8 de septiembre de 2015

Sobre el Libro de Buen Amor


Palabras clave (key words): Juan Ruiz, Alcalá, Cejador, Francisco J. Hernández, Menéndez Pidal.

Prometí hablar de la relación entre el cardenal Gil de Albornoz y el misterioso y evasivo autor del Libro de Buen Amor y me ceñiré a este asunto —si sé contenerme, cosa que no me ocurre siempre—, porque no es este el lugar para referirse al tema con óptica más amplia. Mencionaré muy de pasada varias hipótesis respecto a la autoría del libro, sin olvidar la que creo menos probable y menos conocida, la de Manuel Laza Palacio, quien sugiere la relación más estrecha posible e íntima entre los dos personajes mencionados: su identidad.

El libro fue escrito por Juan Ruiz, arcipreste de Hita. Lo dice él mismo en dos ocasiones. En la estrofa número 19, … por ende yo, Juan Rruys, Açipreste de Fita… y en la 575, … Yo Johán Ruyz, el sobredicho arçipreste de Hita… Entresaco lo esencial de las citas para no alargarlas y utilizo la edición comentada de Julio Cejador y Frauca, para Clásicos Castellanos, de 1931, basada esencialmente en el manuscrito G. Ya diré algo sobre los tres manuscritos conservados del libro. Como se ve, la grafía del nombre del autor es diferente en las dos estrofas, algo corriente en este tipo de documentos.

No se sabe mucho más del autor, salvo lo que él mismo cuenta en el texto. En un pasaje del libro, estrofa 1510, la Trotaconventos habla con una mora, de parte del arcipreste, y dice: Fija, mucho vos saluda uno que es de Alcalá. Por razones geográficas y otras, derivadas de la propia obra, se sobrentiende que el autor se refiere a Alcalá de Henares. Claro que hay más de una Alcalá y de ello hablaré en otro momento.

El arcipreste debió de morir antes de 1351, ya que en ese año figura otra persona en su cargo de Hita, un tal Pedro Fernández. Cejador, basándose en cierta corrección del texto que el arcipreste debería haber hecho, de estar vivo, y que no hizo, insinúa, sin otras pruebas de mayor sustancia, que quizá ya había muerto en 1348. Si se acepta que nació alrededor de 1284, habría vivido unos 64 años. En la estrofa 1692, cuenta que ya es mayor: ¡Sy pesa á vosotros, bien tanto pesa á mi! ¡Ay viejo mezquino! ¡en qué envegeçí!

Se ha pensado siempre que el arcipreste estuvo preso en Toledo, por orden del cardenal Albornoz. Cejador aporta como pruebas el sentido de las estrofas 1671 y 1709, en mi opinión nada definitorias. Siempre se sospechó que fueron los clérigos de Talavera los que le indispusieron con el cardenal, aunque el arcipreste se limitó a entregarles unas cartas que Albornoz había redactado afeando su conducta, por lo que deberían haberse enfadado más bien con él y no con el arcipreste. En fin, hay autores, como Spitzer y otros, que cuestionan este hecho del encarcelamiento.

En documentos de la época, de la diócesis de Toledo, aparece en ocasiones el nombre de Juan Ruiz, pero nunca acompañado de su función como clérigo. Por fin, en 1984, Francisco J. Hernández encontró en un cartulario la mención a un “uenerabilibus Johanne Roderici, archipresbitero de Fita”, con su nombre escrito junto a su dignidad eclesiástica, lo que constituye, evidentemente, una prueba sólida de la existencia real del autor.

Se han conservado tres manuscritos de la obra: el G, de su antiguo propietario Martínez Gayoso, hoy propiedad de la RAE, fue escrito en el año 1389 y es el más antiguo y el preferido por Cejador; el T, de la catedral de Toledo, hoy en la BNE, que concuerda bien con G y es de la misma época, pero con más erratas, y el S, de Salamanca, hoy en la biblioteca de su Universidad, el más moderno, de principios del siglo XV. En ninguno de ellos figura el título de la obra, que fue propuesto por Menéndez Pidal sólo en 1898, basándose en pasajes del propio texto, especialmente el primer hemistiquio del segundo verso de la estrofa 933: Buen Amor dixe al libro.

Los copistas dan dos fechas distintas de redacción, 1330 y 1343; la segunda podría ser una revisión de la primera. Todos son posteriores en varias décadas a la presunta fecha de terminación de la obra, lo que permite alguna elucubración sobre la autoría imposible de otro modo, como la de Laza Palacio. Hablaré de esto en la próxima entrada.