20 de mayo de 2017

Glaucón, el anillo de Giges y la moción de censura


Se ha presentado una moción de censura contra el discutidísimo Gobierno de Mariano Rajoy. Se descarta el triunfo de la misma, lo que no ha impedido su tramitación. Se trata, se arguye, de un imperativo ético, un alegato contra la corrupción y la injusticia. Lo hace, naturalmente, un partido integrado por hombres y mujeres, se entiende que justos, que, no obstante, sólo logra obtener un porcentaje reducido de votos en las elecciones, inferior siempre al del Partido Popular. ¿Cómo es esto posible?
En el libro segundo de República, Platón dice, por boca de su hermano Glaucón, cuando este dialoga con Sócrates, que “no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno no siéndolo y que nadie es justo de grado, sino por fuerza”. Los hombres están persuadidos de que la justicia no es rentable. En cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete, porque “todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia”.
Glaucón menciona en su argumentación a Giges, personaje que guarda relación con el Giges histórico del que habla Herodoto, un pastor que estaba al servicio del rey de Lidia. Hubo un terremoto, se abrió la tierra, el pastor se adentró en una grieta y vio un caballo de bronce hueco, en cuyo interior había un cadáver con un anillo de oro en la mano. Tomó la joya y cuando se reunieron los pastores, como todos los meses, para informar al rey de sus ganados, Giges giró inadvertidamente el sello del anillo hacia la palma de su mano y comprobó que se hacía invisible, porque empezaron hablar de él como de una persona ausente. Esto terminaba al girar otra vez el anillo.
Comprobado el milagro, el pastor marchó a Palacio, sedujo a la reina, mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino. Glaucón, basándose en tal comportamiento, aventura que si hubiera dos sortijas como aquella de Giges, una para un hombre justo y otra para un hombre injusto, es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa la injusticia. Es más: si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer injusticias y a poner la mano en los bienes ajenos, le tendrían por el ser más miserable y estúpido del mundo.
En el diálogo platónico, la tesis de Glaucón es extrema y representa sólo una exageración dialéctica para su argumentación frente a Sócrates. Pero quizá los atenienses del siglo V a. de C. y los españoles de hoy tengan ideas parecidas sobre la consistencia de los comportamientos humanos respecto a la justicia; por eso son cautos a la hora de otorgar su confianza a los nuevos políticos y eso es lo que se refleja en las urnas.
¡Bandolerismo arriba y bandolerismo abajo! Pobretes, potentados, ilustres personajes y tunos de presidio operan con los mismos procedimientos. En todas las esferas se vive fuera de ley. ¡¡La España, estos tiempos, vive sin leyes! ¡Y barco sin timón, naufraga! ¡Se estrella! ¡Se hunde! ¡No se salvan ni las ratas! Que no se asuste nadie, estas palabras no son actuales; son de Valle-Inclán, en su obra Viva mi dueño, cuya acción transcurre en los años finales del reinado de Isabel II, a mediados del XIX, y resultan hoy excesivas. Pero otro párrafo parece más actual, más enraizado en nuestra idiosincrasia y temperamento: Entre nosotros, el democratismo es hambre atrasada, y todos sus chinchines tienen por objeto la conquista de ‘La Gaceta’. Cuantos hoy conspiran, buscan comer. ¡Ahí está el busilis! No soy yo tan pesimista respecto a nuestra condición humana y creo que hoy, y siempre, hay sitio para la esperanza.
¿No dijo alguien de este partido censurador, y hasta censurista, que había que tratar de seducir a más? Pues a eso, a mirarse imparcialmente en el espejo que cada uno tenga en su casa y a componer aquellas figuras que nos fascinen a más. Y analizar también los videos de sus actuaciones en el Congreso, en las calles, etc.

14 de mayo de 2017

Croniquillas de viaje pendientes


Amigos lectores, tengo que contar lo que me pasa con este blog y me ampararé en una conocida coplilla popular, que algunos atribuyen a Antonio Machado, lo que resulta altamente improbable: Ni contigo ni sin ti / tienen mis penas remedio; / contigo porque me matas, / y sin ti porque me muero. Lo explico enseguida.
Dejé de escribir el blog, aunque siempre dije que no sería una retirada definitiva, porque me sorprendí más de una vez hablando con él y planeando temas o proyectos. No quería yo —a mis años, cuando se busca la libertad que fue imposible durante casi la entera vida— una relación que supusiera cualquier tipo de obligación. Así, he estado un mes sin escribir ninguna entrada y todo el mundo tan contento: mis lectores y yo.
Pero empieza otra vez el ronroneo. Los temas de actualidad, que trato de evitar cuidadosamente, se han hecho tan pintorescos, que cuesta trabajo no pararse y dedicar alguna glosa a tanta majadería. Sobresale un proyecto de encuesta de la Generalitat, preguntando el parecer de los ciudadanos catalanes sobre la conveniencia de no obedecer siempre la ley. Lo podrían enriquecer aún más inquiriendo sobre la aceptación popular de robar alguna vez, asesinar de vez en cuando, violar en determinadas circunstancias, etc.
Lo de viajar y contar las cosas es distinto y más goloso. Acabo de visitar de nuevo la provincia de Granada, la Alpujarra, la costa, etc., y me gustaría compartir algo de mis impresiones. Recuerdo, sin embargo, que dejé pendiente una croniquilla sobre un viaje del año pasado a Las Hurdes —posterior al de Batuecas, al que dediqué seis de mis últimas entradas— y creo que cumple hablar antes de ello. Podré así rememorar la figura de un excelente cirujano y escritor español, José Goyanes Capdevila (1876-1964), que perteneció al grupo que Gregorio Marañón reunió para acompañar al rey Alfonso XIII en su famosa visita a esa región. Me parece justo, porque a Marañón lo conoce todo el mundo, pero no así a Goyanes. Además fui compañero en mi hospital de un hijo de este último, cirujano también, que me regaló algún libro de su padre.
De mi reciente viaje a Granada, sólo adelantaré otra famosa y conocidísima coplilla, presente en más de un sitio de la ciudad, cuya autoría no es tan evidente: Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada, / como la pena de ser / ciego en Granada. El autor fue un mejicano, Francisco de Icaza y Beña (1863- 1925), crítico y poeta afincado en España, casado con una española criada en Granada. Su hija Carmen de Icaza, fue una popular novelista. Carmen Díez de Rivera fue nieta de este mejicano y el actual ministro de educación, Íñigo Méndez de Vigo, es bisnieto.
Resumiendo: sin prisas, sin compromisos, hablaré, cuando sea, de un viaje a Las Hurdes y luego de otro a Granada. Con toda la literatura y elucubraciones anejas, claro. En fin, que seguiremos asomándonos aquí, de vez en cuando. Un cariñoso saludo a todos.

