14 de enero de 2014

Carta a Serrat y Raimon


Últimamente, me imagino a veces, en la sonochada, escribiendo una carta a Serrat y Raimon. Podría ser algo como lo que sigue:

Queridos amigos: Perdonad que me dirija a vosotros y os tutee. Si supierais lo que habéis supuesto para mí, cuando era joven —somos, más o menos, de la misma edad; Joan Manuel tiene algún año menos—, no os extrañaría esta carta. Vosotros habéis influido grandemente en muchos de los que éramos jóvenes hace unos cincuenta años; esto tenéis que saberlo; es demasiado obvio, demasiado evidente. Resulta además, Raimon, que uno de mis compañeros de Colegio Mayor era también de Xàtiva y amigo tuyo, y siempre pensé que llegaría a tratarte personalmente alguna vez. Luego la vida se encargó de que esto no ocurriera y ya va siendo un poco tarde para eso, para todo.

Yo era entonces bastante feliz, recién asomado al mundo, pero me daba cuenta del ambiente cerrado y turbio de mi país. Por eso me refugiaba en vosotros, y en otros integrantes de lo que se llamó la Nova Cançó, y soñaba que un día todo cambiaría y se podría ya ser feliz, sin limitación alguna; sólo había que saber esperar. Todavía, a mi edad, cada vez que oigo aquellas músicas, me viene una vaharada de juventud, de esperanza nueva y aún no defraudada, de nostalgia casi insoportable.

¡Cómo las amé! Y también las palabras y la lengua en que venían escritas. Al vent, la de Raimon, era sencilla y fácil de entender. Y tierna, valiente, esperanzadora. Lo tenía todo, pensaba yo muy sinceramente. Y estaba también aquel amigo mío, catalán, que nos recitaba versos de Salvador Espriu. Y algún viaje a Cataluña, en donde la gente, me parecía a mí, hablaba de la situación de nuestro país —entonces nuestro país era España, sin más— con una libertad y soltura que en Madrid no se daba.

Y luego fue aquella primavera que nació en un momento preciso, que explotó incontenible, en el aire ya definitivamente tibio de un atardecer de marzo, en Barcelona, en el claustro de la catedral, entre velas encendidas de muchos colores y el graznar de algunas ocas, en un ambiente feérico. Esto fue una casualidad y podría haber ocurrido en otra parte. Pero ocurrió allí; en la vida cuentan estas cosas, estas trivialidades, más de lo que uno piensa. Con esos hilos caprichosos se teje la biografía de las gentes.

Ahora me siento un poco rechazado por algunos que hablan esa lengua catalana y no acabo de entender por qué. Y veo que quieren separarse de los que no la hablamos —hay siete mil lenguas en el mundo, os dais cuenta; uno no puede hablarlas todas— y queman unas banderas que podrían ser, perfectamente, las comunes, las de todos, sin perjuicio de que cada uno pudiera tener luego la suya, la más íntima, quizá hasta la más querida, la de su tierra. No pensaba yo, en mi juventud, que se iba a dar tanta importancia a esto de las banderas, los hechos diferenciales y las mil historias.

De aquel Al vent eran estos versos: buscant la llum, buscant la pau, / buscant a Déu, al vent del món. Dejando un poco aparte a Dios, que tendrá cosas más importantes de las que preocuparse que estos asuntos relativamente insignificantes y tribales, no veo yo ahora que en toda esta historia catalana reciente se busque demasiado la luz o la paz. Y el viento que sopla por esas tierras no es el ancho, múltiple y libre viento del mundo, sino que tiene cierta apariencia de ventolina o ventolera, muy terral, aunque ya sé que es difícil juzgar sobre los sentimientos.

De Joan Manuel Serrat, tengo que citar las bellísimas palabras dedicadas a su madre, aragonesa, en esa incomparable cançó de bressol:  D'una terra que mai no has pogut oblidar, /malgrat el llarg camí que et van fer caminar/ els teus germans de sang, els teus germans de llengua, en la que canta la imposibilidad del olvido, los lazos de la sangre y de la lengua, que atan el corazón de los humanos de cualquier país o idioma, incluso a pesar de las ingratitudes y las injusticias. ¡Qué bonitas palabras, qué bella lengua! Como la castellana o española, como otras de tantas partes del mundo. ¿O piensa alguien que la lengua catalana, o la vasca, es la más bella de todas? Hay que saber embridar los sentimientos, los atajos mentales, las ilusiones engañosas.

Vivo ya con un cierto cansancio y, aunque sigue asombrándome la inaudita belleza del mundo, también me doy cuenta de su extrema sordidez. Todas las facultades de los humanos pueden llegar a ser siniestras, excepto la razón, la sensatez, el famoso seny, que a veces se va, Dios sabe dónde. Es en lo único que todavía confío. Cuando las cosas van por otros derroteros, por intereses o por alguna ensoñación, más o menos irresponsable, me temo lo peor. El barón Cósimo Piovasco de Rondó recordaba a menudo: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Porque lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Joan Manuel y Raimon, necesitamos otra vez canciones que hablen de paz y de luz, de las cosas que no se pueden olvidar, porque anidan en la misma raíz del alma. Que hablen de un mundo surcado por infinitos caminos, de la rica variedad de los seres humanos, de ese viento fuerte y cambiante, que es la esencia misma de la libertad. Me dirijo a vosotros, porque confío menos en los políticos; esos políticos profesionales a los que no se les conoce otra dedicación y que llevan demasiado tiempo, sus enteras vidas, en esa actividad. Y de las manifestaciones multitudinarias, qué os voy a decir. En ellas la inteligencia y el buen sentido se deslíen como un azucarillo en agua quemante.