7 de abril de 2014

De las diversas tristezas


En una entrada reciente, hablé de los amores tristes. Y es verdad que algunos, hasta puede que muchos, lo son. El inmenso Valle-Inclán, en ese libro litúrgico que son sus Sonatas, en la de estío, hace decir a Bradomín que “dio hospedaje al amor más de una y de dos veces, y gustó sus contadas alegrías y padeció sus innumerables tristezas”. Innumerables tristezas, lector, y Bradomín sabía de esta pasión. Se da en él, además, la circunstancia, no exclusiva, de que la tristeza lo melancoliza y torna enamorado. “Yo soy un santo que ama siempre que está triste”, le confiesa a su prima Isabel en Sonata de Otoño. Amor y tristeza retroalimentándose, yendo el ‘uno del otro en pos’.

Pero no quiero hablar ahora de amores, quiero hacerlo sólo de tristezas. Hay gente que piensa que las cosas tristes, dolorosas, salpicadas por el infortunio, son más hermosas ante nuestra conciencia, encuentran más resonancias en nuestro espíritu, generan más simpatía —en el sentido más etimológico del término— que los sucesos alegres y felices. Tal vez porque la vida, la de cualquiera, no sea sino un lento naufragio y su balance final arroje un saldo de desilusión y desencanto, hasta en los más exitosos triunfadores. Un escritor francés, Paul Léautaud, en Palabras efímeras, escribió, hace ya casi un siglo: La palabra tarde es más hermosa que la palabra mañana; la palabra noche más hermosa que la palabra día; la palabra otoño más que la palabra verano [...] la melancolía más hermosa que la alegría. Aubrey Beardsley, el célebre ilustrador de Retrato de Dorian Gray y otras muchísimas obras, escribió también que “hay algo de maravilloso en el dolor”. Beardsley fue un dibujante absolutamente genial e innovador, del que conviene recordar que murió con sólo veinticinco años, de tuberculosis.

En el fondo de nuestras almas puede haber, en mayor o menor medida, un poso de desencanto, de melancolía. En francés se dice ‘il fait triste ici’, dando a la tristeza una dimensión espacial, ambiental, indefinible y angustiosa —lo leo en Maupassant, en Une vie—. Alphonse Daudet, en Safo, en un cierto momento de la narración escribe: “el mundo se va poniendo triste”, aludiendo a un sentimiento global, imparable y telúrico. Todo esto puede ocurrir; sobre todo, en las personas de edad, cuando se van —cuando nos vamos— quedando solos, cuando los amigos nos dejan. Amigos que nos conocieron de jóvenes, que fueron testigos de esas pequeñas glorias que todo el mundo ha gozado, que nos soportaron felices y nos sostuvieron derrotados. Pesadumbre que llega cuando nos vamos retirando lentos y silenciosos, como cumple a los héroes vencidos.

Se pone uno triste por muchas cosas. De un personaje de El amor en los tiempos del cólera, no recuerdo ahora quién, se dice que “sus lanceolados ojos de animal carnívoro se habían vuelto mansos y tristes de tanto mirar la lluvia”. Existen muchas clases de tristeza. Hay una que es dulce y exquisita, como un crepúsculo rojizo hasta la violencia, como el hundirse del sol en un gran mar inabarcable. Una tristeza que llega cuando también ocurre algo que es extremadamente hermoso: poder hacer con la propia vida lo que uno quiere, gobernar uno su razón y su corazón; cuando se temen y se ansían ya muy pocas cosas. Eso puede suceder en la vejez, que a veces es un período bastante feliz de la vida. Como contraste, Álvaro Cunqueiro, en El pasajero en Galicia escribió sobre “esos poemas tristes y desesperados, que se escriben solamente cuando uno es mozo y puede permitirse el lujo de aspirar a morir de pena y nada”.

Todo esto es discutible y no todo el mundo suscribirá estas ideas. Quizá hay en nosotros, más o menos evidente, un fondo de tristura, de inconformidad —con nosotros mismos, con el mundo, con el existir, dependiendo de lo hondo que uno quiera calar—, que está ahí y con el que es preciso contar. Quiero terminar con una breve cita de un libro amado, Jacques le Fataliste, de Denis Diderot: rien n’est plus triste dans ce monde que d’être un sot (nada es más triste en este mundo que ser tonto).