11 de abril de 2017

Elogio de la palabra (6 de 6)


Abandono estas elucubraciones. He hablado casi únicamente de palabras, aunque haya hecho alguna excursioncilla por otros ámbitos de la realidad. Lector, quizá te haya hecho pensar en todo y en nada, como pretendía el mismísimo Goethe —lo conté al principio—, en su discurso a los compañeros, en una fiesta campestre.
La realidad no se puede compartir —o lo que es lo mismo, no existe— sin la palabra. No sé con qué decirlo / porque aún no está hecha / mi palabra, cantó Juan Ramón Jiménez, en Eternidades, en 1917. Para todo hacen falta las palabras. En un relato de esos que considero del todo inalcanzables, El pequeño Heidelberg, de Isabel Allende, se cuenta de un capitán de barco, extraño y viajero, elegante y pacífico, que había llegado al lugar hacía mucho tiempo y había pasado allí cuarenta años bailando todos los sábados, en un sencillo salón de baile, con Niña Eloísa, una dama local, diminuta, blanda y suave, sin que se cruzaran una sola palabra, ni en español ni en ningún idioma conocido.
Un día, llegó una pareja de extranjeros y el capitán oyó que hablaban sus palabras, las de su niñez, las que no había oído durante décadas. Se dirigió a ellos, les pidió con premura algo y los extranjeros tradujeron su recado en un pasable inglés, que el dueño del local repitió en español, ante la frágil anciana. Niña Eloísa, pregunta el capitán que si quiere casarse con él. ¿No es un poco precipitado?, musitó Niña Eloísa. El capitán, respondieron los extranjeros, dice que ha esperado cuarenta años para decírselo y que no podría esperar hasta que se presente de nuevo alguien que hable su idioma. Dice que, por favor, le conteste ahora. El capitán pensó, sin duda, que no podía declararse a nadie, si no era en su idioma materno, con sus viejas palabras, aunque lo tuviera que hacer a través de intérprete. Y esperó pacientemente hasta que llegó la ocasión, el milagro. Pero luego no quiso, como es lógico, perder la oportunidad, cuando al fin se presentó.
En ese mundo tierno, alocado, extravagante, imprevisible y teñido de candor e inocencia, me gustaría vivir. Y como eso no es posible, es el que quiero para la literatura: la gracia, la belleza, gloriosamente despreocupadas por la verosimilitud y forjando sueños sin tregua. Una literatura casi nunca ajena a los sentimientos. Hay que atreverse a sentir, recomendó Stendhal. Con lo que, además, se hace fácil escribir, que ya sentenció Cervantes, en El amante liberal, que “lo que se sabe sentir, se sabe decir”. Así querría que fuera la mía: literatura que sólo se pueda continuar y combinar adecuadamente con el silencio. “En ese momento de su narración, Scherezada vio aparecer la mañana y se calló”.
Siempre he pensado que sólo hay unos pocos temas realmente importantes. Junto a las palabras están, sin duda, los sueños. Y también el tiempo. Ese tiempo que, lo digo en otro relato, deshace las vidas y nos abate e iguala a todos, que huye asolando y descomponiendo despiadadamente las cosas, haciéndolas cambiar bajo su soplo terrible y constante. Incluso los astros, imperturbables y ajenos, aparentemente situados fuera de su dominio, se alteran con su transcurso, porque hasta los cielos se transforman y las constelaciones modifican su apariencia. El tiempo, que se une viciosamente a la vida, que se confunde con la esencia misma de la vida, y la envenena y destroza, y la hace pobre e ingrata. El tiempo es la limitación, la opresión, el recuerdo constante de nuestra finitud y de nuestra impotencia. El espacio crea perspectivas insólitas y descubre nueva belleza; el paso del tiempo, en cambio, aniquila todo lo creado, destruye la hermosura del mundo y es la fuente última de toda la melancolía, de toda la tristeza y de toda la angustia humanas.
Lector, ha pasado el tiempo y he de terminar. Cuenta González Ruano, en su Madrid entrevisto, que al final de su vida, el pobre Ramón de Basterra, que murió sin cumplir los cuarenta años, con tanto inacabado, decía a sus amigos: Decidme que mis versos son muy buenos... A vosotros no os cuesta nada y a mí me hace muy feliz. A mí, esos halagos me dejan relativamente indiferente. No porque sea más ascético que Ramón de Basterra, sino porque he vivido muchos más años. Pero sí querría, y lo digo con franqueza, que se conocieran y leyeran mis libros. Porque los hice con cariño, con cuidado, con personajes limpios y tiernos. No he sabido nunca crear personajes malvados. Y he rechazado siempre la agresividad gratuita, el mal gusto y la coprolalia (el hablar sucio). En literatura, o se cuenta algo con claridad o se describe algo con precisión o hay que emborrachar con belleza. Vivimos una época de gustos vulgares. Muchos sólo quieren historias de acción, tipos que lleven una pistola en el sobaquillo. Y sexo, turbia y burdamente expuesto. Don Quijote, hoy, tendría que revolcar a Dulcinea en el tercer capítulo, sin quitarse la armadura, ha sugerido con gracia Andrés Trapiello, uno de nuestros buenos escritores contemporáneos.
Empecé hablando de Goethe y de palabras, y así querría terminar. El maestro alemán afirmó: Soy enemigo mortal de las palabras bajo cuya cáscara no encuentro nada. Ojalá haya logrado yo poner algo dentro de las mías, en estas entradas.

