3 de abril de 2018

Carles Puigdemont en Schleswig-Holstein (I)


Ya dije que este blog, escrito con la innegable vocación de ser publicado como libro, quedó prácticamente clausurado por su crecimiento excesivo. Sólo escribiré nuevas entradas en circunstancias muy concretas. A cambio, podrán tener una extensión, en términos periodísticos, más de artículo que de columna. En algún caso, como este mismo, lo fraccionaré en dos entradas, algo diferentes en su carácter, más general y descriptivo el de la primera.

Un reciente suceso, la detención del ex-presidente catalán Carles Puigdemont, del que hablaré a su tiempo, en el estado de Schleswig-Holstein, en el extremo Norte de Alemania, junto a la frontera con Dinamarca, me ha hecho recordar esa parte de tierra alemana —de tierra y mar debería decir— que me es especialmente querida y que quizá conozco mejor que el resto del país, por el que profeso, en conjunto y por muchas razones, un invencible afecto. Gocé muchas veces de sus hermosos paisajes y de la alegría y urbanidad de sus gentes. Lo de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. En España, eso sí, hablamos todos a la vez y allí lo hacen más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Aunque luego las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones sean igual de ruidosas o más que en España.
Ese maridaje de tierra y mar se encarna bien en Schleswig-Holstein, Land alemán que visité muchas veces, casi siempre en verano, en días interminables e inolvidables, coincidiendo a menudo, en la última semana de junio, con la Kieler Woche, una fiesta anual famosa en todo el mundo, durante la cual miles de veleros de muy distintos países participan en regatas, pruebas y concursos de diversa índole en el fiordo de Kiel, la capital del territorio, a unos cien kilómetros de Hamburgo.
En esta última ciudad, impensable sin su puerto, su río Elba y su vocación comercial y marinera, se celebra también en verano otro happening, el Kreuzfahrt Festival Hamburg, en el que al menos siete grandes líneas de crucero llegan a la ciudad en las mismas fechas. La fiesta tiene lugar en el inmenso puerto, por la noche, entre decenas de fuegos artificiales y con sabios juegos de luz, dirigidos por renombrados diseñadores de iluminación (lighting designers, lichtkünstler), empleando focos y otros artificios lumínicos, que llenan y barren el área total en que se desarrolla el evento.
El espectáculo es inolvidable. Edificios y barcos envueltos en luz, con masas desbordantes de gentes emocionadas y alegres dispersas por todas partes, en los embarcaderos, en las terrazas al aire libre, en las cubiertas de los innumerables buques de todos los tipos y tamaños, con sus melancólicas sirenas estremeciendo el aire y como llamando insistentemente a gozar del momento y de la oportunidad única, incendiando los corazones en la tibia noche del verano nórdico, tan efímero. Queriendo aprisionar la fugaz belleza del instante, que no volverá hasta pasados otros dos años o hasta quién sabe cuándo. Con la necesidad y la urgencia de apresurarse para apurar el buen tiempo, los bellos atardeceres del estío, eternos en esas latitudes. Unidos todos en la inocente observancia del Carpe diem latino; siguiendo sin saberlo los ancestrales y felices ritos dionisiacos, que subyacen en todas las culturas. Intentado fijar para siempre el ambiente feérico del momento para poder recordarlo después.
Aconteceres así engendran inevitablemente la nostalgia, la fatal sensación de que todo termina demasiado pronto, la constatación de que la felicidad ocupa sólo una parte reducida de nuestras vidas. En una crónica del evento, de 2014, se habla de seiscientas mil almas de todo el mundo, asomadas atónitas e incrédulas al Elba, transformado por arte de magia en un enorme, bello y fugitivo escenario. Festivales análogos hay en otros países. Quizá en los del norte de Europa, con veranos limitados que huyen veloces, las gentes tienden a aprovecharlos con mayor vehemencia, con ansias más apremiantes. Es hermoso verles tan decididos a no dejar escapar la esquiva felicidad.
Son países de tierra y mar, dije. La vida en tierra no se concibe sin las referencias al mar y muchas canciones locales nos hablan de él. Una de las más populares, Wo die Nordseewellen, está cantada en plattdeutsch, en bajo alemán, el que se habla todavía en áreas rurales de la zona. ¿Es muy diferente del alto alemán? Si se ve escrito, no demasiado, pero hablado, se complica mucho el asunto. Voy a Wikipedia y tomo un párrafo, que mutilo: “En el término bajo alemán están los grupos bajo fráncico (en el oeste) y bajo sajón (en el este). El grupo bajo fráncico comprende el holandés, flamenco occidental, brabantés/flamenco oriental, kleverlandés, groningués, zelandés, limburgués, afrikáans… El plattdeutsch comprende aquellos dialectos bajo sajones y bajo fráncicos que son usados dentro de Alemania…”. ¿Puede alguien no experto tener siquiera una idea del tema? Wikipedia sirve, al menos, para que los tontos atrevidos, que creen que el mundo es sencillo y bastan cuatro ideas para entenderlo, se paren un poco y mediten. Con tantas lenguas y dialectos distintos, ¿se puede esgrimir alguna como argumento para justificar una disgregación o separación? Se podría no acabar nunca y atomizar cualquier comunidad, por antigua que sea su trabazón, su nacimiento, su historia.
