5 de febrero de 2014

Debate González y Mas (continuación)


Releo mi opinión sobre el debate entre Felipe González y Artur Mas (mi entrada anterior) y me siento incómodo; quizá fui duro. Estos temas de actualidad no son mis preferidos y si me refiero a ellos es porque creo que las presentes circunstancias son excepcionales. Vi el debate, esperando con urgencia algo de luz, dada la entidad de los debatientes. Pienso que se perdieron en gentilezas y versallerías (no está en el DRAE, pero está en Darío… y punto) y no abordaron con profundidad el problema.

  Aparecieron unos amigos en un bar de Barcelona, diciendo que jamás habían tenido problemas al dirigirse a alguien en castellano. Es lo normal y lógico. Pero también está lo de multar por no poner los nombres de las mercancías en catalán. Habrá razones, me digo. Y también está lo que cuento en mi entrada del 11/12/2013, de alguien que se enfadó porque no le contestaron en esa lengua. Y más cosillas.

Estaba yo una vez en Barcelona y una señora, elegante y de buen ver, me preguntó algo en catalán. Con la mayor delicadeza, puse mi mano sobre su brazo y, con mi mejor sonrisa, le dije, porque era la pura verdad: Lo siento, señora, no he entendido una palabra de lo que me ha dicho; si puedo ayudarla en algo. Y qué de excusas: usted perdone, no sabía, decía ella; no se preocupe, decía yo. ¡Qué pena no haber hablado  entonces catalán y poder haberla servido en lo que hubiera sido menester! ¡Qué me van a contar a mí de la cortesía de la tierra! Pero también, hace poco, alguien de por allí, medio conocido, contó que le daba asco ser español.

Conviene que se sepa que eso de ser español suele estar bien visto por el mundo. He viajado algo y lo he vivido. En Alemania, al conocer mi país, intercalan a veces en la charla, con cierta gracia y mejor intención, un “Señor”. En Italia, al ver la matrícula de mi coche, hace siglos, me han parado para hablarme de España. En Nápoles, en una trattoria, alguien de un grupo folclórico, al disculparme por no comprar un disco (era estudiante y no me sobraba el dinero), al ver que era español, me dijo, cariñosamente: ¡Ah, traditore! Y cosas así en Francia y en Inglaterra y en Estados Unidos.

Algunos españoles empiezan a pensar que las cosas se han salido de quicio. Pero no oigo hablar mal de los catalanes; más bien lo hacen como del hijo pródigo que esperan que recapacite y vuelva a casa. Y si el problema son las cuentas, que las hagan de una vez. Habrá quizá más de una manera de hacerlas, pues que las hagan de todos los modos posibles. Hacienda lo sabe todo. ¿Cómo es que no está claro ya ese asunto?

De ese debate yo esperaba más certezas. No las hubo. Por eso me quejo.