13 de enero de 2014

De la memoria y la inteligencia


Hace ya algún tiempo, en la tercera entrada de este blog, hablaba yo sobre Cómo leer y sugería marcar en los márgenes de cualquier libro —con un simple trazo de lápiz, no con el lento y penoso subrayado— los fragmentos más bellos o enjundiosos del mismo, con la idea de releerlos al final o pasarlos a algún bloc de notas personal, para recordarlos o citarlos en el futuro. Para mí, decía entonces con las debidas cautelas, el número de marcas que hacemos en un libro da una idea incluso de su valor último.

Aun con estos pequeños trucos, olvidaremos después, desgraciadamente, buena parte de lo leído y perderemos con el tiempo lo aprendido. Es inevitable; la memoria de los seres humanos está muy alejada de la perfección y este es un inconveniente serio para la mayoría de los estudiosos de cualquier tipo. El hombre, ese “débil junco que piensa”, ese “bicho de la tierra tan pequeño”, ha ideado sistemas que funcionan infinitamente mejor en este aspecto. Una buena memoria —se citan algunos casos portentosos de la vida real y en la ficción está aquel “Funes, el memorioso”, de Borges— es una bendición de Dios. No es la inteligencia, pero tiene mucho que ver con ella. En términos informáticos, para quien sepa algo de programación elemental, se podría decir que la memoria proporciona los DATA sobre los que operan las instrucciones del programa. Sin instrucciones, no hay programa; sin datos, tampoco.

Mucha gente tiene una idea banal y poco respetuosa de la memoria. Se la considera como una facultad menor, poco o nada relacionada con la inteligencia, repartida caprichosamente y de la que no somos responsables. Yo no he oído jamás a nadie, en mi entera vida, quejarse de ser poco inteligente, de ser más bien simple o discretamente tonto. Y, sin embargo, mucha gente confiesa tener mala memoria. En algunos casos, se les adivina pensando: “¡Ah, si yo tuviera mejor memoria, con lo inteligente que soy!”. Vuelvo a lo que escribía antes: la memoria proporciona los datos y sin ellos no hay elaboración inteligente de nada. En el proceso intelectivo, están muy relacionadas las dos cosas, las dos capacidades. Cualquiera que haya estudiado un poco los mecanismos cognitivos y su deterioro lo sabe perfectamente.

Te digo, lector amable, que esto de escribir tiene sus problemas. Intercalo ahora el párrafo que sigue porque, un poco después de haber escrito lo que antecede, leo Les caractères ou les mœurs de ce siècle, de Jean de La Bruyère, en una edición con notas. Pues bien, en una de estas se cita a La Rochefoucauld, que dice: tout le monde se plaint de sa mémoire, et personne ne se plaint de son jugement (todo el mundo se queja de su memoria, y nadie se queja de su buen juicio). Bueno, es casi lo que decía yo más arriba.

Pero es que un poco más adelante, en el texto, el propio La Bruyère escribe: ainsi l’on se plaint de son peu de mémoire, content d’ailleurs de son grand sens et de son bon jugement (así, se queja uno de su poca memoria, contento por otra parte de su gran sensatez y su buen juicio). Esto es ya lo mismísimo que contaba yo. O sea, que uno puede estar plagiando constantemente, sin darse cuenta; corremos el riesgo de estar plagiando sin querer.

Las combinaciones de las palabras, en cualquier idioma, son muchísimas, pero no infinitas. A veces pienso que en algún momento de un lejano futuro, no habrá expresión que no haya sido utilizada o metáfora que no haya sido inventada. Quizá entonces los hombres renuncien a escribir literatura —a repetirse, a plagiarse inadvertida y continuadamente— y se limiten a servirse del lenguaje sólo para las necesidades de la vida cotidiana, para describir escuetamente los hechos.

Nota: no me esforzaré mucho —no me esforzaré nada—  en las traducciones y tenderé a hacerlas literales; las hago porque entiendo que, desgraciadamente, es necesario.