14 de mayo de 2014

El pasado y la felicidad


Hablé del pasado y, casi sin darme cuenta, me dirigí al mío, a mi pasado. Yo creo que esto es bastante inevitable. Hablo de mí porque soy el hombre que tengo más a mano, se excusaba Laín Entralgo cuando abría los pasadizos del alma a los demás. Lo mismo podría decir yo y cualquier lector de este blog. Pero son esos hombres que tenéis todos a mano los que me interesan, porque son los que existen sólo para vosotros, si no los sacáis a la luz. Son los que fuisteis en algún momento, que ya nadie recuerda, los que soñasteis ser, los que quisisteis ser, los que no pudisteis ser, porque en la vida no siempre vienen bien las cosas y mucho de nosotros se queda sin volcarse al mundo.

Tengo ahora la retina llena de amarillos, de blancos, de verdes, de violetas. Estoy en Galicia y apenas puedo entrever el color de la tierra, que parece esconderse pudorosa por mostrar tanta belleza; todo está cubierto por una vegetación amable e infinitamente relajante. Esto lo contare otro día; ahora quiero terminar las líneas que empecé sobre el pasado.

Ese pasado que a menudo se reviste de algo muy parecido a la felicidad. E importa poco si fue más o menos real; el pasado no es como fue, sino como se recuerda. Tan es así que puede convertirse en un refugio acogedor, cuando se extravía nuestra vida, nuestro presente. Ampliaré un poco más las palabras del escritor francés que ya cité, Maurice Bedel, que recomienda con ardor visitar nuestro pasado. Traduzco: “Hay cuentos en donde se ven Aladinos y Alicias internarse por arte de magia en mundos rebosantes de maravillas. ¡Pero tú tienes la lámpara de Aladino! ¡Se abre a ti el país de Alicia! ¿Por qué te quedas dudando en el umbral de tus riquezas? Entra, franquea el rastro de silencio que separa lo que es de lo que ha sido”.

La belleza del pasado puede hasta condicionar nuestra idea del cielo, del paraíso. Fernando Pessoa, el gran escritor portugués, añora la casa de su niñez y un pasado de té y tostadas servidas en la tarde, cuando las mujeres acababan por fin sus tareas de coser y hacer punto, con el reloj del salón midiendo, o creando, el tiempo. Una añoranza bien terrestre y familiar que le hace exclamar, dirigiéndose confusamente a alguien que fuera encargado de administrar la verdad y el tiempo de la eternidad en otra vida: “Me veo aquel que fui en la infancia... Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no tienen mi reloj antiguo? Restitúyeme el pasado y guárdate la verdad. Dame otra vez la infancia y llévate contigo a Dios.” Sí, lector, todo puede ser excesivo. Pero para eso está uno, para matizarlo, para suavizarlo, para adaptarlo a nuestro pensamiento o nuestro corazón.

Sin tanta acritud, un escritor español, Andrés Trapiello, imagina también una eternidad bien mundana: “Nuestra vida, si se sabe vivir, es como la misma gloria, y yo diría incluso que no quiero más eternidad que una hecha de estas mismas cosas, con todas nuestras cuitas y afanes, sólo que sin dolor y sin muerte”. Yo quitaría algo de todo esto. Las cuitas, a veces muy urentes. Los afanes, a veces vehementes e insensatos. Y no querría un mundo con los tontos que uno se encuentra por aquí. Ni con vanidosos. En realidad, los tontos y los vanidosos son los mismos. Para mí, y lo digo con absoluta convicción, si alguien es vanidoso es también tonto. Por eso, una de las palabras más reveladoras y profundas de nuestra lengua es la de tontivano. En fin, yo querría un mundo libre de turpitud y, por supuesto, de agresividad.