5 de abril de 2017

Elogio de la palabra (5 de 6)


Palabras que han de ser engarzadas con amor, como hago en otro relato mío, Semana Santa en Úbeda: Se acercaron hasta el mirador que se abre sobre el valle del Guadalquivir. Germán revivió la antigua e invariable imagen que le había seducido desde su niñez. Siempre he creído, le confesó al amigo, que por la noche un mar misterioso y mágico cubre estas tierras y convierte a Úbeda en el activo puerto de algún portulano fantástico, desde el que pueden iniciarse viajes a reinos ya desaparecidos o ignotos. Un puerto en el que barcos de muchos remos atracan todavía, trayendo vino de Creta, cerámica de Corinto, ámbar de Pilos, cobre de Chipre, estaño de las Casitérides y marfil de África. Y desde el que se puede ir a Corcira, la de enhiestas torres, la isla de los felices feacios, vestidos de púrpura desde el amanecer hasta el anochecer; a Naxos, con sus collados cubiertos de bacantes; a la verde Donusa, a la blanca Paros. Y cito a Álvaro Cunqueiro, que habla también de las palabras: ¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios? De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas y comienzas a hablar.
Y me pregunto, ¿cómo es posible que ese poco de aire estremecido, esos pocos sonidos que se hilvanan en un instante para dejar de existir inmediatamente, tengan tanta fuerza, tanto poder? Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo..., nos dejaron las palabras, cantó Pablo Neruda. ¡Todo lo importante del mundo se resume en palabras, abren o cierran, atan o libran!, escribió Torrente Ballester, en La Isla de los jacintos cortados. Son tan extremadamente poderosas que un personaje de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier también nos previene, con razón: Cuidémonos de las palabras hermosas, de los Mundos Mejores creados por las palabras.
Para mí, las palabras son todo. La palabra es más cegadora que la luz, más veloz que el viento, más certera y mortífera que la flecha, más engañosa y complicada que cualquier laberinto imaginable. La literatura no puede ser otra cosa que el pulimento, la orfebrería de las palabras. El escritor es un argentador de palabras. Claro, ¿no? Pero luego viene Azorín y, para ensalzar el prólogo del Persiles y Segismunda cervantino, dice que “parece escrito sin palabras”. ¿Sin palabras, maestro Azorín? ¿Cómo se puede escribir sin palabras? Se entiende que Azorín quiere decir que las palabras pueden ser tan exquisitamente escogidas, referir la acción tan cabal y exactamente, que apenas se hagan notar, que se diluyan en el contenido de lo que se narra, que se oculten discretamente en el fluir del puro pensamiento.
Y, desde luego, pueden no ser imprescindibles en la ciencia, donde cabe reemplazar ventajosamente las palabras por símbolos, por fórmulas, por guarismos. Cuanto a mayor altura de perfección raya un saber constituido, menos se fía de las palabras y más empleo hace de las fórmulas; lo hizo ya notar Eugenio D’Ors. En el futuro quizá la ciencia se sirva exclusivamente de los números, de las ecuaciones, de un lenguaje formal de índole matemática. No es una perspectiva que me horrorice. Los números son todo, los números son la realidad.
Las palabras son todo. Los números son todo. Se preguntarán ustedes que cómo es posible esta dualidad. Pues es muy simple: porque estoy tratando de grandes verdades. Las grandes verdades tienen la asombrosa particularidad de que son verdades, ellas mismas, y sus contrarias, sus opuestas. Quien no ha entendido esto, no ha entendido el mundo. Lo que quiere decir, aplicando la propia regla que acabo de exponer, que, sin entender esto, se puede entender perfectamente el mundo.
O, por mejor decir, se podría, si no fuera radicalmente incognoscible. Vivir es bordear una ignorancia casi perfecta. Perseguimos inútilmente la certeza, estamos carcomidos por la duda. Qué se puede decir de un Universo con cien mil millones de galaxias, cada una con decenas de miles de millones de estrellas, del que sólo podemos ver una pequeña fracción —se dice que un cuatro por ciento de lo que contiene—, ya que el resto está integrado por lo que llaman materia oscura y energía oscura.
Cómo me gustaría perderme ahora en elucubraciones, que me superan de la manera más total: hablar de eso que empiezan a llamar el multiverso o metauniverso o pluriverso, que predicen algunos modelos de la teoría cuántica. El multiverso es el conjunto de múltiples universos (incluyendo el nuestro), que comprende todo lo que existe físicamente, todas las formas de la materia y de la energía, y las leyes y constantes físicas que las gobiernan. Es un término que fue acuñado hace ya mucho tiempo, en 1895, por un psicólogo americano, William James. En esos infinitos universos paralelos o alternativos o cuánticos, las constantes físicas pueden ser idénticas a las del nuestro o pueden ser distintas. Y puede, eventualmente, existir otro universo que sea exactamente igual al nuestro. Tegmark, un físico especializado en estos temas, señala que este mundo idéntico tendría que estar a una distancia de 1018 metros. Bueno, si algún lector sabe bien algo de todo esto, le agradecería que me lo explicara un poco.

31 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (4 de 6)


