21 de septiembre de 2016

Robespierre y el pararrayos de Saint-Omer


En mi entrada del ocho de septiembre, me referí a algunos líderes políticos. De tres cifré sus nombres, para que sólo los extremadamente sagaces pudieran identificarlos; a uno de ellos le llamé el Incorruptible. Esto me recordó un caso, en el que intervino en su juventud el conocido personaje francés con ese sobrenombre, Maximilien Robespierre. El asunto fue célebre en la Francia y Europa de finales del siglo XVIII: el pararrayos de Saint-Omer.
Todo empezó con un abogado de Saint-Omer, pequeña localidad cerca de Calais, Charles-Dominique de Vissery, muy aficionado a las ciencias y que contaba ya con varios inventos, entre ellos uno para respirar aire fresco, incluso sumergido en las aguas más profundas. En mayo de 1780 decidió, tras estudiar los trabajos de Benjamin Franklin, instalar un pararrayos en su domicilio, lo que llenó de inquietud a sus vecinos, que pensaron que semejante artilugio sólo podría traer desgracias. Presentaron una demanda sobre el particular, argumentando que atraería a los rayos, haciéndoles caer sobre la villa. La justicia anduvo rápida esta vez y en sentencia de 14 de junio juzgó que el experimento de De Vissery era peligroso y alarmaba al vecindario. Se decretó su supresión.
De Vissery recurrió la sentencia. El abogado Antoine-Joseph Buissart, con parecidas aficiones y colaborador regular del Journal de physique, tomó el caso y juró que lo haría triunfar. Redactó una memoria, probando la inocuidad del sistema y basada en razones científicas. Se dirigió a juristas y físicos conocidos, a Condorcet, Gerbier, Target, etc., para concluir que el aparato no atrae el rayo, sino que protege la casa en la que está instalado y las vecinas. El documento tuvo acogida favorable en las Academia de Dijon y Montpellier. En poco más de un año muchos grupos de eruditos se interesaban por el asunto. Buissart nombró entonces para defender el caso a un desconocido abogado de Arras, Maximilien Robespierre, recién inscrito en el Colegio. En su intervención este demostró talento y dotes oratorias y su defensa fue impresa. El Consejo de Artois falló a favor de Vissery en mayo de 1783 y en el periódico Mercure de France del 21 de junio, se pudo decir que el joven abogado mostró gran elocuencia, sagacidad y conocimientos.
De Vissery reinstaló su pararrayos un mes después y murió al año siguiente. Dejó disposiciones testamentarias que obligaban a sus herederos a conservar el ingenio, pero estos vendieron la casa y el nuevo propietario demandó un peritaje local, que decidió que el aparato no podía subsistir en el estado en que se encontraba, por lo que el ya célebre pararrayos de Saint-Omer fue desmontado definitivamente.
En una carta del 9 de noviembre de 1782, Jean-Baptiste Le Roy, famoso físico francés y uno de los mayores redactores  de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert,  había escrito: Cuesta trabajo creer que a cincuenta leguas de París y al final del siglo XVIII, unos magistrados hayan podido emitir una sentencia tal. Pues así fue, lector. No basta con tener razón, hace falta que te la den. Es mucho más difícil derrotar un prejuicio que una ciudad amurallada. Ha sido siempre así. También ahora.
Robespierre era detestado por Marie Jeanne Rolland, aunque los dos reprobaban los toscos modales de Danton. Madame Rolland murió en la guillotina, tras gritar: aquello de: ¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! En otra ocasión había dicho, en referencia a la Asamblea Nacional: una colección de zoquetes a dieciocho francos diarios, que no siempre comprenden el asunto sobre el que son llamados a votar.
Los modales de Robespierre tampoco eran exquisitos. La Rolland contó al general venezolano Francisco de Miranda —políglota, humanista y el más universal de todos los ciudadanos de Venezuela— que cuando ella indicó a Robespierre que había que apelar a la virtud de los ciudadanos, este le contestó: ¿Sabe, señora, qué es para mí la virtud? Lo que hago con mi señora en la cama todas las noches. Otro demócrata desengañado también sentenció, sobre los que se titulan amigos del pueblo: El pueblo sería muy feliz si no tuviera tantos amigos. En fin, nihil novum sub sole.