31 de marzo de 2015

Sobre algunas ideas que influenciaron mi vida (fin)


Palabras clave (key words): Camilo José Cela, el hijo del vagamundo, John Osborne.

Dije en mi anterior entrada que no me eternizaría con citas que influenciaron mi vida. Y no lo haré…, sólo divagaré un poco más. Escribí que alguien, la persona que era yo de joven, “huyó y se descomprometió sin herir a nadie, ni hacer daño a ninguno, salvo quizá a él mismo y esto no puede importar a los veinte años”. Y esta serena seguridad de no haber hecho daño a nadie entonces, me trae a la memoria un fragmento de Cela, un autor que también tiene su lado tierno, aunque no sea el más ostensible en su obra. Escribe nuestro Premio Nobel, en Los viejos amigos:

El vagabundo habló al pastorcito del atajo de Brihuega con la persuasiva voz de las confidencias: Mi hijo dice que, cuando sea mayor, quiere ser mendigo de los caminos, para ver mundo y para no hacer daño a nadie nunca: ni a los hombres ni a los animales, ni a las yerbas del campo, ni al agua de los ríos, ni a las piedras del monte, ni a la cal que cae de las paredes… Es hermoso lo que quiere ser mi hijo, cuando crezca, ¿verdad?

Es muy hermoso lo que quiere ser su hijo, contesto yo al vagamundo —me gusta mucho esta palabra. El DRAE dice que se utiliza más en ambientes populares; yo la encuentro más en textos literarios—. Esa meta suya es una de las más nobles en la vida de cualquiera. No la que más, eso no. Porque, y siempre pienso lo mismo cuando se resumen ciertas normas morales, muy por encima del no hacer daño, de no hacer a otros lo que no queremos que nos hagan, está esa meta suprema, alcanzable por pocos, de vivir sólo orientado al bien de los demás. Aunque esto no sea exactamente una cita, es claro que es un pensamiento que ha actuado también en mi vida y tiene su lugar aquí. Otra cosa es que sea fácil de seguir. Y termino, que estamos en estación sacra y podría acabar sermoneando. Yo, que no amo los sermones de ninguna especie.

Relacionada también con el mundo moral, otra cita, para completar la normal extensión de mis entradas. Escribió el dramaturgo inglés John Osborne, en su obra de teatro Look back in anger (Mirando hacia atrás con ira), de 1956, la que le abrió las puertas del Olimpo literario y se dice que revolucionó el teatro inglés de la época: El mundo es una injusticia casi perfecta. Y es verdad que, a veces, lo parece. No está uno para hacer juicios de crítica literaria, y mucho menos morales, aunque sí querría decir que Osborne no fue ningún adalid justiciero. Se casó cinco veces, lo que no es índice de maldad, sino más bien de insensatez, y su cuarta esposa, Jill Bennet, se suicidó. Osborne recibió la noticia con supremo desdén. Dijo de ella que era “la mujer más malvada que he encontrado en mi vida”. Todo bastante triste, nada edificante. Muy lejos de aquel horizonte vital de paz y sosiego que soñaba el hijo del vagamundo de Cela.

Prefiero terminar con algo más divertido. Yo no sé si el mundo es perfectamente injusto. Quizá ocurre aquí como con aquel señor que, enfrentándose a otro con el que discutía, en un cierto momento le espetó: Usted debe de pensar que yo soy un perfecto imbécil. A lo que este respondió, quizá con mala intención: Oh, no, amigo, sé bien que la perfección no es de este mundo. Termino esta entrada así, más relajadamente. He mostrado algunas citas que ayudaron a conformar mi carácter y mi vida. Estoy hecho, como todos, de cuerpo, alma y palabras. Estas, de muy diversa envergadura: un verso, una sentencia, un teorema, un párrafo, una página, un libro entero.