se la reconoce con la debida justicia. En cuanto a su utilidad, es imposible sobrevalorarla. Sin ella, sería imposible conocer un buen número de obras de la más absoluta sublimidad, careciendo los humanos del don de lenguas. Me refiero al derivado directamente de la divinidad, no a la futesa de hablar ocho o diez idiomas. El que se dio en aquella fiesta de Pentecostés, después de la muerte de Cristo, cuando aparecieron unas lenguas como de fuego que se posaron sobre los apóstoles y “quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hechos, 2,3-4). Había allí gentes de todas las naciones que hay bajo el cielo y todos quedaron estupefactos y admirados y se preguntaban: ¿No son todos estos galileos, los que hablan? ¿Cómo cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?

Nadie más tonto, nadie más perverso, que el que no quiere entender. Porque, sigo la cita, “Otros en cambio decían riéndose: ¡Están llenos de mosto!” (Hechos, 2, 13). Es la primera afrenta, el primer insulto documentado en materia de traducción simultánea. ¡Será posible! Pero, ¿qué hay que hacer para que la gente se fije en uno y lo valore como Dios manda? ¿Cómo habría podido yo ofrecer esta cita ahora, si no fuera por la traducción de los Hechos, escritos en un griego difícil, más o menos correcto, según se basaran o no en textos más antiguos de origen seguramente arameo.

Pues ha sido así desde entonces. Traduttore, traditore, citan muchos, que no saben ni imaginan las tremendas complejidades que supone verter lo que se ha escrito en una lengua en otra, conservando el sentido, las palabras, la emoción, la belleza, la música. Todo eso, cuando es posible, cuando se puede, que muchas veces no lo es.

Siguiendo la versión de Mendoza, se me ocurren algunas consideraciones que muestran dificultades en la tarea de traducir. He tenido la fortuna de conocer a varios conspicuos traductores de nuestro país y quiero hablar un poco de esto. Mencionaré sólo a tres: Roser Berdagué, Premio Nacional de Traducción, que ha traducido más de 350 obras del inglés, francés e italiano al castellano y catalán; José Luis Moralejo, catedrático de Latín en la Universidad de Alcalá, también Premio Nacional por su traducción de Horacio, y José Siles, poeta, novelista y traductor de Chaucer, Poe, Keats, etc. Será en una próxima entrada, claro. He aprendido bien que no las sé hacer más cortas; de ciertos temas, resumiendo mucho, puedo lograrlo en dos. Seguiré escribiendo, aunque con menos frecuencia que antes, porque quiero permanecer fiel a mi idea de desconectar un poco del blog; hacerlo menos denso, más personal y sin tanto ocultar los nombres, salvo cuando mis comentarios o críticas sean adversos.
(continuará)

14 de noviembre de 2015

Algunos avisos útiles


Lector amigo, hoy hace un mes que escribí la última entrada, por ahora, de este blog y he dedicado algún tiempo a mejorar su accesibilidad. Mirando las estadísticas, veo que ha aumentado el número de visitas. Ello se debe a la vinculación de los títulos de los índices al texto, lo que facilita mucho las consultas.

Surgen sin tregua, de mis lecturas, temas de los que me apetecería escribir y todavía le sigo hablando al blog, pergeñando en mi cabeza el texto de posibles escritos. Esto fue lo que me hizo plantearme un descanso, que no voy a interrumpir de momento —esta no es propiamente una entrada—, y lo que sí haré será sugerir títulos, de los ya publicados y que puedan interesar al lector, para que los visite o revisite.

En el mundo, no abundan las buenas noticias. Por ello, para el futuro, trataré de escoger temas amables, con algo de humor. Como no querría molestar a nadie, si a veces se deslizara alguna crítica negativa, ocultaré cuidadosamente a los posibles perjudicados, con el ya sabido subterfugio de no dar nombres y utilizar claves cifradas; como ya hice en este blog y en mis Apuntes sobre literatura.  La ironía o el desacuerdo son compatibles con la admiración; se puede admirar a alguien y advertir en él o ella algún desvío o esnobismo.