Termino con esta querida Marta mía y os cuento que el amor hostigaba sin tregua a otro personaje que aparece en una de mis obras, un dulce trovador provenzal, Raimbaut de Vaqueiras, de finales del siglo XII y principios del XIII. Moría de amor por una doncella llamada Beatriz y escribió como nadie había escrito hasta entonces, aunque tantos habían sentido lo mismo. Tenía ese don el buen hombre. Y se acercaba tan derechamente a la muerte, que la dama se ablandó al saberlo, lo amó y le regaló, embellecida y multiplicada, la vida. Se casó luego con su prometido, Don Arrigo, para no complicar tontamente las cosas, pero el trovador fue mantenido en palacio y siguió gozando de todos los privilegios adquiridos. Sí, de todos, lector; estos arreglos juiciosos han existido siempre. Don Arrigo era amante de la caza y cazaba, el trovador amaba la trova y trovaba, Beatriz amaba... Bueno, Beatriz era muy comprensiva y estaba encantada de la vida. Y el mundo seguía rodando incansable y ciegamente por sus caminos de siempre. Y yo no sé ahora de otros, pero estos tres eran felices.
Hasta que una noche de verano, cuando los imprudentes enamorados reparaban sus dulces fatigas sobre un oculto pradillo del jardín, embriagados con el aroma de la hierba recién cortada, y dormían dulcemente, apenas cubiertos con el manto del trovador, el hermano de ella, el  marqués Bonifacio de Monferrato, que quizá se había arrepentido ya alguna vez de haberse traído al insistente provenzal a palacio, los sorprendió y, con delicadeza y tacto, les quitó, sin despertarlos, la ropa del amante y los cubrió con su propia capa, en la que estaban bordadas muy claramente las armas del marquesado. Después del suceso, el marqués Bonifacio no tuvo grandes problemas para convencer al trovador de la cabal conveniencia de peregrinar a Tierra Santa y dejar los entretenimientos.
Los dos, el marqués discreto y el trovador enamorado, se fueron de palmeros, peregrinaron a Jerusalén. Muchos otros pecadores arrepentidos iban en la misma nave, camino del perdón y de la aventura. Iba aquel monje de Chieri que quedó convertido en un faisán por haber comido un ala de volátil en Viernes Santo, encerrado en jaula de plata y amparado por un salvoconducto extendido por los duques de Saboya. Iba también aquel caballero de Mandovi, que intentó raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió en un instante, haciendo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza. Viajaban entonces, hacia Jerusalén, gentes de toda condición, en busca de la gloria, de la muerte, del amor, del olvido, de sus respectivos e ignotos destinos.
Monferrato, tras sólo un par de batallas, ganó el reino de Salónica e hizo a Raimbaut duque del mismo y lo nombró también príncipe de Orfani. El pobre trovador quedó hecho príncipe y gobernador de un reino. ¿Se puede pedir, se puede ambicionar más? Pues fíjate, lector, lo que es el amor, cierto tipo de amor. El nuevo y flamante príncipe era víctima insalvable de la melancolía, olvidaba todas sus ventajas y conveniencias y sólo soñaba con Beatriz y le escribía sin cesar las más tiernas baladas, declarándose prisionero en ultramar, herido de amor, infeliz e incurable. Mientras tanto, Beatriz le dio once hijos al Caretto, quien sabe si con pasión por medio, que esto es muy complicado de averiguar en las mujeres y es sabido que hay mil formas de fingimientos.
Raimbaut murió en su principado, añorando aquel lejano y perdido amor; entreviendo, por siempre inalcanzable, a su Beatriz en la distancia, en el horizonte engañoso e impasible del mar, que se divisaba desde la blanca terraza de mármol del palacio. En ocasiones, cuando los vientos eran mareros, creía oír su voz que le llamaba con aquellos nombres tiernos y secretos que se habían inventado y confiado tantas veces, juntos, en las tierras del marquesado de Monferrato, en la dulce Lombardía inolvidable. Ni un día dejó de pensar en ella, ni un día pudo desprenderse del infortunio, de la desesperación y de la nostalgia. Para lo bueno o para lo malo, nada sería lo mismo en el mundo sin el amor. Cantó entonces: ¿De qué me valen, pues, conquistas ni riquezas? Porque yo me tenía por más rico cuando era amado y leal amigo y Amor me nutría. Prefería un solo placer que aquí gran corte y gran hacienda.
Dejo estos turbulentos enamoramientos, para seguir hablando de las palabras. De ellas habla Marie Laure, la francesa filóloga y entrometida, al guapísimo Roberto Milfuegos, el primo de Marta: Tienes que fijarte en las puras palabras, deteniéndote en cada una de ellas, porque todas son como un milagro. Y te tienes que dejar acariciar por los sonidos con que se visten y muestran. Cuando se trata de escritos, las palabras son siempre muy importantes; hay que jugar, seducir y embrujar con ellas. Para hablas más planas, ya están las de la conversación corriente, las de cada día que, esas sí, han de ser sencillas y escuetas. El hombre no fue completamente hombre hasta que inventó las primeras palabras. Con ellas ya pudo, también él, crear incontables mundos y tuvo la posibilidad de advertir, suplicar, enseñar, engañar y mentir. Fue capaz de expresar su pensamiento y también de suplantarlo, de ocultarlo.

26 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (3 de 6)


