24 de enero de 2014

Huellas de Borges


En mis tres entradas anteriores, quise agradecer a mis lectores de Estados Unidos su interés en este blog. Las escribí en inglés, porque estoy seguro de que, viviendo en aquel país, manejan perfectamente el inglés, aunque me lean en español. Pensé también que muchos de los que me siguen en España podrían leer esos textos. Utilicé una traducción de un relato mío, Una noche en Nueva York.

Naturalmente, vuelvo al castellano, la lengua que hablo menos mal. Ya dije cómo me intimida Borges cuando trato de escribir, porque veo un claro ejemplo de lo para mí inalcanzable. Por la misma razón, cuando sorprendo que coincidimos en algo, me llevo una gran alegría, sin olvidar las siderales distancias. La cultura —estoy dispuesto a conceder que tal vez sesgada, orientada hacia un  esoterismo inteligente y perturbador— permea todos los escritos borgianos. Mostré hace tiempo en este blog, un párrafo suyo en el que mencionaba las cimitarras de Nishapur, “en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla”. En otro sitio nombra a alguien que murió en esa ciudad: Farid al-Din Abú Talib Muhámmad ben Ibrahim Attar, poeta y místico persa de la segunda mitad del siglo XII, víctima, precisamente en Nishapur, de los soldados de Tule, hijo de Gengis Kan, cuando expoliaron la ciudad en el año 1221.

Y aquí se da una de esas coincidencias que me animan y exaltan. En un relato mío, El reino de Ta, me ocupo yo también del mismo poeta —de su Mantiq al Tayr (La conferencia de los pájaros), su obra más importante—, buscando indagar en la inasible naturaleza de un Dios casi siempre oculto. En ese relato sugiero una posible forma de felicidad en la vida ultraterrena, reviviendo, embellecido y múltiple, el pasado en la Tierra. Pues resulta que Borges menciona una idea del “pasado modificable” de Charles Howard Hinton, un escritor y matemático británico muy interesado en el concepto de la cuarta dimensión. No sé más de este autor, pero prometo perseguirlo con cierto ahínco. Ese es otro de los dones de Borges: su capacidad para incitarte a descubrir autores y mundos apasionantes y ubérrimos.

En otro momento habla Borges del rabino Simeón ben Azaí, que vio el paraíso y murió, y del famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad. Perdóname, lector, si sucumbo a la tentación de copiarte un fragmento de otro relato mío, Viaje a Baviera, en el que el protagonista, a su regreso a España, cuenta:
 
        “No sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo que me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística, del antiguo Israel, de los cuatro sabios que vieron al Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la Luz Brillante del Ha-Shem, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesarea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también regresé, pero temo volverme loco, como Shimón ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir lo que viví”.

        Estos pequeños paralelismos me hacen pensar que quizá uno no leyó del todo en vano, que algo del tiempo que dediqué al estudio no se perdió. Son como migajas del pan de Borges, como huellas suyas que encontrara en mi camino. Me reconcilian con él y me estimulan a seguir, a seguirle.