Una última pista útil: si se copian los índices de mi blog y se guardan en un archivo o documento personal permanente, los vínculos se conservan y llevan siempre directamente al título escogido. No hay que pasar por la página de inicio.

27 de octubre de 2015

ÍNDICE CRONOLÓGICO DE TÍTULOS, CON VÍNCULOS

Amigo lector, en esta entrada, que dejo con su fecha inicial, está el índice cronológico actualizado de todos los títulos del blog, hasta el cuatro de agosto de 2016, con vínculos que hacen posible el salto desde cualquiera de ellos al texto correspondiente del blog. Basta hacer clic con el ratón en el título y aparecerá dicho texto. Puede haber algún fallo, por el que pido disculpas.

Para cuando no funcione el vínculo: en el margen derecho del blog, corriendo la pantalla hacia abajo (scrolling down) hasta encontrarlas, se muestran las semanas del último año, con las entradas de la última semana desplegadas, si las hubo. Para ir a otra semana distinta, se hace clic con el ratón en el triángulo a la izquierda de la misma y entonces se despliegan los títulos correspondientes. Si buscas un título de otro año, hay que hacer clic en el triángulo a la izquierda de dicho año y aparecerán las semanas del mismo. Luego hay que ir a la semana buscada para que se desplieguen los títulos. El índice alfabético sigue el estilo de Word, con ciertos signos ortográficos y números a la cabeza.


