3 de diciembre de 2014

Insólito apoyo a este blog


Lectores de Sobretarde, perdonen la irrupción de un desconocido, aprovechando uno de esos días en que el responsable del blog no escribe ninguna entrada, dándose un descanso y, lo que es más de agradecer, dándoselo a ustedes. Escribo en nombre de un grupo de entre seis y ocho miembros (el número puede variar un poco), que vivimos en la ciudad de Madrid y somos relativamente felices. Todo lo que se puede ser en este mundo imperfecto y en esta vida tan breve. Hemos nacido aquí, encontramos nuestro sustento aquí y casi con toda seguridad aquí moriremos.

En donde habitamos existe una especie de jaula bastante grande, una de cuyas paredes es de cristal y da a nuestro lugar, lo que nos permite ver todo el interior. En ella hay un par de animales de gran tamaño, que se mueven de manera un tanto torpe. Vivimos frente a esa jaula y vemos a sus ocupantes todos los días. A veces no aparecen por algún tiempo —debe de haber una puerta que no divisamos por la que pueden salir y entrar— y esto nos obliga a cambiar nuestros hábitos.

El mundo de Dios, tal como está, es manifiestamente mejorable, por decirlo suavemente. Siendo minúsculas nuestras necesidades, nos cuesta trabajo encontrar el alimento de cada día, cuando los habitantes de la jaula se ausentan. Es distinto cuando están; entonces, se abre la pared de cristal, la ventana, y poco después aparece todo lo necesario. Esto nos resulta muy agradable, ya que nos permite dedicar más tiempo a lo que nos gusta de verdad, que es ir de aquí para allá, viendo todo lo que el mundo, imperfecto como es, tiene de deleitoso y espléndido.

Nuestra inteligencia es limitada, pero estamos seguros de que el alimento viene de los animales de la jaula, que son ellos los que lo proveen, por la razón que sea. Quizá les divierte vernos, como a nosotros nos distrae verles a ellos. Lo cierto es que, en la medida que comprendemos la situación, les estamos todos muy agradecidos.

El autor del blog se lía escribiendo y me ha contagiado a mí esa mala condición. Acabo en un momento, con algún detalle más para que nos sitúen. Aunque somos libres, nuestra residencia habitual, por las ventajas que cuento, es una de las dos terrazas de la casa del autor; la abierta, porque en la cerrada no podemos entrar. Somos un grupo de gorriones, agradecidos a los que nos ponen la comida cada día y un plato de agua bien lleno, para beber y para que alguno de nosotros chapotee, aletee, si le apetece.

Por todo ello, recomendamos este blog. Y yo, el que tiene mejor pluma del grupo —me hace gracia esta expresión—, me he permitido escribir esta entrada en el mismo.