31 de enero de 2014

Zadig, de Voltaire


En mi entrada anterior, había quedado en resumir un cuento de Voltaire y el de los Príncipes de Serendip. Empezaré por lo más fácil. En el Zadig volteriano, hay un relato titulado Le chien et le cheval, con el siguiente argumento (casi en esquema):

Zadig paseaba solo por las encantadoras orillas del Éufrates, cuando de pronto vio correr con la mayor inquietud a un eunuco de la reina con otros cortesanos, que le preguntaron:

— Joven, ¿habéis visto el perro de la reina?
— Es una perra, no un perro.
— Tenéis razón, es una perra.
— Es una épagneule muy pequeña, añadió Zadig. Ha tenido cachorros hace poco; cojea de la pata delantera izquierda y tiene las orejas muy largas.
— La habéis visto entonces, dedujo el eunuco.
— No, no la he visto jamás y ni sabía que la reina tuviera una perrita.

En ese mismo momento, el más bello caballo de las caballerizas reales se le había escapado al palafrenero. El montero mayor y otros oficiales corrían en su busca, tan inquietos como el eunuco tras la perra. El montero mayor le preguntó a Zadig:

—¿Habéis visto pasar al caballo del rey?
— Es un caballo que galopa maravillosamente, tiene cinco pies de alto, los cascos pequeños, una cola de tres pies y medio de larga, los extremos del bocado son de oro de veintitrés quilates y sus herraduras son de plata de once deniers, contestó Zadig.
— ¿Qué camino ha tomado?, preguntó el montero mayor.
— No lo sé, no lo he visto, contestó Zadig, ni he oído hablar jamás de él.

El eunuco y el montero no dudaron de que Zadig había robado el caballo y la perrita. Lo tomaron prisionero y lo llevaron ante el Gran Consejo, que lo condenó a ser azotado y a pasar el resto de sus día en Siberia. Recién pronunciada la sentencia, aparecieron el caballo y la perrita. Hubo que cambiar el veredicto, pero se le condenó a pagar cuatrocientas onzas de oro por decir que no había visto lo que había visto. Zadig, al que permitieron hablar, se dirigió entonces a los miembros del consejo y empezó su discurso: “Estrellas de la justicia, abismos de ciencia, espejos de la verdad…”. Y explicó que, en el caso de la perrita, había visto las huellas de sus patas sobre la arena y comprendió que eran las de un perro. Otras huellas entre las patas, le hicieron ver que se trataba de una perrita que acababa de tener cachorros. Otras huellas externas a las de las patas delanteras, le convencieron de que el animal tenía unas orejas muy largas. En fin, las huellas de la pata delantera izquierda eran menos profundas, de lo que dedujo que el pobre animal era cojo.

Lector, no te cuento, para no alargarme, las explicaciones que dio Zadig respecto a lo que había dicho sobre el caballo del rey. Ya conoces tú a Zadig y sabes muy bien que expuso las mejores razones. Todos los jueces admiraron su sutil y profundo discernimiento. Todo el mundo hablaba de él y, aunque algunos magos de la corte opinaron que se le debía quemar como brujo, el rey ordenó que se le devolvieran las cuatrocientas onzas de oro de la multa. Y así se hizo, reteniendo sólo 398 onzas como gastos de la justicia y demandando también algunos honorarios extra para los jueces. Zadig entendió lo peligroso de ser a veces demasiado sabio y se prometió, a partir de aquel momento, no decir nunca lo que había visto.

Muy poco después se escapó un prisionero de la Cárcel Real y pasó por debajo de las ventanas de la casa de Zadig. Se interrogó a Zadig, que esta vez no dijo nada. Sin embargo, se pudo probar después que había mirado por una ventana y se le condenó a la multa de quinientas onzas de oro. Gran Dios, se decía Zadig, está claro que hay que tener cuidado cuando pasea uno por un bosque en el que se ha escapado la perrita de la reina o el caballo del rey. Y cómo es de peligroso asomarse a la ventana. ¡Qué difícil es ser feliz en esta vida!

Dejo lo de los príncipes de Serendip para una próxima entrada, ya indemorable. He contado, reducida y ni siquiera completa, una historia de Voltaire, que participa plenamente del carácter de estos relatos y pertenece, sin duda, al conjunto de las que los alemanes llaman Scharfsinnsproben (pruebas de agudeza), en las que se muestran ejemplos de sagacidad y rapidez mental verdaderamente notables.

Capacidades de inferir y razonar que no conducen a la felicidad sino más bien al infortunio. Esa circunstancia se pone de relieve también en las narraciones orientales homologables —de hecho, son precursoras en esto—. Lo que ocurre es que con Voltaire todo es un poco distinto, porque su ironía es terrible y demoledora. Con unas pocas palabras critica a los jueces, a los magos, a todo lo establecido, a lo convencional. Nadie ha podido igualarle en eso. Se trata, en mi opinión, de una censura no demasiado acre, porque es esperanzada. Yo creo que en la época de Voltaire, muchos de los espíritus ilustrados pensaron sinceramente que las eternas injusticias y oscuridades de la sociedad humana habrían de desaparecer y los hombres se abrirían pronto a la luz.