2 de octubre de 2016

Seducción y política


Recién regresado a Madrid, veo que el 1 y 2 de octubre se celebra el Día Mundial de las Aves. Como, por otra parte, leyendo La travesía del pacífico, de Mark Twain, me entero de la existencia de un ave, extinta desde hace unos pocos centenares de años, que pesaba unos 250 kilos y medía casi tres metros de alta —no muy distinta de los actuales avestruces—, pensaba yo dedicar una corta entrada al bicho en cuestión.
Sin embargo, los avatares políticos me fuerzan una vez más, muy en contra de mi voluntad, a hablar de la situación del país. Ha dimitido Pedro Sánchez, después de una tormentosa reunión del Comité federal. Me entristece ver cualquier árbol caído, aunque confieso que será un alivio no ver de momento al personaje en la TV, repitiendo aquella retahíla del “gobierno progresista-reformista” y del “no es no”. En política, el uso de los tópicos y las firmezas es tolerable; lo que no se puede hacer es engañar, embaucar. Justificaba Sánchez su no abstención en la investidura de Rajoy, para que el PP “no tuviera un gobierno sin oposición”. Investido Rajoy, podrá contar sólo con sus 137 diputados; gobernar así no será ni fácil ni grato ni quizá posible. Por lo tanto, la excusa es una tontería o una perversidad. O las dos cosas. De todas maneras, el político más torpe de la panda fue Pablo Iglesias, que tuvo en sus manos la formación del “gobierno de cambio” por el que tanto clama, apoyando a Sánchez en su investidura. No hacerlo fue un error tan grande que nadie, ni él mismo, podrá perdonárselo.
Estos de Podemos también están ahora con los matices. Uno de ellos habla de la necesidad de seducir más. Lleva toda la razón. En el prólogo de Une histoire de la séduction politique, de Christian Delporte, viene una cita de Frédéric Mistral —que compartió premio Nobel en 1904 con nuestro José Echegaray—, que traduzco: Sea con las mujeres, con los reyes o con el pueblo, quien quiera reinar debe agradar (plaire: complacer, seducir, dar gusto, placer, que existe este verbo en español).
Cita Delporte al escritor Romain Gary, que dijo del general De Gaulle: Il avait l’art de séduire et en avait besoin (Tenía el arte y la necesidad de seducir). También menciona a Pompeyo, ofreciendo a los romanos juegos grandiosos; a Hitler, con su retórica grandilocuente y venenosa; a Kennedy… De todos el más directo fue Napoleón: No tengo más que una pasión, una querida (maîtresse), Francia; me acuesto con ella.
Seducere en latín quiere decir apartar, arrastrar, corromper, pervertir. Algunos de estos sememas conservan plenamente su sentido negativo en español. En el DRAE, la primera acepción de seducir es: engañar con arte y maña; persuadir suavemente al mal. La segunda acepción es más neutra: embargar o cautivar el ánimo. La seducción supone una atracción irresistible, una relación  de dominio temible para el seducido o seducida. Un peligro real.
El problema es que no seduce quien quiere sino quien puede. El seductor ha de atraer y para ello ha de planear una estrategia basada en apariencias: ha de resaltar su físico, usar con habilidad sus sentidos, su voz, sus gestos, su mirada, ha de deslumbrar con sus palabras. Me pregunto si los de Podemos estudian estos detalles y tratan de acomodarse a lo acostumbrado y atrayente en nuestra sociedad. Su palabrería, sus citas, su actitud en el Congreso, su desparpajo a veces, su convencimiento de que todo lo han descubierto, de que lo anterior es caduco y reclama la sustitución urgente, su inmadurez y soberbia, no son quizá los mejores medios para seducir a la mayoría.
Lo visto en los alrededores de la sede del PSOE en Ferraz es inadmisible y vergonzoso. El Congreso es el Congreso, una sede es una sede y la calle es la calle. Los afines a Sánchez eran vitoreados, los contrarios abucheados y tratados de traidores o golpistas. Simplemente, por pensar de otra manera. Había también simpatizantes de Podemos. No se seduce así.