28 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna


Palabras clave (key words): Sevilla, rey poeta al-Mutamid, Itimad, poesía andalusí

Escribir un blog, escribir cualquier cosa, no deja de ser un suplicio, aunque pueda revelarse como irrenunciable: uno ha de estar pendiente del tamaño del texto, del tiempo que llevará leerlo. Vuelvo de Sevilla, de visitar los lugares de siempre, adobado todo con la nostalgia con que se reviven las cosas a una cierta edad. Describir someramente mis andanzas me llevaría montones de páginas, pero sólo referiré un episodio triste y sentimental. En mis condiciones todo está ya entreverado: con los recuerdos, la historia, la literatura y, casi siempre, con el desencanto y la compasión.

Iniciaré mi narración en los Alcázares Reales, en uno de sus bellos jardines, el de la Galera, donde hay una columna con unas palabras, una oración, de un rey poeta sevillano del siglo XI, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad al-Mutamid: “Dios decrete en Sevilla la muerte mía y allí se abran nuestras tumbas en la resurrección”. Nada de eso ocurrió ni ocurrirá. El Destino tenía otros planes y los contaré brevemente.

Ya mencioné yo a este rey en mi blog, entrada del 19 de marzo de 2013, en sus días de vino y rosas, cuando conoció, junto a su amigo y visir Ben Ammar, a la hermosa esclava que sería luego su esposa, Itimad. La llamaban entonces Rumaykiya porque pertenecía a un mulero —sí, lector, un mulero— de nombre Rumayk ibn al-Hajjaj. El rey, que se enamoró nada más verla, la rescató. Tenían los dos diecinueve años. Y todavía hubo más tiempos felices, cuando Rumaykiya le dijo al rey, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?, me preguntaba yo en aquella entrada, porque leí el formidable piropo en la novela Ben Ammar de Sevilla, de Sánchez Albornoz.

Ibn Bassam al-Shantarini fue un poeta e historiador nacido en Santarem, pero que vivió en Andalucía y murió en el año 1147. Su obra más conocida es la antología Dhakhira fî mahâsin ahl al-Gazira (Tesoro de los méritos de la gente de Iberia). Es muy interesante porque en ella recoge muchas noticias del Kitab al-Matin, de Ibn Hayyan (987-1075), historiador nacido en Córdoba, contemporáneo de al-Mutamid. Ibn Bassam dice del rey sevillano, que su poesía era más dulce que el cáliz en flor de las ‘plantas de olor’ y no tenía rival en cuanto a su ternura. Eran poemas dedicados al amor en general, a la deslumbradora belleza de las mujeres. Refiriéndose a una joven concubina, escribió: “Desabrochó su vestido, para que pudiera ver / su cuerpo, flexible como un árbol. / El cáliz se abrió entonces / y, ¡oh!, qué bella era la flor!”.

Otro poema de amor: “Sus penetrantes ojos partieron mi corazón en dos, / y mis ojos lloraron añorándola… / Besaría sus labios tras el velo, / abrazaría su collar de perlas sobre su chal bordado”. Otro poema, dedicado esta vez a Itimad, su esposa, mientras estaba en una campaña militar: “Desfallezco si estoy separado de ti, / embriagado por el vino de mi anhelo por ti; / enloquecido por el deseo de estar contigo, / de beber de tus labios y abrazarte…”.

Es todavía vida feliz, aunque hostigada por las ausencias, por la imperfección de este mundo. Porque, como el mismo Ibn Bassam advierte a los andalusíes: “Detrás de vosotros sólo están el Océano, los cristianos y los godos”. Todo cambiará después, para dejar paso al infortunio y la desolación, con la Muerte también jugando su eterno papel. Pero esto, lector, te lo tendré que contar otro día.

(continuará)