23 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (3 de 3)

No era la felicidad completa, claro, ¿dónde se esconde la rara flor que la produce? Por entonces, Marta, antes de marchar Marcela al convento, empieza a perder la vista y hacia 1628 tiene fases de profunda melancolía y accesos de furia en la que llega a desgarrar sus vestidos. ¿Quién creyera que tanta mansedumbre / en tan subida furia prorrumpiera?, canta Lope en sus versos. La pobre mujer murió en la casa de Francos, en 1632, con algo más de cuarenta años. Lope ha seguido escribiendo en medio del infortunio. En su Égloga a Claudio se halla el conocido fragmento en el que Lope afirma haber escrito más de 1500 fábulas y se jacta de su rapidez componiendo: pues más de ciento, en horas veinticuatro, / pasaron de las musas al teatro. Es doloroso comprobar que en esa época Lope y su familia pasan estrecheces, viven en verdadera pobreza, sin que le valgan las súplicas al Duque de Sessa, al que mendigan ropas, dinero y sustento, que en muchas ocasiones no viene. Aparte de otros testimonios, el propio poeta dice: “Pobre casa, igual mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos”. Y esto lo cuenta el Fénix de los Ingenios. ¡De qué clase de injusticia está hecha la vida, que se acerca en muchas ocasiones a la perfección total!
Tras la muerte de Marta, la soledad va arrinconando poco a poco a Lope. En 1633 su hija Feliciana casa y deja el hogar. Al año siguiente se conoce la muerte en naufragio del único hijo vivo, Lope Félix, en los mares de Venezuela. Incluso así, el poeta es capaz de escribir una comedia tan deliciosa como Las bizarrías de Belisa, llena de sorpresas y trampas. ¡Qué poder tiene el arte para sustraerse a la realidad y embellecer la vida! Sin embargo, cuenta su biógrafo Montalbán que Lope vivía ya en un estado de melancolía continua. El golpe final es el rapto, la seducción de su hija Antonia Clara, la que tuvo con Marta de Nevares. Esta jugada del destino es la que me ha hecho escribir estas entradas, para mostrar el lado triste y terrible de la seducción. La seducción, con su aura triunfal y gozosa para el seductor, ese aroma estúpido que embriaga a don Juan Tenorio y a los Tenorios de baratillo, puede representar también el dolor sin paliativos para el seducido y su entorno. Sólo cuando las seducciones son mutuas y calmas pueden desembocar en ese mal menor que es el matrimonio. Lector, no me tomes siempre en serio, ad pédem litterae
Antonia Clara tenía diecisiete años cuando fue raptada. Lope lo cuenta en su égloga Filis, de 1635, publicada después de su muerte. Un  día regresó el poeta a su casa y encontró junto a una de sus rejas a un gallardo mozo que salió corriendo al verle. Descubrió después que el rondador era persona pendenciera y con muchas historias de amor y abandono. Insistió con su hija para que lo dejara, la llegó a amenazar con internarla en el convento de las Trinitarias, donde estaba su hermana. Era uno de esos amores de adolescentes rebeldes a los consejos y las razones. La hija terminó huyendo con el raptor, dejando a Lope en la desesperación. Los historiadores especularon mucho sobre la identidad del seductor, sugiriendo diversos nombres, todos del ámbito de la nobleza. Finalmente, el crítico y académico González de Amezúa lo identificó; fue Cristóbal Tenorio, protegido de Olivares y ayuda de cámara del rey Felipe IV.
El otrora burlador resultó burlado. Lope fue víctima de lo que tantas veces lo tuvo a él como victimario. Cayó desde entonces en la más profunda depresión. Antonia Clara, la última de las hijas, la pequeña de la casa, le hacía de secretaria, era habilidosa para las letras, alegre y muy hermosa. Lope, raptor en su juventud y madurez, padeció el mismo turbio sobresalto al final de su vida. Antonia Clara murió soltera en 1664, en la casa de la calle de Francos, donde había vivido, propiedad entonces de un nieto de Lope. 
Para Lope, el rapto de su hija fue un golpe que no pudo soportar. El 25 de agosto de 1935 dijo su misa en el oratorio y regó su huerto. Al día siguiente hizo testamento y recibió los Sacramentos. Le dijo a su amigo y biógrafo Montalbán, tantas veces mencionado: “La verdadera fama es ser bueno”. ¡Qué lema más sencillo, qué verdadero! El lunes 27 murió. Todo Madrid participó en el dolor de su muerte. Las honras fúnebres duraron nueve días. Lope durante su vida saboreó la fama, la gloria, el triunfo. Se decía que había gentes que venían desde el extranjero sólo para comprobar si era hombre de carne y hueso. La popularidad de Lope hay que buscarla, sobre todo, en el pueblo llano, que llenaba sus espectáculos. Fama de la calle, la que corre de boca en boca. Circulaba una versión del Credo —llegó a llamar la atención de la Inquisición—, que decía: Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra... Pero al final, cuando uno sabe de verdad de qué va la vida, el poeta sentenció: “La verdadera fama es ser bueno”.