17 de noviembre de 2013

El pescador y el genio


En esta entrada voy a continuar con mis cuentos y te voy a contar, lector, otro de mis preferidos: uno muy viejo, de la tradición sufí islámica, que tiene quizá más de mil años. Ahora me tienes que ayudar un poco, tienes que olvidarte de que me estás leyendo e imaginar que me oyes. Y tienes que acertar además con el tono de mi voz, que ha de tener la calidad obligada para narrar historias. Sobre todo, historias sabias, como la que vas a oír —porque entiendo que ya me estás oyendo—, que son para desgranarlas casi al oído, junto al fuego, como yo las he escuchado de niño, en una pequeña ciudad andaluza. O para gritarlas a una multitud atenta y entregada, como las he visto narrar en una plaza con olor a jazmín y el sol desangrándose en el horizonte, en alguna ciudad del norte de África.

La historia que voy a referir tiene muchas variantes. La que más me gusta a mí, personalmente, es la que cuenta cómo un pobre pescador cogió con su red una vieja botella de cobre, cerrada con un tapón de plomo. Hoy sabemos muy bien, porque todos hemos leído ya mucho, las graves y extrañas cosas que pueden ocurrir al abrir una botella en estas circunstancias. Pero este modesto pescador no lo sabía y además era, como casi cualquier otro hombre, imprudente. Abrió la botella. El ser humano está hecho para conocer, para indagar, para explorar el universo y para sufrir en ocasiones por ello. No podemos ser de otra manera.

En cualquier caso, no sólo hay genios malos; también hay muchos genios buenos y el genio que tú, lector, sí sabes que estaba encerrado allí, resultó ser de los buenos. Tan pronto como el humo que salió de la botella se elevó en el aire, el genio tomó forma —una forma amable, imagínatela como quieras—, se dirigió al maravillado pescador y le dijo: “Me has liberado, pescador, y te estoy agradecido. Puedes pedirme tres deseos, los que tú quieras, aunque a ti te parezcan imposibles, y te los concederé. ¿Has entendido bien? Haré realidad esos tres deseos, los tres. Así que dime ahora, ¿cuál es tu primer deseo?”.

El pescador era humilde, prudente y despierto. Quizá, y espero que no te ofendas por lo que te digo, quizá más despierto que tú y que yo juntos. A pesar de no tener ninguna carrera, ni ser profesor de nada; eso pasa a veces. El hecho es que, sin pensarlo demasiado, le contestó al genio: “Mi primer deseo es que me des la inteligencia necesaria, para hacer una elección perfecta de los otros dos deseos”. Bueno, era una estrategia inmejorable la de este pescador sencillo, pero también sagaz, ¿no te parece? “Otorgado”, dijo el genio, “dime ahora cuáles son tus otros dos deseos”. El pescador reflexionó un momento, miró a su alrededor y vio la arena de la playa que se roseaba en el atardecer, en la sobretarde, y el mar que se oscurecía muy lentamente y cambiaba del brillante azul al azul turquesa —¡atención ahora, porque el pescador está aquí jugándose su destino, su vida entera, entiendes, lector!— y respondió: “Gracias. No tengo más deseos”.

¿Te sorprende el final del cuento? ¿Estás de acuerdo con lo que pidió, con lo que no pidió, el pescador? Ten presente que el genio lo había dotado ya con la inteligencia necesaria para hacer una elección perfecta. Yo pienso que, a la hora de estar contentos o no con nuestros logros, nos ayudaría ser como este pescador del cuento. Yo querría ahora ser como él. No sé si, a lo largo de mi vida, he querido siempre ser como él. Uno comete muchos errores y de unos se cura y de otros no. Muchas veces, por muy diversas razones, pretendemos demasiado, no nos acaban de salir las cuentas y podemos sentirnos frustrados. Si alguien no está muy contento con lo que ha logrado, con lo que ha conseguido, si le preocupa mucho no estar entre los primeros, quizá debería recordar aquellos espléndidos versos de León Felipe: “Voy con las riendas tensas/ y refrenando el vuelo,/ porque no es lo importante/ llegar solo ni pronto,/ sino llegar con todos/ y a tiempo”. Es muy difícil ser el primero, o ser de los primeros, y se va perdiendo demasiado en el camino.