10 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (I)


Palabras clave (key words): Lorenzo de Médici, muerte, absolución, Savonarola

Prometí hablar de la muerte de Lorenzo de Médici, el Magnífico, cuya vida coincide con el esplendor máximo de la república florentina. No mencionaré ahora su importante mecenazgo en todas las artes, su contribución al inicio del Renacimiento italiano y su difusión a otros países europeos. Como político, trató en muchas ocasiones de ser conciliador y buscar la paz. No era un personaje sediento de sangre, pero la situación de Florencia era tan convulsa que hubo de permanecer constantemente a la defensiva y recurrir a la guerra en ciertos casos.

Uno de ellos fue contra la vecina ciudad de Volterra. Al hacerse inevitable el enfrentamiento, Lorenzo contrató los servicios del condottiere Federico da Montefeltro, duque de Urbino, que unió sus tropas a las florentinas y a otras milanesas. Cuando la ciudad se vio definitivamente perdida, aceptó la rendición, el dieciséis de junio de 1472, con garantías explícitas de Lorenzo, asegurando la paz sin castigo o venganza. Sin embargo, dos días más tarde la tropas del Montefeltro entraron y masacraron un gran número de ciudadanos. Eran actos corrientes en la época, pero el saqueo de Volterra fue, según todos los indicios, especialmente cruel y despiadado.

Se cargó la culpa sobre el duque de Urbino, los mercenarios milaneses y hasta sobre los mismos volterranos, que, para algunos, habrían roto la tregua y atacado primero. Sin embargo, la mayoría culpó, quizá con toda razón, a Lorenzo, que había urgido a terminar la lucha “con menos interés en la seguridad de la ciudad que en ganar la guerra del modo que fuera, [...] para hacer entender a los volterranos su error al no haber tenido miedo al saqueo”. Montefeltro se excusó diciendo que no pudo controlar a los soldados, no todos suyos. Pero no se compadece esta afirmación con el hecho probado de que decretara que el saqueo no debería durar más de doce horas. ¡Cuánto horror, destrucción y muerte se puede producir en doce horas! Cuando Lorenzo conoció la noticia, se entristeció y dijo: “No hablemos más de eso y tratemos de olvidarlo lo antes posible”.

No lo olvidó tan rápidamente; no siempre es fácil olvidar. Cuando Lorenzo moría en su espléndida villa de Careggi, en las afueras de Florencia, viendo desde su ventana el bellísimo jardín, plantado de cedros siempre verdes y rosales siempre en flor, los recuerdos lo asaeteaban sin piedad y las crueldades de su poder le hacían temblar en el momento de entregar el alma. Llegó a pensar que la absolución que ya le habian dispensado los prelados amigos podría haber sido dictada sólo por el respeto o el miedo y por lo tanto inválida. Pidió entonces la absolución a alguien infinitamente alejado de él, a un monje dominico, implacable enemigo de su familia, Girolamo Savonarola. Este, que había empezado a estudiar Médicina, pero abandonó los estudios para dedicarse a la teología, fustigaba constantemente la vida y costumbres de la nobleza y el clero y llegaba a congregar en sus misas hasta quince mil fieles. Lorenzo le hizo venir y le pidió el perdón de sus pecados, la absolución total y definitiva. Savonarola no accedió a perdonarle tres pecados, uno de los cuales fue el saqueo de Volterra.

¡Qué membranzas debieron de agolparse en la mente de Lorenzo, enfebrecida por la agonía y asustada por la incansable ronda de la Muerte! ¡Cómo el pánico ante la condenación eterna debió de instalarse en su alma, ya sin arreglo posible! ¿En qué había quedado el poder del que disfrutó ávidamente en su vida? ¿Qué poder era ese que se desvanecía cuando más lo necesitaba? Un poder sin raíz, sin consistencia, expuesto a los vaivenes y caprichos de la fortuna, aniquilado por la certeza e inmediatez del castigo.

(continuará)