13 de febrero de 2015

El cazador maldito, leyenda (I)


Palabras clave (key words): Louis Pergaud, Goncourt, leyenda del cazador maldito.

Ya dije que amo los libros antiguos. También los modernos, claro: amo los libros. Leo ahora uno que fue premio Goncourt hace más de cien años, en 1910. Lo compré sólo por eso, pero luego alguna razón más me ha hecho traerlo a este blog. Se titula De Goupil a Margot y su autor es Louis Pergaud. Como mis lectores gustan de leyendas, tomo una de él. C’était il y a des temps, des temps… Me encantan estas fórmulas algo alambicadas que se usan en muchos idiomas para empezar un cuento. Es un aviso del narrador para indicar que se parte hacia un mundo diferente, extraño y fantástico. Ahí va:

Una mujer muy mayor cuenta la historia a un grupo, en torno a la chimenea: Era Nochebuena y se acercaba la hora del oficio divino. En el castillo, cuyas ruinas todos conocéis, apareció un hombre al que nadie había visto jamás por estas tierras y preguntó por el conde. Habló con él y le dijo: Señor conde, hay cientos de jabalíes reunidos en el fondo del valle de los lobos y con el bello claro de luna será fácil darles caza.

En un momento, el conde, cazador apasionado, olvidó sus deberes religiosos, llamó a sus criados y mandó ensillar los caballos y preparar los perros. Sin embargo, su piadosa esposa lloró tanto y le rogó tanto, que el conde consintió por fin en ir al oficio y ocupar su puesto en la iglesia, en el sillón rojo, bajo el baldaquín dorado, que le estaba reservado por su dignidad.

Ya habían comenzado los cantos y el conde aún estaba con el ceño fruncido, a disgusto. En ese momento, el mismo misterioso desconocido entró en la iglesia y, sin persignarse ni tomar el agua bendita, se dirigió de nuevo al noble y le habló al oído. El débil conde ya no pudo aguantar más y, a pesar de las miradas suplicantes de su dama, salió de la iglesia, seguido de sus criados. Muy pronto se pudo oír el ladrido de los perros y durante la misa se percibían como una blasfemia los gritos de la lejana caza en el valle. Los asistentes a la misa tenían lágrimas en los ojos y rezaban con fervor.

El ajetreo duró la noche entera hasta que, de repente, cesaron los ruidos. Pero el señor conde no volvió al castillo y nunca más apareció de nuevo. Como si la tierra se lo hubiera tragado, junto a sus criados y la jauría. Es fama desde entonces que su impiedad fue condenada por Dios y que está en el infierno expiando su sacrilegio. Además está condenado a volver cada cien años, en Nochebuena, con sus perros y andar vagando de caza toda la noche. La pobre condesa murió poco después de tristeza en un convento y en cuanto al misterioso personaje que propuso la caza, nunca más se le vio por la comarca y todo el mundo quedó convencido de que era el Diablo.

La vieja que contaba la historia junto al fuego, rodeada por todos los miembros de la familia, añadió que ella no había oído jamás esa caza nocturna, pero su madre le contó que su abuela sí la había oído una vez. En ese mismo instante, unos gritos lúgubres se dejaron oír y atravesaron el pueblo dejando una estela de horror. Ante los quejidos desgarradores, los perros empezaron a ladrar desesperadamente. Los gritos crecían amenazadores y acababan  como en un llanto. Terminaban y volvían a empezar otra vez, el aquelarre no acababa nunca. Sus modulaciones eran siempre angustiosas y se prolongaban, siguiendo un ritmo monótono y horrendo.

Los hombres descolgaron sus fusiles y las mujeres y los niños se agolparon en torno al fuego, refugiándose en la claridad y el calor, y buscando protección frente al peligro desconocido que los amenazaba. Recemos, hijos míos, recomendó la abuela, por el alma del pobre conde. Por fin pasó todo, renació la calma y los presentes entendieron que nadie volvería a tener esta visión horrísona hasta pasados otra vez cien años.

He de contar cosas del autor y de la leyenda. Será en una próxima entrada.

(continuará)