No puedo hablar con autoridad sobre los gustos musicales de los alemanes. Pero sí he podido apreciar que tienen éxito en ese país las canciones suaves, a veces melancólicas o tristes. Yo creo que el pueblo alemán, con las salvedades inherentes a toda generalización, es serio, honesto y romántico. Como una de mis metas es divulgar realidades que he tenido la fortuna de conocer, me referiré a algunas canciones típicas o populares alemanas, que mis lectores hasta podrán escuchar con los vínculos que muestro; quizá para algunos sean nuevas. De la Alemania del Norte, para ser más precisos, de la Alemania marinera, volcada al mar desde siglos.
Una de ellas es la ya mencionada Wo die Nordseewellen. Doy el vínculo para Youtube y traduzco, abreviadas, palabras del inicio: https://youtu.be/oBM_2GsWsKUDonde las olas del mar del Norte bañan la playa, / donde las flores amarillas florecen en la verde tierra, /donde las gaviotas chillan en la tormenta. / Ese es mi hogar (Heimat es la palabra utilizada), allí me siento en mi casa.
El hogar se tiene en muy distintos sitios y puede estar por tanto en el mar. Heimat, la palabra alemana en esta canción, designa el terruño, la tierra chica, la patria, en un sentido entrañable y profundo. El mundo está lleno de patrias así, íntimas, acogedoras, espacios pequeños y concretos, anclados en un tiempo pretérito que es muchas veces el de la infancia. Hay tanta belleza en nuestro mundo que a todos nos tocó algo y siempre he pensado que los cantos excesivos y exclusivos a las patrias son injustificados y vacuos. Los nacionalismos exacerbados son perversos. Cuando me topo con uno de estos nacionalistas a ultranza, me dan ganas de echarme a reír. Luego me dan ganas de echarme a llorar. Al final, me dan ganas de echar a correr. No porque sean peligrosos, aunque puedan llegar a serlo —lo han sido, infinitamente, a lo largo de la historia—, sino porque les temo. Les temo porque me aburren, aburren a las ovejas.
Otra canción es la de Seemann, deine Heimat ist das Meer (Marinero, tu hogar es el mar) y fue compuesta por Werner Scharfenberger. El vínculo es http://youtu.be/B-SVP6i9tbk. Traduzco el principio: Marinero, deja tus sueños, / no pienses en tu casa. / Marinero, el viento y las olas / te llaman para sí. / Tu hogar es el mar, / tus amigas son las estrellas. / Tu amor es tu barco, / tu nostalgia es la distancia. / Sólo a ellos has de ser fiel / tu vida entera.
Otra canción, muy triste y que no procede del ámbito regional al que me estoy ciñendo, es Abba Heidschi Bumbaidschi (el título lo he visto escrito de diversas maneras). Se trata de una muy vieja canción de origen austro-alemán, que quizá se remonta hasta el siglo XV, con un texto que habla de una madre que muere y deja solo a su hijo. Fue al principio una canción de cuna, pero se ha ido convirtiendo en una tema navideño, sin que las palabras hayan cambiado. El título es intraducible y el vínculo, para la versión de Plácido Domingo es https://youtu.be/80n6JTscWBU. Ofrezco en español las palabras iniciales, muy sencillas: Abba Heidschi Bumbaidschi, duerme tranquilo, / tu madre se ha ido / y estará fuera / por mucho tiempo.
Estos alemanes de Schleswig-Holstein, de los que estoy hablando ahora, son gente seria y sin embargo cálida, transparentan honradez, mesura, consideración por la ley, las instituciones y las fuerzas del orden. No es miedo, lo sé muy bien, es respeto, como si comprendieran sin esfuerzo que su labor es necesaria e importante para cualquier sociedad. Como muestra contaré brevemente un suceso, que ocurrió estando yo allí. Una señora bastante mayor cayó en su casa y se rompió el hueso del codo, el olécranon, una parte del cúbito. Sólo explorando ligeramente la lesión se podía oír el crepitar de la fractura. Casi enfrente de la casa había una clínica traumatológica y quise llevarla allí, aunque no había ninguna urgencia. Fue imposible, porque la señora argumentó que debía ir antes a su médico de cabecera, que vivía también muy cerca, para que expidiera la pertinente petición al especialista.
Quizá estos alemanes son incluso algo distintos a los del Sur del País. Ellos mismos bromean sobre estos últimos y los consideran gentes menos formales, de más errático comportamiento. En el norte, por ejemplo, no es habitual que en los restaurantes y cervecerías se comparta mesa con desconocidos, lo que, en cambio, es muy corriente y casi obligado en Baviera. Es un detalle sin importancia. En Schleswig-Holstein, conocí gentes de muy diversa condición, desde profesores universitarios hasta menestrales de variados oficios. Jamás tuve ningún problema con estas personas de gustos sencillos y poco sofisticados, que se divierten de manera tranquila y plácida.
(continuará)