No es una boutade, no es una manera de hablar. De verdad les digo que en más de una ocasión los personajes que yo creo en mis obras, viven su vida, con propio discernimiento y voluntad. Se hacen independientes, imponen sus criterios y sus deseos. Pero eso mismo los hace, para mí, más reales y más queridos. En realidad, esta es ya la última razón por la que escribo: para refugiarme en unos personajes algo extraordinarios y libres, a los que llego sinceramente a amar y que, cuando me siento harto de las mujeres y de los hombres que me rodean en el mundo, me consuelan un poco y me proporcionan la ilusión de que la vida no es tan ramplona como a veces parece.
Tengo hasta mis cautas preferencias. En la novela citada, mi preferida es Marta y a ella dedicaré ahora más tiempo que a nadie. Marta es una jueza inteligente y delicada, enamorada toda su vida de su primo, sin que este se entere, y que sabe, cuando hace falta, utilizar el lenguaje, las palabras, con la contundencia de un arriero. Como cuando se queja ante alguien, reventando de amor y despecho, de la intromisión ya un poco prolongada de una extranjera en la vida sentimental del primo: Y usted no sabe cómo quiero yo a mi primo. Es que desde que nací he estado siempre con él, ¿me entiende?, desde el puto nacimiento. Y además ella es francesa y tiene millones de franceses para elegir, ¿por qué tiene que venirse aquí, a este lado de los Pirineos, a fastidiar? Marta estaba al borde de las lágrimas. Y usted no conoce a mi primo, no sabe lo guapo y lo bueno que es.
Marta llevaba años en esta espera. Y mientras tanto se le iba escapando el amor y fue incapaz de entregarse a nadie. En una ocasión, con treinta años ya, tuvo que ir a su médico de cabecera, una doctora. Menudo genio tenía la que le correspondió en el ambulatorio. Todavía la veo, recordaba Marta, cuando fui a que me viera. Después de preguntarme sobre mis enfermedades de la infancia, las de mis padres, la fecha de mi primera menstruación, mis hábitos de todo tipo y mil detalles más ―porque aquello fue un interrogatorio en toda regla, que yo sé de eso―, no tuve más remedio que confesar que aún no había conocido varón, que ya ni me acuerdo de cómo expresé aquello, si fue con esa fórmula u otra igualmente tonta, porque estaba yo apuradísima y no sabía ya ni lo que decía. Entonces la tía empezó a dar voces, que parecía que quería que la oyese todo el ambulatorio: “No me lo creo, no me lo puedo creer; no es posible”. ¡Y vaya si era posible! Y qué iba yo a hacer, pobre de mí. Y me miraba como si tuviera delante una iguana gigante o la hidra de las nueve cabezas o el célebre lagarto de Jaén.
En aquellos momentos, continuó Marta, me sentí tan mal que hubiera cogido al primer celador o médico o enfermero que pasara por allí y le hubiera pedido que, aunque fuera dentro de su horario laboral, que se supone que está para otras cosas ―o no, porque según se cuenta, y para reducir la tremenda tensión de su trabajo, los médicos y enfermeras parece que casi no hacen otra cosa que jugar al amor en los hospitales―, me hiciera un favor, el favor que me interesaba entonces de manera urgente, aunque fuera sólo para callar de una vez a la doctora, que seguía sin salir de su asombro y estaba como pasmada, en silencio, hasta que de repente volvía otra vez en sí y empezaba con aquello de “no me lo creo, no puede ser”, a voces puras. Y llegarme después del sacrificio hasta ella y decirle: Ve usted, ya no hay por qué admirarse de nada, que tampoco esto es tan difícil, ni tiene tanto mérito. Ya está hecho, ya me lo he dejado hacer. Y ahora, ¿qué?, ¿dejará ya de gritar?
La verdad es que yo siempre he pensado que ese favor es muy fácil de conseguir de cualquier hombre, seguía reflexionando Marta. Algo por lo que, después de todo y en estricta justicia, tendríamos que estarles reconocidas las mujeres, por su buena disposición para estos asuntos, en vez de andar por ahí bromeando con lo de que “siempre están pensando en lo mismo, no les queda cerebro para otros asuntos”,  y cosas parecidas.
Allí mismo, ya digo, se lo podría haber pedido al primero que llegase, aprovechando además que en la salita en la que la doctora me había dejado sola, para que me desnudara antes de la exploración, había una camilla, quizá aprovechable para el cumplimiento de la misión. Aparte de que, en casos de verdadera urgencia, ya había visto yo muchas veces en el cine, que no hacen falta ni camas ni camillas ni nada, que todo se puede resolver incluso de pie. En las películas, por cierto, yo había observado que, en algunas ocasiones, estando los dos de pie, hasta se le encaramaba la mujer al pobre hombre, quien, además de estar atento a lo que hacía, encima tenía que cargar con la prójima cabalgándole en la cintura, que todo junto tiene que ser muy incómodo y dificultoso. Para él y para ella, para todos, aunque para la mujer tiene que resultar algo más llevadero, pienso yo, honradamente. Es que yo creo —no sé por qué, la verdad, porque yo de esto conozco sólo lo de las películas— que en la cosa del sexo las mujeres nos llevamos la mejor parte. Claro que luego está, para compensar, el asunto del parto, que esa sí que es otra historia.

21 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (2 de 6)


Pero el Sur puede ser también el desorden, el exceso, la locura, le argumenté tímidamente al maestro. De Nápoles, un refrán afirma que es un paraíso habitado por diablos. ¿No os llegó a cansar aquel doloroso estado de pobreza, de banalidad; ese universo lleno de pifferari, de lazzaroni. Aun así, me contestó, esa fue la luz que yo busqué; os lo digo ahora que regreso inocente y sabio de la muerte. Iba yo a contarle que, en cierta manera, él había estado en España, que yo había escrito un relato titulado Goethe en el Guadalquivir; pensaba hablar con él de tantas cosas… Pero en ese momento el guía nos apremió para que continuáramos el camino y pasáramos a la siguiente habitación y todo se desvaneció. Comprendí entonces, mientras salía del dormitorio, que el maestro llevaba razón.
Y recordé los encendidos párrafos que yo mismo había escrito, en Madrid, hace ya muchos años, en una habitación perdida en el remanso de la ciudad universitaria, con pensamientos y sentires que puse en la cabeza de un médico, el doctor Fernández: “Cuando llegó, se asomó a la terraza. Era ya casi de noche. El cielo tenía un hermoso color azul oscuro, con ese brillo metálico del solsticio de estío y la ciudad aparecía como un inmenso fuego a punto de extinguirse. Una brisa cálida llegaba agotada del Sur y recreaba, intactos, los ensueños de los tiempos pasados, en los que se multiplicaban espejismos imposibles. En los rincones del aire nacían adelfas y nardos, mientras, en el horizonte inmediato, la sierra, de color violeta, imprimía una apacible vibración al paisaje.
El doctor Fernández, poseído ya por un mundo que conocía bien y sabía inevitable, pensó una vez más que jamás podría abandonar un país en el que tantas cosas invitaban a la felicidad y en el que, precisamente por ello, era imposible que la gente fuera excesivamente juiciosa. No se es razonable en los paraísos, aunque sean elusivos y finalmente inalcanzables. Se es razonable en las tierras inhóspitas, en los climas duros, donde durante siglos los pueblos han tenido que luchar lúcidamente, y todos juntos, para subsistir. En aquel país, en realidad, para ser feliz, se trataba sólo de luchar contra el exceso de algunas locuras: la locura de las noches de luna y los viejos cantos paganos, la locura de los limoneros y los naranjales, la locura de los olivos de argento... la locura del sol. Un sol que llevaba milenios castigando y adormeciendo, acunando y fermentando todos los ensueños y todas las desganas. Un sol que llamaba a la vida, que cantaba a la vida y que en el Sur, siempre presente en el médico, junto al mar, teñía de sangre las ventanas de las casas blancas en cada atardecer, al ocultarse herido tras cegadores horizontes de sal”.
Hay más presencia de Goethe en mi obra. En mi libro Una noche en Nueva York, hay un vagamundo, un ser tierno y vagaroso retirado en el Bowery, un barrio marginal y perdido de la ciudad, que cita al autor alemán: “El vagamundo, escribo yo en mi relato, empezó a recoger sus cosas, preparándose para dormir. De repente, se dirigió de nuevo al extranjero:
— Eso que te he dicho sobre el mundo lo escribió muy bien tu querido y admirado Goethe. Te voy a citar de memoria, pero no me equivocaré mucho: Todas las cosas de este mundo vienen a parar en bagatelas, y el que, por complacer a los demás, contra su gusto y necesidad, se fatiga corriendo tras la fortuna, los honores u otra cosa cualquiera, es siempre un loco. Es de Werther.”
Goethe está también en el epílogo de la novela que cité antes, cuando hablo en primera persona: “Os dije que no sabía muy bien quién la escribía en realidad, que no estaba muy seguro de ser yo el que manejara, a mi capricho y con absoluta potestad, a los personajes que iba imaginando y que procuré hacer pasablemente creíbles y cercanos. Fueron ellos los que acabarían imponiéndose a la hora de fijar el curso de la acción y dar algún sentido a la obra. Como me maliciaba, que ya en el acto II de la segunda parte del Fausto, después de que Wagner creara a Homúnculus, Goethe hace decir a Mefistófeles: Am Ende hängen wir doch ab von Kreaturen, die wir machten. Y es verdad, al final, somos los autores los que dependemos de las criaturas que creímos forjar libremente.”

