6 de noviembre de 2013

Justine, de Lawrence Durrell


Lo que conté en mi anterior entrada de este blog, Genética y Ambiente, es tan elemental y conocido, que quizá no merecía la pena haberlo escrito. Lo hice por el diagrama que mostraba allí,  que podría ayudar en alguna ocasión. Todo lo que escribo tiene esa nada oculta finalidad: que pueda ser útil. La única vanidad personal que estoy dispuesto a admitir es la de pensar que pueda enseñar algo. Con esa idea empecé este blog.

Lector, tenemos que ir conociéndonos. Tengo unos miles de libros en mi casa, debidamente catalogados y ubicados. Lo hice con una sencilla plantilla de Access y me tomó algún tiempo. Pero te digo que compensa; en un minuto puedo encontrar cualquier libro. Para los que estén en mi caso, es imperdonable no proceder así. Los que en medio del desorden pretenden saber perfectamente dónde están sus cosas, no me convencen; eso vale sólo con conjuntos reducidos, sencillos.

No siempre llevo el catálogo conmigo y el otro día batí mi propio record: compré tres libros que ya tenía. Ni recordaba tenerlos, ni haberlos leído. Bueno, pues me puse a releer uno de ellos, Justine, de Lawrence Durrell —digo releer, porque enseguida empecé a reconocerlo— y con eso querría pergeñar esta nueva entrada.

En la obra hay una discusión entre Justine y un médico cabalista llamado Balthazar, justamente sobre la herencia y el ambiente, como en mi blog. No es extraño, con un tema tan trillado. Pero también pienso que estas coincidencias se dan entre gentes o medios que comparten vivencias parecidas. Heráclito afirmó que “los que están despiertos habitan el mismo mundo; en cambio los que duermen, habitan cada uno en el suyo”. Por eso hay que leer escritores que estén bien despiertos, que no son todos.

En la novela leo: “en el vestíbulo de este hotel moribundo, las palmeras se quiebran y reflejan sus hojas inmóviles en los espejos de marcos dorados”, una bella construcción, a mi juicio, en la que hay dos endecasílabos de los que yo llamo perdidos: las palmeras se quiebran y reflejan, y en los espejos de marcos dorados, más musical el primero (los escribo en cursivas; el mérito aquí es en buena parte de la traductora). En una futura entrada del blog me gustaría decir algo sobre los distintos tipos de endecasílabos, un aspecto quizá no conocido por todos.

Por supuesto, no se trata de escribir las novelas en verso. De hecho, si un autor estuviera muy pendiente de la sonoridad de sus párrafos, arruinaría probablemente su tarea. Lo que ocurre es que hay escritores que tienen el don de hacer una prosa brillante, sin proponérselo, de forma natural y espontánea. Hay bastantes pasajes así en Justine: “los resplandores del poniente se reflejaban en un jade amarillo” o “un viento de la noche que venía de los confines de Asia” o “el magnífico animal bicéfalo que puede ser un matrimonio”. También son notables en Durrell los conceptos, las citas o los ámbitos culturales a los que remite. En mi entender, si se lee un libro que no tenga estas virtudes, no se está leyendo literatura, una de las bellas artes. Será algo que pueda distraer, que sirva para matar el tiempo —tal vez la expresión, la actitud, más estúpida que conozco—, pero que no es literatura, buena literatura.

Una de esas citas en la novela —omnis ardentior amator propriae uxoris adulter est— la hace el médico Balthazar, sin mencionar el autor. Es de Petrus Lombardus, un teólogo romano del siglo XII, que traduzco de manera libre: “amar ardientemente a la propia esposa también es adulterio”. Los casados de unos cuantos años se sorprenderán de esta reflexión del teólogo y valorarán altamente y con toda justicia su incontrolada imaginación.

También se mencionan en la novela los caballi, término que en los trabajos de Paracelso designa los cuerpos astrales de los hombres muertos de forma prematura. Y se menciona brevemente la doctrina gnóstica de la creación. En fin, llamadas o referencias frecuentes a elementos de la historia cultural de la humanidad, que son consustanciales a la obra literaria. Me refiero a la literatura de autor, a la que debiera ser premiada y promocionada en cualquier sociedad verdaderamente culta.