15 de abril de 2015

El primer trasplante de corazón en los Estados Unidos


Palabras clave (key words): Kantrowitz, Yalow, Berson, Glick, radioinmunoanálisis (RIA).

En mi entrada del cuatro de febrero de este año, mencionaba yo, muy de pasada, al doctor Adrian Kantrowitz, que realizó un trasplante de corazón a un niño en Nueva York, el seis de diciembre de 1967, tres días después de que Barnard hiciera el primero en el mundo. Querría ahora extenderme algo más, porque se dio la circunstancia de que yo estaba entonces en el centro médico neoyorquino en donde se hizo la operación y viví un poco aquello. También porque Adrian Kantrowitz fue un personaje excepcional en más de un sentido. Como contaba en mi entrada de febrero, todavía me embarga la alegría y el pasmo de haber rozado en mi vida a gente verdaderamente admirable.

Para hablar de Kantrowitz tengo que hablar antes de Solomon Berson y de Rosalyn Yalow. Yo funciono así, lector. Hablar de alguien, refiriéndose a él desde el principio, eso lo puede hacer cualquiera; yo necesito demorarme, perderme y recorrer antes algunos vericuetos, que creo que son amenos. Fíjate de quiénes voy a hablar: Yalow fue premio Nobel en 1977, la segunda mujer en recibir un Nobel en Fisiología o Medicina. Berson no pudo serlo, porque murió inesperadamente en 1972, con cincuenta y tres años, de un infarto masivo en Atlantic City, durante un congreso de la Federation of American Societies for Experimental Biology, y los premios no se dan póstumamente. Al recibir el preciado galardón, Rosalyn Yalow dijo que su única pena era que él no estuviera vivo para compartirlo. Habían trabajado juntos casi toda una vida. También me apena a mí todavía su mala suerte y había hablado con él  una sola vez.

¿Y por qué tengo que referirme a Yalow y Berson? Pues porque por ellos llegué yo al hospital donde estaba Kantrowitz, el Maimonides Medical Center. Ellos habían inventado, tras años de investigaciones fundamentales, el radioinmunoanálisis (RIA), una técnica que revolucionó la cuantificación de muchas sustancias biológicas, presentes en muy pequeña cantidad en el organismo. Eso permitió estudios que eran irrealizables hasta entonces. Luego vinieron otros procedimientos relacionados, FIA, EIA, etc. y se aplicaron al estudio de virus, fármacos, anticuerpos, etc. Casi cualquier molécula puede ser investigada y cuantificada con estas técnicas, lo que posibilitó estudios inimaginables hasta entonces.

Yalow y Berson, que jamás quisieron patentar su descubrimiento, trabajaban en el Veteran Administration Hospital, en el Bronx. Yo estaba en otro hospital, digamos más grande o conocido, para no molestar a nadie. A pesar de todo, a última hora, casi sin tiempo, quise ir allí. Hablé por teléfono con el Dr. Berson y me confirmó que era imposible, no tenían ni una plaza libre. Pero el doctor Seymour Glick, que con Jesse Roth había trabajado con ellos durante cierto tiempo y continuaba con sus investigaciones, estaba en un Servicio dependiente del Maimónides. Y allí sí pude ir. Y en el Maimónides operaba Kantrowitz, al que sólo vi alguna vez, naturalmente.

No soy un admirador fácil. Pero cuando admiro, lo hago sin reserva, sin límites. Digo en broma que podría dedicarme a lustrarle los zapatos a mis admirados cuando quisieran, cuantas veces quisieran. Se harían famosos por el brillo cegador de su calzado. Siempre pienso eso. No creo en la transmigración, pero me preocupa esa tendencia mía, esa pasión irrefrenable por limpiarle los zapatos a las personas que admiro. Hay un día de la semana, variable, en que finjo creer cosas en las que normalmente no creo. Esos días me pregunto, ¿habré yo vivido alguna vida anterior haciendo de limpiabotas? No lo sé, la verdad; si me entero, lo contaré enseguida.

(continuará)