16 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (1 de 6)


En algunas entradas de este blog me he referido de pasada a las palabras. En las entradas que empiezo hoy, que son el texto de una conferencia, querría hablar de ellas de manera más organizada y monográfica, siempre como un mero degustador de palabras, no con el enfoque de un lingüista o un lexicólogo. He preferido conservar el estilo de la comunicación oral y tomo prestado el título, Elogio de la palabra, del discurso del poeta catalán Joan Maragall, pronunciado en 1903, cuando fue elegido Presidente del Ateneo barcelonés; es también el título de otros escritos de diversos autores.
Me dispongo, pues, a hablar de literatura, de las palabras. Empezaré con una narración deliciosa de Goethe, escrita en sus años estudiantiles, en la universidad de Strasbourg. La llamó simplemente Cuento, y la leyó durante una fiesta campestre, ante un auditorio en el que estaba su amada —su amada de entonces, se entiende— Friederike. Y empezó diciendo: “Esta noche he de contaros un cuento que os haga pensar en todo y en nada”. Pues como yo hoy, en eso vamos a coincidir. Porque casi no tengo tiempo de hablarles de nada y querría apuntar a todo.
Naturalmente, he de resumir la historia del escritor alemán. El caso es que una hermosa serpiente verde tragó unas monedas de oro y se fue haciendo luminosa y transparente. La serpiente entró en una cueva y allí, en una hornacina, había una imagen en oro puro de un rey venerable. El rey comenzó a hablar, y le preguntó: ¿De dónde vienes?— De la sima donde habita el oro, contestó la serpiente. Se sabe desde siempre que las serpientes pueden hablar y hasta ser muy convincentes. — ¿Qué es más precioso que el oro?, preguntó el rey. — La luz, respondió la serpiente. — ¿Qué es más bello que la luz?, preguntó aquél. — La palabra, respondió esta.
No pueden imaginarse lo que me conmueve esta rotunda confesión sobre el valor y primacía de la palabra, imaginada por un hombre que amaba tan arrebatadamente la luz. Hace un mes estaba yo en su casa, en la casa de Goethe, en la bellísima Weimar, en Alemania, siguiendo distraídamente al guía que nos apacentaba y conducía mansamente por las habitaciones de la mansión, llenas de cuadros, estatuas clásicas, dibujos, raros y preciosos minerales... Estaba yo impaciente por llegar a su dormitorio, a la cama en la que murió y desde la que pronunció aquellas últimas palabras: “¡Luz, más luz!”. Ya no sé si lo vi o lo oí en ese momento, pero sí me escuché diciéndole: Querido maestro, yo vengo de un país del Sur, de España, miradme. Quizá queden todavía restos de sol en mi retina, en mis ojos. Tomadlos, son vuestros, son para vos. Yo he amado vuestra tierra, me contestó sonriendo, aunque nunca estuve en ella. Si recordáis, en una escena de mi Fausto, aquella en la que Mefistófeles se burla de los estudiantes y realiza algunos portentos, él cuenta que acaba de regresar de España, “del hermoso país del vino y las canciones”. Claro que la recuerdo, contesté, vengo ahora de Leipzig y visité allí la famosa taberna de Auerbach, en la que transcurre esa acción. De ella se infiere claramente que el diablo conoce bien mi país, le gusta, y debe de andar entre nosotros de vez en cuando, me atreví a bromear.
Pero también hay esa otra luz, maestro, la interior, la que está dentro de nosotros y que vos supisteis ver como nadie. Ja, das innere Licht. Bon, vous savez..., contestó Goethe, en alemán y en francés; era capaz de hablar y ser escéptico en muchas lenguas. Creí percibir un leve desdén, un cierto descreimiento en sus palabras. Y continuó, yo he amado, sobre todo, la luz exterior, la luz del mundo, la que calienta y da vida a los cuerpos gloriosos, la de los países en donde florece el limonero y centellean las naranjas doradas entre el follaje oscuro, donde la brisa sopla suave bajo el cielo azul, y se puede hallar al silencioso mirto y al alto laurel. Lo he cantado en mis versos: ¡Hacia allí, hacia allí, quisiera yo ponerme en camino!
Es verdad que Goethe amó el Sur y los cantos del Sur. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, cuento que en Venecia se cantaban en sus tiempos los versos de Tasso y Ariosto. Él mismo, en su Viaje a Italia, refiere un paseo nocturno en góndola, en el que dos gondoleros los cantaban alternativamente, a la luz de la luna. Estas voces, escribió, cuando se oyen en la lejanía, producen un efecto extrañísimo, algo increíblemente conmovedor, que hace llorar. Y no eran sólo los gondoleros, los cantaban también las mujeres de los pescadores del Lido, especialmente las de Malamocco y Pellestrina, cuando dejaban sus casas por las tardes y se sentaban junto al agua, en la orilla del mar, esperando a sus hombres. Entonaban esos cantos sin tregua, con voz penetrante, hasta que les contestaban las recias y cansadas voces de sus maridos, que habían salido a pescar y llegaban ya a tierra firme.
 

