21 de junio de 2017

De la buena literatura (entrada 400 del blog)

Ya expresé mis dudas sobre la pertinencia de haber intentado un corto paseo por el inabarcable mundo de la Matemática en las cinco últimas entradas de mi blog. Por fortuna, hay muchos libros que pueden cumplir mucho mejor esta misión divulgadora, que no citaré aquí. Para mi propósito, buceé brevemente en A History of Mathematics, del profesor norteamericano Carl B. Boyer, y en otro libro interminable (2000 páginas), traducido al español: Historia Universal de las Cifras, del libanés Georges Ifrah, nacido en Marraquech en 1947, incluido en la American Scientist List de “100 libros que dieron forma a un Siglo de la Ciencia”, el siglo XX.
Lo hecho, hecho está. Hemos llegado así a la entrada número 400 de mi blog, que la querría muy especial. Con ella, vuelvo a temas más fáciles de entender y los que me motivaron fundamentalmente para ir construyendo este blog: temas de literatura, de la buena literatura. Esa buena literatura que casi se está perdiendo en estos tiempos modernos, aunque obviamente no puede morir. Primero, por los miles de obras, creadas a lo largo de los siglos, que perdurarán eternamente, porque sus autores supieron llegar con ellas al núcleo más vivo e íntimo de los seres humanos. Y segundo, porque, si se aleja uno de los superventas y de los premios literarios, sigue apareciendo en autores de hoy, los que conciben la literatura como lo que es: una de las Bellas Artes.
Empieza el verano y es tiempo de relajarse, de descansar, para todo el mundo; para mí también, claro. No es el momento para sesudos estudios de estilos o escuelas literarias. En esta entrada, sólo quiero hacer una declaración personal, bastante concreta, aunque también me ampare en lo escrito por un escritor moderno español. Mostraré luego una cata de otros dos escritores, españoles también, del siglo XX.
Mi declaración, tajante por esta vez: No entiendo, no puedo entender, que se lea sólo para distraerse, para llegar a conocer la resolución de una intriga. Para eso están los noticiarios, los programas de TV, las porteras de las casas de vecinos... Para mí, la lectura que no lleve al lector a la fantasía, a la ensoñación, al encandilamiento por las palabras, que no logre conmoverle, maravillarle, que no le haga vibrar y conmoverse por su belleza, su ritmo, su musicalidad, que no remita a otros escritores, a datos eruditos y culturales, que no demande alguna visita al diccionario, etc., no tiene sentido, no es propiamente literatura. Tomo, y mezclo, frases de Francisco Umbral, de su obra La noche que llegué al Café Gijón (1977): “No soporto la torpeza literaria en el creador, los adjetivos tópicos, por no tratar de buscar otros. Un mal estilo traduce una sensación de desgana. […] Me molesta la ‘prótesis argumental’, ese determinismo que hay en ella. Al arte le ha estorbado siempre su necesidad argumental (en todas las artes). […] Hay escritores que identifican la escritura con la trascendencia. Basta con perder la gravedad para ser escritor”. Sobre el cuento escribió: “En el cuento la primera ley es que pase lo menos posible”. Y sobre los críticos: “Nadie ha estudiado en serio a nadie. Y si lo hace, como no se lee, lo que sigue funcionando son los tópicos de periódico”.
Los dos escritores españoles de los que ofreceré una muestra de su estilo, son dos gallegos: Álvaro Cunqueiro y Ramón María del Valle-Inclán, dos de mis predilectos en lengua española (los dos escribieron también en vernácula). Con estos autores no importa lo que digan, no hace falta que cuenten una historia o desarrollen una trama, una intriga. Por cierto, lo hacen y lo hacen muy bien. Lo que quiero decir es que, aunque no contaran nada, sólo oír mentalmente sus palabras es una delicia. Y lo es justamente porque saben escribir, conocen ese secreto que no todos descubren, al que muy pocos escritores llegan. Para no hacer esta entrada interminable, me limitaré a copiar unos pasajes de ambos, escogidos sólo porque los releí recientemente. No son, de ninguna manera, los más excelsos; no he querido buscar, seleccionar. Intercalaré alguna conveniente explicación en cursivas.
De Cunqueiro, de su Vida y fugas de Fanto Fantini, la penúltima novela que escribió, de1972: Tenía ya Fanto trece años, y dominaba a Donatus (Aelius Donatus, gramático latino del siglo IV) y Euclides, sabía encaperuzar el azor, todo de armas y caballo, ‘ordo lunatus’ (maniobra de combate naval) y marcha flanqueando en lo que toca a campaña, y voces venecianas y griegas. Iba para alto, la cabellera sin perder de su oro, los ojos celestes con el mérito de unas largas pestañas oscuras, y siempre la sonrisa en la boca. El cuello largo y la cintura estrecha confirmaban su esbeltez, y por el ejercicio de armas, se le alargaban los antebrazos y se le redondeaban las piernas, en las que lucía el fino tobillo heredado de donna Becca. La palabra gentileza valía para decir la estampa del aprendiz de capitán, que el signor Capovilla no dudaba de que lo sería y famoso. Fanto tenía la voz alegre y la mirada amiga, y un buen corazón.
