15 de octubre de 2013

De cómo leer

 
Estoy empezando este blog y no sé todavía muy bien cómo funciona este invento. Haré algunas reflexiones sencillas, que me parecen oportunas y tienen una proyección práctica. Avisé de que diría algo sobre cómo, en mi entender, debería leerse y con esto comienzo:

Leer tendría que ser un acto más trascendente, más ritual. Muchos de nosotros leemos tanto, tan continuadamente, que hemos trivializado esa actividad y, en consecuencia, casi siempre leemos sin ninguna clase de método o exigencia. Este es un mal proceder, porque perdemos gran parte de su posible productividad, de su ‘ubertad’ (la palabra no está en el diccionario de la RAE, pero tiene un origen latino inmediatamente reconocible y en inglés existe uberty). Y no me refiero sólo a la lectura académica, científica o reglada; me refiero a cualquier tipo de lectura.

No concibo leer sin un lápiz en la mano o al lado. Para señalar, de la forma que sea —yo prefiero un simple trazo en el margen, nunca el engorroso subrayado— los párrafos o pasajes que nos interesen especialmente. No estoy hablando de escribir comentarios eruditos al margen, que también se puede hacer (mal sitio para escribir el margen de un libro); me refiero simplemente al hecho de señalar lo que nos llama la atención por algún motivo. Obviamente, señalaremos tanto los aciertos, los hallazgos brillantes, como los desaciertos, los posibles errores, las faltas de ortografía o sintaxis, que, naturalmente, también las puede haber.

Cuando se termina un libro, se puede ir —se debe ir— en un corto tiempo, sobre esas páginas marcadas. En algunos casos, bastará con releer los párrafos escogidos, si lo que se persigue es, simplemente, tratar de grabarlos mejor en la memoria. En otros casos, quizá queramos incorporarlos a una colección personal, casi la única recomendable, de pensamientos, opiniones o sentencias. Por fin, en otros casos lo que buscaremos es completar lo encontrado, en algún diccionario o enciclopedia.

Todas estas tareas se hacen al terminar el libro y no interrumpen la lectura continuada del mismo. Quizá es mejor, para evitar que se acumule el trabajo, realizarlas

unas pocas veces a lo largo de la lectura y no dejarlo todo para el final. Al tratar de conservar esos detalles interesantes, cosechamos lo mejor de la obra que hayamos leído y, especialmente cuando buscamos ampliaciones en las enciclopedias, encontramos temas relacionados que multiplican el valor formativo de lo encontrado. El símil tantas veces propuesto de las cerezas de una cesta es enteramente apropiado: al tirar de una de ellas van enzarzándose otras y al final sacamos muchas más de una, de aquella inicial que habíamos agarrado al principio.

Para mí, el número de marcas que hacemos en un libro da una idea incluso de su valor global. Por supuesto que hay que matizar y pulir este aserto, que ya dijo Ortega que pensar era exagerar. Hay libros bellísimos y muy sencillos —la sencillez no está reñida con la belleza, más bien al contrario— en los que quizá no haremos muchas marcas. Me atrevería a decir que no es un caso frecuente, porque siempre, si la obra es realmente valiosa, habrá alguna expresión o metáfora, alguna idea, que nos guste señalar y releer más tarde, con la finalidad de intentar fijarla en la memoria. Y hay también libros más complejos, más ricos en datos, erudiciones o conocimientos —tampoco estos están reñidos con la belleza— que ofrecerán más ocasiones de que los marquemos. Para comprobar los hallazgos, ampliarlos o cotejarlos después.

Doy estos detalles, porque no oculto que, a pesar de mi condición de amateur y no experto, escribo estas páginas con una clara, aunque modesta, intención pedagógica, pensando que pudieran ser útiles para alguien. Casi todo lo que escribo lo hago con esas optimistas miras.