29 de julio de 2016 Mito de Endimión y Selene
13 de julio de 2016 De encuestas y adivinaciones
8 de julio de 2016 Todo se debe a la neofobia
30 de junio de 2016 Política y racionalidad
25 de junio de 2016 De mi blog y de los referendos
3 de junio de 2016 Borges, amores y desamores (VI)
31 de mayo de 2016 Borges, amores y desamores (V)
27 de mayo de 2016 Borges, amores y desamores (IV)
23 de abril de 2016 Borges, amores y desamores (III)
23 de marzo de 2016 Borges, amores y desamores (II)
16 de marzo de 2016 Borges, amores y desamores (I)
24 de febrero de 2016 En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (I)
18 de febrero de 2016 Elogio de la lengua latina
14 de enero de 2016 Dos etimologías curiosas
21 de noviembre de 2015 El imposible arte de traducir (II)
20 de noviembre de 2015 El imposible arte de traducir (I)
14 de noviembre de 2015 Algunos avisos útiles
14 de octubre de 2015 Tricentésima entrada de mi blog
20 de septiembre de 2015 Sobre el diálogo interior
17 de septiembre de 2015 Sobre el monólogo interior
11 de septiembre de 2015 De libros y ediciones que amo
8 de septiembre de 2015 Sobre el Libro de Buen Amor
28 de agosto de 2015 Sobre la actriz Alida Valli
25 de agosto de 2015 Cumpleaños de Jorge Luis Borges
23 de agosto de 2015 De la omnipresente violencia
17 de agosto de 2015 De algunos perros (II)
14 de agosto de 2015 De algunos perros (I)
23 de julio de 2015 De la sabiduría y los años
26 de junio de 2015 ¡Qué país, Miquelarena!
13 de junio de 2015 La sociedad mediocre
10 de junio de 2015 La sociedad de la queja
2 de junio de 2015 Monjas enamoradas y astutas
26 de marzo de 2015 Sobre las ideas fuerza
14 de febrero de 2015 El cazador maldito, leyenda (fin)
13 de febrero de 2015 El cazador maldito, leyenda (I)
30 de enero de 2015 Los discretos avisos de la Muerte
20 de enero de 2015 Diferentes modos de buscar citas
3 de enero de 2015 Sobre el amor al pasado
29 de diciembre de 2014 De la cambiante Fortuna (fin)
28 de diciembre de 2014 De la cambiante Fortuna
21 de diciembre de 2014 Pequeñas frases felices
18 de diciembre de 2014 Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna
12 de diciembre de 2014 La impotencia del poder (fin)
11 de diciembre de 2014 La impotencia del poder (II)
10 de diciembre de 2014 La impotencia del poder
6 de diciembre de 2014 La arrogancia del poder
3 de diciembre de 2014 Insólito apoyo a este blog
28 de noviembre de 2014 Segunda carta al señor Artur Mas (I)
26 de noviembre de 2014 Sobre realidad y ficción
17 de noviembre de 2014 A modo de aviso
13 de noviembre de 2014 Realidad y fantasía en la literatura
1 de noviembre de 2014 El hombre y el invento de la palabra
15 de octubre de 2014 Despedida, temporal y parcial
14 de octubre de 2014 Más sobre las palabras (fin)
13 de octubre de 2014 Más sobre las palabras
12 de octubre de 2014 Marta enamorada y furiosa (fin)
11 de octubre de 2014 Marta enamorada y furiosa
10 de octubre de 2014 El príncipe condenado
6 de octubre de 2014 Más sobre el olvido (fin)
5 de octubre de 2014 Más sobre el olvido
3 de octubre de 2014 Sobre la catatimia
2 de octubre de 2014 Un mundo que se fue (fin)
1 de octubre de 2014 De un mundo que se fue
30 de septiembre de 2014 La Paulina, Escocia y Cataluña
29 de septiembre de 2014 La pequeña y verde Holanda
28 de septiembre de 2014 Nombres de los Países Bajos
27 de septiembre de 2014 El holandés y su carro
17 de septiembre de 2014 Sobre la capacidad de olvidar
15 de septiembre de 2014 Un personaje de mi novela (fin)
14 de septiembre de 2014 Un personaje de mi novela (I)
8 de septiembre de 2014 Revisita a los Cuentos de Hofmann
7 de septiembre de 2014 De las palabras, de los silenios
28 de agosto de 2014 Literatura esteticista (textos)
26 de agosto de 2014 Sobre la palabra inglesa wobble
25 de agosto de 2014 ¿Se mueve realmente la Tierra?
24 de agosto de 2014 De los cielos de estío
19 de agosto de 2014 Sobre gentes que ofrecen de comer
18 de agosto de 2014 De cómo son las gentes (final)
17 de agosto de 2014 De cómo son las gentes
30 de julio de 2014 El síndrome de Gervaise
29 de julio de 2014 De las gentes en los viajes
9 de julio de 2014 Sobre vuelos y literaturas
7 de julio de 2014 Candaules y Gyges
3 de julio de 2014 De los diversos vientos (V)
2 de julio de 2014 De los diversos vientos (IV)
1 de julio de 2014 De los diversos vientos (III)
