8 de noviembre de 2013

Endecasílabos


En mi anterior entrada ya amenacé con hablar de endecasílabos. Lector, conviene que vayamos dejando las cosas claras: si andas con prisas, si no estás dispuesto a perder un poco de tu tiempo —a ganarlo quizá, nunca se sabe—, este no es tu blog, por culpa tuya. Si aspiras a conseguir un conocimiento definitivo y perfecto de cualquier realidad, tampoco es este el sitio, por culpa mía. Lo que yo pretendo es estimular tu interés, llamar tu atención sobre materias o temas que quizá te pasaron desapercibidos hasta ahora. Luego tendrás que ampliar lo que leas aquí, que para eso el mundo está lleno de enciclopedias, diccionarios y muy sesudos autores.

En el texto de Justine, de Lawrence Durrel, había espigado yo dos endecasílabos: las palmeras se quiebran y reflejan  y en los espejos de marcos dorados. Si no me equivoco al escandir, al medir, estos versos —y te aseguro que no soy nada bueno en esto— y si capto bien los acentos, el primero de estos endecasílabos los lleva en las sílabas 3, 6 y 10 y el segundo en las 4, 7 y 10. Por lo tanto, el primero es un melódico puro (o propio clásico) y el segundo un dactílico puro. ¿Contento, lector? Déjame decirte que hay decenas de tipos de endecasílabo.

Si no eres un estudiante de métrica no es fácil que esto te interese mucho. A mí tampoco extraordinariamente. Pero creo que es bueno conocer que existen estos saberes, aunque sólo sea para justipreciar a las gentes que estudian estas cosas, que muchas veces son personas dedicadas y valiosas que han escogido ese oficio. Esto sí es un oficio y no tiene mucho que ver con el de un escritor de novelas. Digo esto por lo que sostuve en mi entrada sobre el discurso de Muñoz Molina.

Se puede hacer una magnífica novela sin saber esto. Pero es que también se puede hacer poesía de gran mérito, sin saberlo. El acto de creación tiene un componente intuitivo, espontáneo que es muy importante. En la poesía se trata de tener buen oído, buen gusto para conformar los versos, imaginación, sensibilidad… Y también oficio, claro; sin pasarse quizá en esto.

No todos los endecasílabos suenan igual. Esteban Manuel de Villegas (1589-1669) escribió una Oda al céfiro, cuyos versos iniciales son estos:

Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando.

Para mi gusto son de los versos más sonoros escritos en castellano. Se trata de una estrofa sáfico-adónica (tres endecasílabos y un pentasílabo), llena de elegancia y ritmo. Los endecasílabos son sáficos puros plenos (acentos en las sílabas 1, 4, 8 y 10).

Y ahora ya, lector, a pensar, a pensar por nosotros mismos, que es una de las tareas divertidas a las que se puede dedicar el hombre. ¿Crees tú que este gusto mío coincidirá con el de la mayoría de los mortales o será una de mis rarezas? ¿Y es sólo cuestión de acentos?, porque las palabras y lo que se dice con ellas también ha de contar.  ¿Cómo suena este otro verso de Góngora, del mismo tipo?: Era del año la estación florida. ¿Cómo suenan las otras estrofas de la oda? Míralas en la red, que para eso está. Y si suena mejor la primera, ¿no será porque la hemos oído más? Tantas preguntas, todo tan complicado enseguida.

Nicanor Parra, premio Nobel de Literatura, en un poema de título Defensa de Violeta Parra, copia los dos primeros versos de esta Oda, cambiando vecino por vecina.

Dulce vecina de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
grande enemiga de la zarzamora,
Violeta Parra.

¿Plagio? ¡Bah! Vecina y enemiga son femeninos y huésped es masculino. ¡Bah! Esto es literatura, no es ciencia. Lo que hay que preguntarse es: ¿Suena bien? ¿Es bello? Eso es lo que importa. Todo dentro de un orden, naturalmente.