19 de enero de 2014

Sobre los comentarios en los blogs


Hace poco me he metido no sé cómo en la página web de un famoso jugador de fútbol. Cuenta un largo paseo por Madrid y su encuentro con un amigo para comer en un conocido restaurante de cocina casera. Habla también de que el día siguiente ha de viajar a Inglaterra para un partido de Champions y augura el triunfo allí de su equipo.

Se trata de una amable confidencia y todo está escrito con la llaneza apropiada. Lo que no entiendo muy bien es que, en sólo veinticuatro horas, haya suscitado 295 comentarios de todo tipo. No veo la imprescindible materia para generar ese abrumador aluvión de opiniones, incluso teniendo en cuenta que muchas de ellas son charlas entre los propios comentaristas, que se recomiendan fármacos para diversas dolencias, en general de poca gravedad, y cosas parecidas.

El escritor Herbert Quain argumentaba que no hay europeo que no sea un escritor, en potencia o en acto, y pretendía que los lectores son una especie ya extinta. A la vista de lo anterior, habría que proclamar que también se han extinguido los escritores en potencia y han quedado sólo los escritores en acto. Se podría argüir en contra que los comentaristas leen el mensaje original y son también lectores. No hay razones de peso, más bien lo contrario, para sostener semejante afirmación. La experiencia demuestra que se puede comentar todo lo que se quiera, sin necesidad de enterarse del asunto que se comenta. Todo eso pertenece a un mundo ya periclitado y ajeno.

Borges ya prevenía de que por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias e imagina una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlos en los sueños o en las líneas caóticas de la mano. ¿Podríamos estar ya viviendo en ese mundo? Si cada uno de los comentarios, suscitara a su vez otros 295, en cuatro ciclos se llegaría a la cifra de 7 573 350 625 mensajes; o sea, uno por cada habitante del planeta. Pavoroso, ¿no?