20 de noviembre de 2015

El imposible arte de traducir (I)


Palabras clave: Howards End, EM Forster, Eduardo Mendoza, Hechos de los Apóstoles.

Lectores amigos, aquí tenéis mi primera entrada, tras la pausa que me impuse en este blog, cuyo único reconocible mérito reside en su ardiente sinceridad. Tiene también la intención de ser útil, de enseñar un poco, dentro de mis posibilidades, y tratar de distraer a mis lectores. Prometí reanudarlo con contenidos amenos, entreverados de humor. También dije que escribo de lo que va surgiendo en mis lecturas, que pueden ser temas de alguna seriedad. Como ahora, que lo hago a raíz de leer en inglés una conocida obra, Howards End, de E. M. Forster.

No es de mis preferidas. Aunque escrita ya en el período eduardiano (del rey Eduardo VII), en 1910, tiene ese ambiente de novela inglesa del siglo XIX, que no me agrada particularmente. El diálogo es muy alejado del normal, sin grandes razones que lo justifiquen. En ocasiones es tan peculiar que tuve curiosidad por ver cómo se había traducido al español. En una edición de Alianza editorial, el traductor fue Eduardo Mendoza, alguien con todas las garantías. Me enfangué un poco en el asunto y medité un poco sobre la traducción, sobre el traducir. Es un tema que he rozado ya alguna vez, incluso en este blog (entrada del 19 de mayo de 2014).

Traducir es una tarea absolutamente meritoria e impagable, a la que no se la reconoce con la debida justicia. En cuanto a su utilidad, es imposible sobrevalorarla. Sin ella, sería imposible conocer un buen número de obras de la más absoluta sublimidad, careciendo los humanos del don de lenguas. Me refiero al derivado directamente de la divinidad, no a la futesa de hablar ocho o diez idiomas. El que se dio en aquella fiesta de Pentecostés, después de la muerte de Cristo, cuando aparecieron unas lenguas como de fuego que se posaron sobre los apóstoles y “quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hechos, 2,3-4). Había allí gentes de todas las naciones que hay bajo el cielo y todos quedaron estupefactos y admirados y se preguntaban: ¿No son todos estos galileos, los que hablan? ¿Cómo cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?

Nadie más tonto, nadie más perverso, que el que no quiere entender. Porque, sigo la cita, “Otros en cambio decían riéndose: ¡Están llenos de mosto!” (Hechos, 2, 13). Es la primera afrenta, el primer insulto documentado en materia de traducción simultánea. ¡Será posible! Pero, ¿qué hay que hacer para que la gente se fije en uno y lo valore como Dios manda? ¿Cómo habría podido yo ofrecer esta cita ahora, si no fuera por la traducción de los Hechos, escritos en un griego difícil, más o menos correcto, según se basaran o no en textos más antiguos de origen seguramente arameo.

Pues ha sido así desde entonces. Traduttore, traditore, citan muchos, que no saben ni imaginan las tremendas complejidades que supone verter lo que se ha escrito en una lengua en otra, conservando el sentido, las palabras, la emoción, la belleza, la música. Todo eso, cuando es posible, cuando se puede, que muchas veces no lo es.

Siguiendo la versión de Mendoza, se me ocurren algunas consideraciones que muestran dificultades en la tarea de traducir. He tenido la fortuna de conocer a varios conspicuos traductores de nuestro país y quiero hablar un poco de esto. Mencionaré sólo a tres: Roser Berdagué, Premio Nacional de Traducción, que ha traducido más de 350 obras del inglés, francés e italiano al castellano y catalán; José Luis Moralejo, catedrático de Latín en la Universidad de Alcalá, también Premio Nacional por su traducción de Horacio, y José Siles, poeta, novelista y traductor de Chaucer, Poe, Keats, etc. Será en una próxima entrada, claro. He aprendido bien que no las sé hacer más cortas; de ciertos temas, resumiendo mucho, puedo lograrlo en dos. Seguiré escribiendo, aunque con menos frecuencia que antes, porque quiero permanecer fiel a mi idea de desconectar un poco del blog; hacerlo menos denso, más personal y sin tanto ocultar los nombres, salvo cuando mis comentarios o críticas sean adversos.
(continuará)