17 de agosto de 2015

De algunos perros (II)


Palabras clave (key words): Jacques de Brézé, Souillard, Relais, Delta, Newton, Diamond.

Los perros que han pasado a la historia, por unas u otras razones, son casi infinitos. Hablaré sólo de unos pocos, algunos relacionados con la realeza. Ya vimos en la entrada anterior que un perro, Saur, fue rey, él mismo, en el país de Dromtheim.

Jacques de Brézé (1440-1494), gran senescal del rey Luis XI de Francia, se casó con Charlotte de Valois, que era hija bastarda de Carlos VII. Escribió un poema de cincuenta versos en honor del perro favorito del rey, Les dits du bon chien Souillard (Los dichos del buen perro Souillard). Este perro era bastante peculiar e inmodesto y se presenta: Je suis Souillard, le blanc et le beau chien courant, / de mon temps le meilleur et le mieux pourchassant... (Soy el blanco y bello perro corredor, / en mis tiempos el mejor y más rápido perseguidor…).

Este gran senescal tuvo poca suerte en algunas cosas. Su mujer era hija bastarda, de lo que se deduce que su suegra fue algo alegre, aunque montárselo con un rey puede tener toda clase de excusas. La hija salió a la madre; también es posible que el senescal, entre la caza y la literatura, descuidara otros menesteres. Estos asuntos son difíciles de juzgar. El hecho es que el 31 de mayo de 1477, en una cacería, después de cenar, el senescal se retiró a su habitación y su mujer, Charlotte, que seguramente se había aburrido todo el santo día con la dichosa caza y estaba interesada en otras artes, invitó a un tal Pierre de la Vergne, un gentilhombre de Poitou, a su cámara privada, para oír unos discos. Bueno, no había discos entonces…, lo invitó para lo que fuera. Y Pierre, que quizá no había cobrado pieza en la caza ese día, se dijo “esta es la mía”. Bueno, en realidad, era la de otro, pero esto puede olvidarse a veces con cierta facilidad.

El maître d’hôtel —siempre hay acusicas en estas lides— se lo dijo al marido y este cogió su espada, se fue al dormitorio de su cónyuge y allí mató a Pierre. Charlotte huyó a la habitación de los hijos, pero el senescal la sacó de allí y le hundió la espada en el pecho, mientras ella pedía por su vida de rodillas. Venganza excesiva, inútil, cruel y estúpida. Siempre. El senescal fue condenado a muerte, aunque su pena fue luego conmutada por una enorme multa de 100.000 ducados. Más suerte tuvo su hijo mayor, Louis de Brézé, que se casó con Diana de Poitiers, en 1515, mucho más joven, y fueron leales el uno al otro hasta la muerte del marido. Este negoció la boda del príncipe Henry con Catalina de Medicis y luego su viuda, Diana, formó con ellos un triángulo, que es como más distraído. Henry luchaba en dos frentes, lo que quizá le frenara en la búsqueda de más romances, y Catalina y Diana se ayudarían mutuamente para aguantar al ya rey. Una solución muy ensayada en todos los tiempos.

Todo esto vino por lo del perro Souillard. El rey Louis XII también tuvo su perro favorito, Relais, que le había sido regalado de cachorro, cuando era duque de Orleans. Francia entera fue testigo de las hazañas de este animal, terror de todas las bestias a las que dio caza. Il marchait comme un général à la tête de tous les autres […] il était chéri de tout le monde et surtout de son roi qui lui fit l’honneur d’être son historiographe. O sea, el propio rey escribió la historia del perro, fue su biógrafo.

Un descendiente de este perro, con el mismo nombre, Relais, acompañó a su dueño, el mariscal de Gié, en su peregrinación a Santiago y se perdió a la vuelta. Una tarde, cuando el mariscal había ido según su costumbre a socorrer a sus vasallos pobres, lo vio en el camino y el pobre perro murió de alegría al reencontrar a su dueño.

Tantos perros de los que hablar. En las excavaciones de Pompeya, se encontró a uno, de nombre Delta, abrazando a un niño, como protegiéndolo. En su collar se leía que le había salvado ya antes la vida en tres ocasiones.

Newton quería mucho a su perro, Diamond, y contó a un amigo que el perro le había ayudado a formular dos teoremas en una sola mañana, aunque uno tenía un error y el otro una excepción. O sea, que el perro ayudaba, pero se equivocaba. Claro que también pudo ser Newton el que se equivocó y le echó la culpa a Diamond. Et cétera...