28 de julio de 2014

De los varios disfraces de la Muerte


Quedé en ir dando por entregas, en estos días de verano, uno de mis relatos cortos, bastante autobiográfico, Mis antiguos encuentros con la Muerte, y eso haré. Antes, querría decir unas palabras sobre las varias formas de la Muerte, sus disfraces. Un acontecimiento reciente me llevó una vez más a una reflexión, absolutamente obvia.

Lector amigo, entiendo que hay muchas formas de morirse. Te daré un ejemplo: la muerte, muy sentida por mí, de una bellísima inglesa, residente en Nueva Zelanda y casada con un médico neozelandés, más bien del tipo deportivo, un bel homme, lo que no resulta infrecuente con estas divinidades. La conocí hace más de treinta años, en Hong-Kong, y al despedirnos supe muy bien que se iba a morir. Contaba un viaje suyo a Inglaterra, llevando como regalo para su familia una canal entera de oveja, debidamente preparada, a la que paseó en el asiento de un taxi por Londres, para sorpresa de más de un viandante. Era una delicia reír con ella. Como lo hubiera sido llorar con ella o, simplemente, estar con ella, contemplándola. La recuerdo todavía porque era graciosa desmenuzando su historia y porque —no sé si lo he dicho ya— era una muy bella mujer. Entonces no había e-mail y lo de andar escribiéndose era relativamente tedioso, aunque nos intercambiamos las inevitables tarjetas. En fin, comprendí claramente que no la vería nunca más. Así ha sido y siempre he pensado que eso es morirse, una de las muchas maneras de morirse.

El acontecimiento reciente al que aludo, es que hemos viajado, mi esposa y yo, a Alemania. Hemos estado muchas veces en ese país, de manera independiente, pero esta vez busqué lo fácil y decidimos enrolarnos en uno de los infinitos circuitos de las agencias de viaje. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes, pero no hablaré de ello. Lo que me importa señalar es que viajamos formando parte de un grupo y que al llegar a Barajas, tras haber pasado unos días amables —de modo casi incomprensible y culpable, en un mundo en el que se abatían aviones civiles sobre Ucrania y la interminable herida de Oriente Próximo sangraba a borbotones, por no mencionar otros sitios—, volvieron a producirse esas muertes de las que hablo. Ahora no es exactamente lo mismo y la intercomunicación es mucho más fácil. A pesar de todo, porque hay una cierta mecánica de las cosas que conduce forzosamente a su terminación y porque no es lo mismo encontrarse con alguien, aisladamente, que hacerlo con un grupo en el que, al final, nos conocíamos un poco y sabíamos las gracias de cada uno, todos intuíamos que ese viaje era ya un capítulo cerrado de nuestras vidas, sin retorno posible. Vi a alguna persona tragándose las lágrimas. Los seres humanos también somos así.

Nada nuevo. Esto me ha pasado desde siempre, aunque ahora quizá me resulte un poco más triste, y lo he llevado muy mal toda mi vida, en la que muertes así han sido constantes. Es el precio que hay que pagar por haber conocido a gentes de países lejanos y no me ocurre solamente a mí. Estas separaciones son formas disfrazadas de la muerte, una fuente más de melancolía y reconcomio en nuestra imperfecta existencia.

Mis elucubraciones pueden ser equivocadas, pero son sinceras y sentidas. Hace casi sesenta años, un verano, al final de un encuentro de estudiantes en Cádiz, me encargaron que dijera unas palabras, que serían aplicables ahora y de las que tomo algún párrafo: “Esta es noche de despedida y estamos un poco tristes. Hace poco tiempo, casi ninguno de los que estamos aquí juntos nos conocíamos y, sin embargo, hoy, cuando llega la hora de marchar, nos cuesta trabajo renunciar a esta pequeña y entrañable comunidad que hemos formado”. Y seguía luego: “Pero estamos también muy alegres, porque esta amistad nueva, sincera y honda, que brota por doquier en el cálido hogar de la Patria, cuando unos hombres viven juntos algún tiempo, es el más dulce presagio para nuestro futuro. Estamos alegres, porque, sin hablar, nos sentimos perdonados en nuestras faltas. Porque perdonamos con humildad y pedimos perdón sin soberbia, estamos alegres”. Eran palabras inocentes, de un joven que no podía entender que cualquier desarreglo del mundo pudiera durar. Al fin y al cabo, hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Luego va uno descubriendo que quizá es al revés.

La Muerte, en un sentido amplio y metafórico, adopta, pues, muy diversas formas. En mi relato, que publicaré en los días siguientes, cuento cómo la encontré algunas veces en mi juventud. Fue galante y llegamos a conocernos un poco. Feliz verano.