4 de diciembre de 2013

Sobre la fantasía en la ficción


A pesar de los lógicos titubeos iniciales, debe quedar claro que este en un blog con preocupaciones fundamentalmente literarias. Querría exponer en él, de la manera más sencilla, mis opiniones sobre temas de literatura, estilo, obras, escritores, etc.

En las entradas etiquetadas Cuentos y Sueños he hablado de cómo la fantasía es un componente importante del mundo de la ficción. Lo cual no quiere decir que no quepan otros enfoques más austeros y realistas en el abordaje de la creación literaria. A lo largo de la historia, la orientación realista o fantástica ha tenido diverso predicamento. Pero, incluso refiriéndonos a los trabajos más libres y ensoñadores, conviene recordar que in medio stat virtus, que la virtud está en el término medio. Frente a la imaginación desbordada cabe también recomendar la restricción, la moderación.

Me ampararé en la obra de un escritor, poco conocido en la actualidad, para abonar mis ideas al respecto. Antoine Hamilton es un escritor medio escocés, medio francés, que nació en 1645 en Escocia y siendo niño tuvo que emigrar con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell. Conviene recordar ahora que la primera traducción a una lengua europea de las Mil y una noches, la de Antoine Galland, es de 1704, en diez volúmenes (en 1717 aparecieron dos más).

Hubo entonces en Francia un verdadero auge de los cuentos orientales y fantásticos, que llena el principio del siglo XVIII. Como reacción frente a esa moda, y con la intención de ironizar sobre el mundo caprichoso de magias y encantamientos que se desplegaba en esas historias, en el que todo es posible y nada parece sujeto al imperio de la razón, escribió Hamilton algunos relatos, muy al final de su vida. De hecho, Hamilton murió en 1720 y sus cuentos fueron publicados sólo diez años después, en 1730, con un éxito extraordinario.

En su obra Histoire de Fleur d'épine, escribe Hamilton: Oh!, que les enchantements sont d’un grand secours pour le dénouement d’une intrigue et la fin d’un conte! (¡Oh, qué gran ayuda son los encantamientos para la solución de una intriga y el final de un cuento!). Pero su obra va mucho más allá de ese simple propósito paródico y demuestra el talento excepcional del autor, al que se le considera el iniciador del cuento libertino y satírico del siglo XVIII francés, muy imitado, por Crébillon y Voltaire, entre otros.

Tomo un fragmento curioso de Fleur d’épine. Había una princesa que, cuando miraba con sus hermosísimos ojos, causaba la muerte a los varones y dejaba ciegas a las mujeres —lector, eso no es ninguna tontería— y todo el cuento trata de la búsqueda del remedio contra esta molesta condición; molesta sobre todo para los conocidos y amigos de la princesa, víctimas involuntarias de sus miradas. La faute en est aux Dieux qui la firent si belle, / et non pas à ses yeux (la falta es de los dioses que la hicieron tan bella, / y no de sus ojos), opina Hamilton. Pues sí, puede que lleve razón, que no fuera culpa suya, que fuera de los dioses, a los que culpamos de todo tan a menudo. Pero el daño estaba ahí y era inevitable.

Me encanta la fantasía en el terreno de la ficción y trato de que esté presente en mi modesta obra. Me gusta especialmente mezclar lo real y lo imaginario, dejando al lector la tarea de desenmarañar el asunto; descubrí hace tiempo que es muy capaz de hacerlo. Busco y necesito la complicidad del lector; ese lector atento e inteligente que buscamos incansablemente todos los que escribimos.