23 de agosto de 2015

De la omnipresente violencia


Palabras clave (key words): violencia, tragedias de Shakespeare, El tercer hombre.

Odio la violencia física en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y también la violencia verbal. Tolero, hasta cierto punto y sólo en determinadas circunstancias, la de la palabra escrita, sobre todo si es sutil o contundente, bien adobada con humor o con justificado desdén. Y siempre que se dirija a algún entontecido, que hay bastantes.

Lector, sabes muy bien que no es lo mismo tonto que entontecido. Frente al tonto puro, que no es responsable de su falta, sólo cabe la compasión disimulada, para no herir su susceptibilidad, y la obligación de velar cuidadosamente por él. El entontecido, el tontivano, es algo muy diferente: es el engreído, el que se cree, por el motivo que sea, superior a los demás. Sucede, además, que muchas veces su encumbramiento deriva de logros discutibles o fraudulentos. La sabiduría popular distingue muy claramente entre esas dos tonteras: el tonto de la cabeza y el tonto del antifonario.

Viene este exordio sobre la violencia por lo que conté en mi anterior entrada, al hablar de las muertes en el Titus Andrónicus, de William Shakespeare. Es verdad que es quizá la más sangrienta de todas sus obras. Pero también es verdad que el teatro inglés de la época está plagado de violencia y sangre y que esto era absolutamente tolerado por el público. Ya dije que en esa obra había nueve muertes en escena, muertes que ocurrían ante los ojos del espectador. Pero no es sólo eso: hay otras cinco muertes más, una mujer violada a la que después le cortan las manos y la lengua, más amputaciones de miembros, un quemado vivo, un caso de locura (fingida) y otro de canibalismo, cuando Titus da a comer a Tamora un pastel hecho con la carne de sus propios hijos. Y crueldades parecidas hay en otras obras del genial dramaturgo inglés: Hamlet, Macbeth, Julius Caesar, King Lear, Coriolanus, etc.

En el cine actual la violencia se halla igual de presente. Cuando veo en TV los anuncios y argumentos de películas, me sorprende la presencia constante de armas, cada vez más letales e inverosímiles, y luchas cada vez más absurdas. Si por azar caigo en uno de estos filmes, al aparecer un arma, desconecto enseguida. Hice la promesa de no ver ninguna película en la que aparezcan armas. Inmediatamente comprendí que no podría ver entonces, por ejemplo, una de mis preferidas, El tercer hombre. Y me digo que hay que contemporizar, si quiero ver esa largo y maravilloso plano secuencia final, en el que la bellísima, interesantísima, Alida Valli (Anna), una pobre actriz secundaria expuesta a ser expulsada del país, abandona el cementerio y Joseph Cotten (Holly Martins), un autor de novelas baratas del Oeste sin un céntimo, se dispone a un último, seguramente infructuoso, intento de conquistarla. Son sólo dos perdedores perdidos, pero queda la esperanza. Todo eso con la deliciosa música de Anton Karas y su cítara.

Ya sé que esa violencia no se da únicamente en la ficción, sino que está afianzada en la realidad de todas las épocas. Y hasta en un grado difícil de transferir a cualquier representación, por tratarse de acciones masivas con miles o millones de víctimas. No me refiero sólo a las bajas en guerra, sino a los innúmeros genocidios, los asesinatos de comunidades enteras indefensas. El gusto por los espectáculos sangrientos también tuvo un comienzo temprano en la humanidad. El ser humano puede convertirse en un animal sediento de sangre, capaz de los actos más extremos de crueldad. La realidad actual no invita a desligarse de esa opinión pesimista. Los medios de comunicación ofrecen cada día noticias de una maldad casi infinita, no fácil de concebir.

También estoy presto a reconocer que la mayoría de las personas con las que nos encontramos en nuestras vidas son más bien pacíficas y hasta benevolentes y se siente horrorizada por estos actos, que somos incapaces de evitar. ¿Cómo es posible que se produzcan? Siempre he pensado que hay algo radicalmente enfermo en nuestra propia arquitectura social de siglos, que los hace posibles. ¿Habrá alguna vez un gobierno universal justo y pacífico?, ¿será posible esa utopía? Algunos creen que sí y que es la única solución posible.