También habla Cunqueiro del caballo de Fanto, de Lionfante, que pronunció un famoso discurso ante el Senado veneciano, defendiendo a su dueño, amante que había sido de Cósima Bruzzi, la bellísima mujer de Sir Franco Loredano: Que donna Cósima quedó prendada del rubio Fanto, de la clara sonrisa que amanecía en su rostro, soleado de los días de mar, solamente con verlo, es indudable. En entrevistas sucesivas, y ya en secreto, ¿cómo no le contaría Fanto a donna Cósima su vida militar, las batallas, prisiones, fugas y naufragios? Mi capitán le contaba a donna Cósima los azares de su vida, las aventuras por mar y tierra, de cómo por menos aún que el espesor de un cabello había escapado de la terrible prisión o de la muerte... Y ella lloraba.
Lionfante afirmó ante los senadores que él había asistido a varios encuentros de donna Cósima con Fanto en la terraza de Poniente, y que estaba de vigilancia, lo que le era fatigoso, porque tenía que estar con las dos patas delanteras (recuérdese que se trata de un caballo) apoyadas en el vano entre las dos almenas de esquina, para poder ver si llegaba alguien por el camino de ronda, y aunque 1a honestidad y el respeto que debía a su amo, el capitán Fanto, le impedía echar de vez en cuando una ojeada a cómo iban los amores, que entre historia e historia había grandes silencios solamente rotos por los suspiros de donna Cósima, que eran como imitaciones de pájaros, podía jurar que jamás hubo entre donna Cósima y Fanto la menor discusión, ni pensares diferentes, y que todo era una música de abrazos, besos, promesas y largas despedidas, y que un día que se escuchó una alarma en el portillo de los Panes, su amo saltó sobre él y salieron al trote, como de vigilancia, dejando a donna Cósima desnuda en la terraza. Cuenta Lionfante que no pudo evitar el verla, y recordaba ahora que era como si la luna nueva se hubiera acostado en la hierba, en el rincón donde nacen los lirios.
Y dos pasajes de una obra de Valle, Viva mi dueño (1926): ¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande! ¡Nardos y claveles! Se vierte sobre las aceras el vocerío de cafetines y tabernas. Zumbona manolería asalta la imperial de los ómnibus. Disputas y zaragatas (tumultos). Las coimas de rumbo se lucen en calesa, florido el rodete y el pañuelo del talle. La Corte muestra su vana magnificencia en landós y carretelas. Clarines. Escolta de Guardias. Morriones y plumeros. Grupas (ancas de una caballería) en corveta (andar el caballo con los brazos al aire). Caballerizos de espadín y tricornio a la portezuela de las carrozas reales. La Reina Nuestra Señora, lozanea entre azules y guipures (tipo de encaje). A su izquierda se acoquina la pulcra insignificancia del Rey Consorte. Las Reales Personas no disimulan el desacuerdo del tálamo. La Señora saluda apomponada, florea la mano, tiene una afable sonrisa para su Pueblo. El Augusto Consorte se inclina, con urbana mesura, en un término casi olvidado del gran atalaje. Charoles y metales. Cuatro yeguas andaluzas. Encumbrados palafreneros: pelucas blancas y medias encarnadas. Otra sección de Guardias. Renovados clarines baten la marcha del Príncipe de Asturias. El Augusto Niño, con uniforme de sargento, encanta al populacho con la monería de su saludo militar. Sonríe, entre bigotes y perillas marciales. […] Los Serenísimos Señores Duques de Montpensier recibían en sus habitaciones el homenaje del bando unionista que conspiraba sin recato contra la Majestad de Isabel II. Generales, tribunos y poetas decoraban aquella intriga, con grandes gestos de virtudes romanas. La Unión Liberal se disfrazaba de matrona. Casco, rodela, lanzón, una sábana por manto, jugaba la tragedia, después de haber representado en las tablas políticas el intermedio de baile entre los Muñuelos Progresistas y los Escapularios Moderados. El Capitán General de los Ejércitos, Duque y Grande, que con su bengala imponía el ritmo de quiebros y mudanzas, había estirado el descomunal zancajo en tierra francesa. El héroe de Luchana se fue del mundo para no ver aquellos amenes. Héroe de cortas luces, pero tresillista de mucha cautela, resplandece en los fastos isabelinos, aplicando a la ciencia política los ardides con que se llevaba las puestas en la tertulia de su Doña Manuela. La Unión Liberal, huérfana y sin compás, croaba la fábula de las ranas pidiendo Rey (fábula de Esopo). La lucida comparsa de vates laureados, elocuentes tribunos y farrucos fajines, rendía acatamiento de testas coronadas a los Serenísimos Infantes. El Duque conversaba en un ángulo con el General Córdova. La Duquesa, asistida de damas y galanes, ocupaba el estrado. Las fichas del dominó en los mármoles, los descartes de malilla, las canciones a coro, pregonaban la cerrazón y el aburrimiento de la tarde.
Termina aquí esta peculiar entrada de mi blog, la número 400. Es la más larga de todas, es la que tiene mayor proporción de texto citado. Si yo lograra con ella que algún lector leyera a los autores que menciono, la consideraría exitosa. Y es la última, hasta después del verano por lo menos. Queridos lectores, que tengáis un verano feliz, que vos plaisirs soient sans mélange, votre beauté durable, et votre bonheur sans fin (que vuestros placeres sean puros, vuestra belleza duradera y vuestra felicidad sin fin). Son palabras de la dedicatoria del Zadig de Voltaire a la sultana Sheraa, que hago mías. Añado dos capturas de pantalla, con mis últimas entradas y procedencia de mis lectores.