28 de mayo de 2015

Monjas que hacían enloquecer de amor


Palabras clave (key words): Sor Margarita de la Cruz, convento de San Plácido, Felipe IV.

El caso de la monja que se ha declarado enamorada de Artur Mas, Sor Lucía, podría tener su lado tenebroso y triste: el del amor no correspondido o imposible, que ha sido, es y será uno de los más acerbos e injustos sufrimientos que el destino puede deparar a un ser humano. Me conmuevo ante esta posibilidad y me pregunto si, en el caso de que Sor Lucía fuera víctima inocente de esa desgracia, no haría bien tornando su mirada a otras tierras. Porque, ¿hay vida fuera de Cataluña? Yo creo que sí.

Lo digo, porque aquí, en Madrid, hay una cierta tradición de monjas arrasando en esto del amor y volviendo locos de pasión incluso a los mismos reyes. El caso de Sor Margarita de la Cruz fue tan sonado que casi no habría que contarlo. Un protonotario del siglo XVII, Jerónimo de Villanueva, un día se fue de la lengua y ponderó con entusiasmo la belleza de la monja, en presencia del monarca, que encandeció de amor al instante. Había que tener cuidado con estas alabanzas ante Felipe IV, que estaba muy atento a estos asuntos. Este era un Austria, no un Borbón, pero malicio yo que en estas cosas todos los reyes son parecidos y, a más a más, para emplear un catalanismo, son iguales que otros muchos humanos, aunque no pertenezcan a la realeza ni por asomo.

En Madrid quizá los aires son más propicios a este tipo de enredos. O sea, que si el señor Mas no responde como noble caballero a la sincera y apasionada confesión de Sor Lucía, podría la pobre venirse por aquí. Como será la cosa por estos lares, que Felipe IV no cejó hasta que, por un pasadizo secreto, pudo llegar al convento en el que vivía Sor Margarita, el de San Plácido, y a su mismísimo dormitorio.

La que no estaba por la labor era la monjita y, sabedora de las intenciones del rey, se lo contó a la abadesa, doña Teresa Valle de la Cerda, que habló con los nobles para que disuadieran al rey. Estos debieron de contestar algo así como “Madre Teresa, no conoce usted al pájaro”, por lo que la abadesa no vio otra solución que poner un ataúd en la celda de la monja, en el que colocó a Sor Margarita amortajada, con una cruz en las manos y rodeada de cirios ardientes. Cuando llegó el rey, pensó, con buen criterio, que llegaba tarde y a deshora y se torció el suceso. El engaño no duró mucho, que todo acaba sabiéndose, y el monarca entró de nuevo al convento. La monja pensó que lo de morirse dos veces el rey no se lo iba a creer, se rindió y este consumó sus deseos. ¿Cuántas veces? Y yo qué sé, lector. Me preguntas unas cosas…

Luego el rey se arrepintió un tanto —a buenas horas— y como desagravio mandó al convento el famoso Cristo yacente de Velázquez, que estuvo en la sacristía de la iglesia conventual hasta que fue trasladado al Museo del Prado. También se cuenta que envió un reloj que cada quince minutos tocaba a muerto y estuvo sonando todos los días, con sus noches, hasta que murió Sor Margarita, lo que no dejaría de ser un incordio. Quizá hasta la propia monja pensara que habría sido mejor entregarse de primeras, no hacerse la estrecha, y librarse así del dichoso reloj.

Estos rechazos monjiles no son raros. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, tengo yo contado que, en el barco en el que peregrinos se dirigían a Tierra Santa, “viajaba un caballero de Mandovi, que, enloquecido por el amor, había querido raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra, para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió e hizo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza”. Es que el cambio no fue ninguna tontería. De abrazar las, se supone, tiernas y rosadas carnes de la monja, a quedarse con unos harapos humanos entre las manos, hay una diferencia. Aunque hay hombres, aviso, que una vez encarrilados no se paran en nada.

Tengo que hablar algo más del convento de San Plácido, porque ocurrieron allí otros sucesos menos conocidos. Pero será otro día.