6 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (6 de 6)


Dije que se podían distinguir tres visiones distintas del valle o región de las Batuecas y ya he descrito dos: la tenebrosa, poblada de salvajes y demonios, y la idílica, impregnada de misticismo e inmersa en un proceso de sacralización de la Naturaleza. Existe una tercera, parecida a la segunda, en la que la leyenda se enlaza y revitaliza con el nacimiento o renovación del mito del ‘buen salvaje’—el hombre es bueno por naturaleza y es la civilización la que lo corrompe— y el triunfo literario del Romanticismo, cuyo siglo de oro es el XIX, con alta difusión sobre todo en Francia, y que en las Batuecas es como una reliquia de la vida eremítica desaparecida.
Los orígenes del mito del buen  salvaje no nacen con Rousseau, Gueudeville o el pensamiento francés revolucionario del siglo XVIII, sino que muchos lo retrotraen al descubrimiento de América, cuando aparecen tribus y hombres nuevos, que obligan a reconsiderar la situación del ser humano fuera de las sociedades establecidas según nuestro modelo de convivencia europeo, llevando a la meditación moral y filosófica sobre el particular. El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau, del año 1755, es muy posterior a todo esto. Antes, en 1721, el barón de Montesquieu (1689-1755) había escrito, en sus Cartas persas, que “los españoles han hecho hallazgos inmensos en el Nuevo Mundo y no conocen todavía su propio continente: existe sobre sus ríos tal puente que no ha sido aún descubierto, y en sus montañas naciones que les son ignotas”. Se refiere obviamente al viejo mito tantas veces descrito de las Batuecas. Todavía anterior es el Diálogo o conversaciones entre un salvaje y el barón de la Hontan, del francés Nicolás Gueudeville (1652–1721), publicado en 1704, en el que ya se recoge el mito del buen salvaje, con medio siglo de antelación a la citada obra de Rousseau. 
El espíritu del Romanticismo reinventa lo que de desierto, yermo o Tebaida tuvieran ciertos lugares santos para las personas de mentalidad religiosa. En el caso de las Batuecas, la difusión de la leyenda sigue teniendo un cauce literario, que mostraré, en el que perviven los fulgores épicos del mito: Paraíso, Edén, Jardín de las Hespérides. Es una belleza no perceptible para todos, sobre la que ya escribió el granadino Pedro Soto de Rojas en su críptico Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, de 1652. Más tarde, geógrafos, ingenieros y sociólogos empiezan a estudiar el caso y hacen una revisión de las comarcas de Batuecas y Hurdes.
Hay una novela francesa posterior que resume esta visión nueva del valle. Se trata de Les Battuécas (1816), de la aristócrata francesa Felicité du Crest de Saint-Aubin, condesa consorte de Genlis (1746-1830), traducida al castellano en Valencia (1826), con el título de Plácido y Blanca. La escritora George Sand en sus Memorias afirma que leyó ese libro de niña y que le hizo profunda impresión en su ánimo, influyendo más adelante en el curso de sus ideas. Los Batuecos, explica y resume la Sand, son una pequeña tribu que ha existido, en la realidad o en la imaginación, en un valle de España rodeado de montañas inaccesibles. A consecuencia de no sé qué acontecimientos, escribe, esta tribu se encerró voluntariamente en un lugar “donde la naturaleza le ofrece todos los recursos imaginables, y donde se perpetúa hace muchos siglos, sin tener contacto alguno con la civilización actual”.
Félicité de Genlis —adoptó de casada el título de su esposo— fue una mujer de vida intensa, que no puedo sino esbozar. Exiliada en Inglaterra durante el Terror, pudo volver a Francia en 1801, gracias a Napoleón, que se sirvió de ella como espía. Compuso la novela que nos ocupa a la edad de setenta años. Es la historia de Adolphe y Calixte, novios de la aristocracia francesa, obligados a huir cada uno por su lado ante el peligro de la Revolución. Adolphe y su padre llegan a una aldea perdida, situada en las Batuecas. Madame de Genlis, citando supuestas fuentes, pero sin nombrar a Lope de Vega, presenta la versión del dramaturgo como un hecho histórico y cuenta que el valle fue descubierto por el Duque de Alba. En la aldea, Adolphe conoce al verdadero protagonista de la novela, Plácido, prodigio casi sobrenatural, de belleza incomparable, fuerza inigualable y preclara inteligencia, prototipo mejorado del buen salvaje rousseauniano. Doña Blanca es una viuda de veinte años, no batueca, rica, bella como un ángel y llena de talento. La trama es complicada y el final no tan usual. Y no cuento más, porque esto se ha hecho ya demasiado largo.
A pesar de las inexactitudes históricas y geográficas, la novela, bien escrita, hace una comparación entre la vida idílica de la aldea —una utopía socialista anticipada, en la que no hay ni propiedad ni guerra— y las sociedades llamadas civilizadas, en las que reinan injusticias sociales, miseria, lujuria e hipocresía. Como dije, se respeta la leyenda primitiva de que hacia el año 1009, un desvío del torrente del Tormes, cerró la única entrada por la que podían penetrar los extraños al valle de las Batuecas, como si el cielo hubiera querido asegurar eternamente la tranquilidad y seguridad de los pacíficos habitantes de aquella soledad, quienes por la dulzura y la pureza de sus costumbres merecían sin duda atraer sobre ellos la protección divina. Los Batuecos vivieron así algunos siglos en el centro de España, extranjeros en su patria y separados del resto del universo. Olvidaron su lengua materna, sus antiguas costumbres, las leyes que eran ya inútiles y hasta su origen, abrazando un nuevo culto sin templos ni sacerdotes.
Los Batuecos no tenían ambición, ignoraban que tal pasión pudiera existir, y sus limitadas posesiones eran más que suficientes para sus necesidades. No creían que fuera posible la existencia de manjares más sabrosos que sus yerbas y sus frutos, ni licor más delicado que el agua fresca y pura de sus fuentes, ni habitaciones más agradables que sus chozas. Vivían en dulce unión, porque nada podía excitar entre ellos la envidia o la emulación; la fuerza no tenía ningún poder, sólo apreciaban la igualdad, la paz y la tranquilidad. No habían visto nunca dar coronas al más osado, al más valiente o al más ingenioso. No ignoraban enteramente que existían otras criaturas fuera de los límites de su imperio, porque las habían divisado muchas veces desde lo alto de sus peñascos, pero el temor y la indolencia los tenían fijados para siempre en su tranquilo recinto.