30 de junio de 2014 De los diversos vientos (II)
29 de junio de 2014 De los diversos vientos (I)
23 de junio de 2014 Un español en la Biblia
14 de junio de 2014 Un par de precisiones
12 de junio de 2014 Noche mágica en Hamburgo
11 de junio de 2014 Del verano, de la belleza fugaz
10 de junio de 2014 De lenguas y de playas
9 de junio de 2014 Algunas músicas alemanas
8 de junio de 2014 De canciones, de cantantes
6 de junio de 2014 De la gloria, de los aplausos
2 de junio de 2014 ¡Viva la bagatela! (final)
1 de junio de 2014 ¡Viva la bagatela!
31 de mayo de 2014 Feci quod potui
30 de mayo de 2014 De artes que no comprendo
23 de mayo de 2014 De la juventud y la justicia
15 de mayo de 2014 ¿Es bueno recordar el pasado?
14 de mayo de 2014 El pasado y la felicidad
8 de mayo de 2014 Del pasado y de números
7 de mayo de 2014 Algo de mi pasado en Úbeda
29 de abril de 2014 Sobre las controversias
26 de abril de 2014 Eonofobia, miedo a la eternidad
25 de abril de 2014 Poniatowska, Kahlo y eonofobia
22 de abril de 2014 Mi entrada número cien
8 de abril de 2014 Cuentos y sueños de hoy
7 de abril de 2014 De las diversas tristezas
6 de abril de 2014 De los amores ardientes
5 de abril de 2014 De los amores tristes
3 de abril de 2014 De los breves amores cumplidos
28 de marzo de 2014 Cantar de la mora Zaida
25 de marzo de 2014 De guerras y héroes
17 de marzo de 2014 Un estadounidense y un catalán
9 de marzo de 2014 Sobre el estilo de los autores
3 de marzo de 2014 Margarita Gil Roësset (Marga)
1 de marzo de 2014 Citando a Josep Pla (final)
28 de febrero de 2014 Citando a Josep Pla
22 de febrero de 2014 Sobre blogs, precedencias y abades
19 de febrero de 2014 La Biblioteca de Babel
18 de febrero de 2014 Los números de las palabras
17 de febrero de 2014 Sobre la ninfa Eco y las palabras
15 de febrero de 2014 La dote del Sultán (final)
15 de febrero de 2014 La dote del Sultán
13 de febrero de 2014 Matemática, la bella desconocida
11 de febrero de 2014 De las clases de números y de π
9 de febrero de 2014 Love makes the world go round
7 de febrero de 2014 Arte generativo y probabilidad
6 de febrero de 2014 Mas, Gallbraith y el abad
3 de febrero de 2014 Presidentes González y Mas
1 de febrero de 2014 Los tres príncipes de Serendip
31 de enero de 2014 Zadig, de Voltaire
28 de enero de 2014 260 años de Serendipity
27 de enero de 2014 Charles Howard Hinton
25 de enero de 2014 Experimentos en psicología
24 de enero de 2014 Huellas de Borges
23 de enero de 2014 A night in New York (3)
22 de enero de 2014 A night in New York (2)
21 de enero de 2014 A night in New York (1)
17 de enero de 2014 Sobretarde, de Abel Fleury
16 de enero de 2014 Más sobre Jorge Luis Borges
14 de enero de 2014 Carta a Serrat y Raimon
13 de enero de 2014 De la memoria y la inteligencia
4 de enero de 2014 Ramón del Valle-Inclán
2 de enero de 2014 Sobre un humanista ubetense
28 de diciembre de 2013 Versos alejandrinos
26 de diciembre de 2013 Sobre la literatura que "te coge"
18 de diciembre de 2013 Relato monovocálico de Rubén Darío
14 de diciembre de 2013 Frases felices
13 de diciembre de 2013 Sobre el razonar
11 de diciembre de 2013 Catalanes
9 de diciembre de 2013 Piazza Grande, de Lucio Dalla
7 de diciembre de 2013 Vecchio frak
6 de diciembre de 2013 La magia de los números
4 de diciembre de 2013 Sobre la fantasía en la ficción
3 de diciembre de 2013 Más cuentos y sueños
2 de diciembre de 2013 Senador Everett M. Dirksen
1 de diciembre de 2013 El ciervo escondido
30 de noviembre de 2013 Más artistas no profesionales
29 de noviembre de 2013 Un político catalán
26 de noviembre de 2013 Más sobre el pendrive
24 de noviembre de 2013 A night in New York
19 de noviembre de 2013 Una noche en Nueva York
17 de noviembre de 2013 El pescador y el genio
15 de noviembre de 2013 Cuentos y Sueños
13 de noviembre de 2013 Artistas no profesionales
11 de noviembre de 2013 Cuento de Pao Yu
9 de noviembre de 2013 Clases de versos
8 de noviembre de 2013 Endecasílabos
6 de noviembre de 2013 Justine, de Lawrence Durrell
2 de noviembre de 2013 Genética y Ambiente
26 de octubre de 2013 Otoño y Muerte en Venecia
24 de octubre de 2013 Colores de Otoño
19 de octubre de 2013 Las frases hechas
15 de octubre de 2013 De cómo leer
22 de septiembre de 2013 Explicación inicial
28 de julio de 2013 Mis primeros pasos en el mundo de la edición