2 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (5 de 6)


Abandono la digresión sobre el Paraíso y prosigo con la conformación de la nueva idea sobre el valle de las Batuecas, en la que se destierra definitivamente la concepción demoniaca del lugar y, por el contrario, se cimenta la imagen amable y paradisiaca del mismo. Vuelvo a citar a Tomás González de Manuel, quien en el  prólogo de su obra ya citada explica que se pone a escribir la obra para contestar a alguien que le pide información sobre la región, y se queja: “esta ficción de las Batuecas está de tal suerte introducida, que ya la tienen por asentada y verdadera, sin haber quien nos desengañe”. […] “Y así me fue preciso el escribir este corto tratado, para desengaño de este sujeto y de aquellos que viven en el mismo error”. También se hace una pregunta retórica, pero pertinente: Desde La Alberca, ¿cómo pudieron estar tantos siglos sin descubrir ese valle, no habiendo mar ni río, no otro impedimento que lo estorbase?
Explica el autor que estas peculiaridades que se cuentan del lugar, junto a la falsedad de los salvajes y demonios, es anterior a la llegada de los carmelitas al convento fundado. “Yo traté y comuniqué con personas de toda fe y crédito de esta tierra, que conocieron lo de las Batuecas antes de fundarse en ellas el convento dicho y de que los religiosos de él hubiesen venido por esta tierra.” “No he hallado persona que de tal descubrimiento se acuerde, ni lo haya oído decir, ni en los libros de bautizados, que los hay bien antiguos, hay noticias de nadie nuevamente convertido”.  
En el capítulo IV de la obra cuenta: La fertilidad del suelo de este valle es tan abundante, que algunos han dicho que es remedo del Paraíso Terrenal, y lo parece por la fragancia de tanta flor de albaca, cinamomos, arrayanes, cedros, cipreses, naranjos, limones y frutales, aceite y vino, todo lo da el valle, aunque pan nada… Las aguas en abundancia, muy delicadas y cristalinas, en cuyos arroyos hay abundancia de truchas y peces. Sólo reconoce la inexistencia de tierras aptas para el cultivo de trigo u otros cereales.
No es sólo Tomás González: los propios monjes del Santo Desierto de San José idealizan también el territorio en que viven, que pasa así, de ser un lugar tenebroso, habitado por hombres salvajes adoradores del demonio, a constituir un marco idílico en donde el hombre puede reencontrarse con dios en una refundación del Edén. En un siglo crearon los carmelitas seis ‘desiertos’ en España, siendo el de Batuecas el tercero, tras Bolarque y Las Nieves en Málaga; el plan formaba parte del nuevo espíritu de la Contrarreforma. También se fundaron ‘desiertos’ en Italia, Francia, Austria, Portugal.
Alonso de la Madre de Dios fue el primer carmelita que visitó el valle en 1597. Tomás de Jesús, recién elegido Provincial de Castilla la Vieja, ya había sugerido la creación del yermo batueco y sabiendo que fray Alonso iba a cortar leña a San Martín de Castañar, próximo al lugar, le pidió que preguntara, sin descubrir el propósito, si había un sitio apropiado para la fundación. Luego el propio fray Tomás quiso ver la zona y marchó a La Alberca. Los lugareños ya hablaban de la leyenda citada, pero no la creían naturalmente, y se extrañaban de que los monjes preguntaran por hechos relacionados con la misma.  
No se habla ya, pues, de demonios o salvajes y fray José de Santa Teresa en su Historia General de los Padres Carmelitas Descalzos, Madrid, 1693, describe el encantador paisaje. Leo la cita en inglés, que traduzco, en Sacred space in Early Modern Europe, de Will Coster and Andrew Spicer, 2005, en el capítulo 10, Jardineros de Dios, los desiertos carmelitas y la sacralización del espacio natural en la España de la Contrarreforma: Pequeños manantiales de varias partes descienden de las montañas buscando el río […] multitud de árboles del bosque, hermosos barrancos por la variedad de plantas, todo en un profundo silencio venerando la Suprema Majestad.
Fray Tomás de Jesús (1564-1627) concibió la idea de comunidades medio cenobíticas y medio eremíticas. El número de religiosos en cada desierto era de veinticuatro, los eremitas habitaban en rocas, cuevas y hasta en habitáculos arbóreos. Tenían una dieta mínima, sin carne, sólo para sostener la vida. No podían abandonar sus celdas sin permiso. Escribió un tratado de más de 900 páginas, publicado en Amberes, en 1613: De procuranda salute ómnium gentium, schismaticorum, haereticorum, iudaedorum, sarracenorum, caeterorumquen infidelium libri XII. (Para procurar la salvación de todas las gentes, cismáticos, herejes, judíos, sarracenos y otros infieles).
A mediados del siglo XVII la región es objeto de una potente acción eclesiástica; a partir de 1654 también por parte de los Jesuitas. Hay textos que descubren su belleza y su afinidad con el Paraíso. La primitiva leyenda está ya en decadencia; queda sólo como recurso sarcástico, tal que en el muy posterior artículo de Larra, Carta a Andrés, escrita desde las Batuecas por El Pobrecito Hablador, que es de 1832.
Para terminar, traeré aquí unas palabras de Sor Cecilia del Nacimiento Sobrino de  Morillas (1570-1646): Descripción de nuestro desierto de San José del Monte, en Batuecas: “Dios ha dispuesto un nuevo paraíso poniendo a la luz una segunda demostración de la admirable sabiduría de su amistad”. El mito de belleza paradisíaca y exotismo sobrevivió en una tradición secular que hermoseó la flora y fauna del lugar y motivó incluso una expedición científica para estudiarla en 1857: Expedición científica y artística a la Sierra de Francia, relatada en una memoria publicada en 1883 en el Boletín de la Real Academia de la Historia. Esta política de los desiertos duró algo más de cien años.  La mayoría de ellos se disolvió en los siglos XVIII y XIX.
(continuará)