24 de febrero de 2014

Antonio Machado, a los setenta y cinco años de su muerte


Tengo que hablar de Antonio Machado, aun a sabiendas de que todo ha sido ya dicho. Analizo esta necesidad, esta urgencia, y descubro que responde a un sentimiento que podría calificarse de amistad. Muchos, quizá más si tenemos algunos años, nos sentimos amigos de don Antonio: admiradores, seguidores…, pero también amigos; empatizamos con él, con su mundo. ¿Por qué?

Yo creo que pensamos que Machado, tan glorificado ahora con toda razón, fue un ser en el que se cebó el infortunio. Y surge en nosotros un deseo de reparación, forzosamente póstumo, pero acuciante y poderoso. Hace ahora setenta y cinco años que murió solo, derrotado, en un pueblecito francés, y nos decimos que esta vez tenemos que estar con él. No le vamos a fallar, cuando tantas cosas le fallaron en su vida.

Sin embargo, al escribir lo anterior, me doy cuenta de que esto no es tan verdad. Antonio Machado alcanzó en vida puestos y consideración no desdeñables. Nació en una familia ilustrada, no pobre. Fue catedrático de Instituto con treinta y dos años —conviene recordar que había terminado el bachillerato con casi, o sin casi, veinticinco años—. Había estado antes en París, con su hermano Manuel, en donde conoció a literatos famosos y trabajó en la editorial Garnier. A la vuelta, formó parte de la compañía teatral de María Guerrero. Como catedrático de Francés, anduvo por capitales o ciudades de provincias hasta llegar a Madrid en 1932. Cinco años antes había sido elegido miembro de la Real Academia Española.

Estuvo bien relacionado, fue amigo de muchos de los literatos famosos de la época. Su vida no fue, ciertamente, la de un triunfador, pero tampoco la de un marginado. Nada parecido al pobre Alejandro Sawa —también de Sevilla, inspirador del Max Estrella de Luces de bohemia—, que había vivido también unos años dorados en París y del que se contaba que no se lavaba desde que Victor Hugo lo había besado en la frente. O aquel Pedro Luis de Gálvez, que llevaba un niño muerto en una caja de zapatos y pedía ayuda para enterrarlo. Machado escapó en lo posible de las penalidades de la guerra civil y marchó a Francia al principio de la desbandada final. La falta de un éxito arrollador fue, como sucede en casos parecidos, también por su carácter, por carecer de una ambición decidida. ¿Por qué lo compadecemos todos, yo también, tanto?

La respuesta demandaría profundos estudios de psicología social. Contestaré por mí: porque era tierno, triste; porque tenía algo de angélico y existe la convicción de que los ángeles merecen ser felices. Porque era tímido, porque no tenía malicia, porque era paciente y resignado. Porque apenas conoció el amor. Sólo un amor, no fácil de catalogar, que le duró tres años. Cuando era feliz en París, estudiando Filosofía y con Leonor, ¿qué diosa Fortuna atroz los aniquiló?

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y un extraño amor de siete años con la poetisa Pilar de Valderrama, la ‘Guiomar’ de sus versos, muy catalogable: el puro, el quemante, el cruel y terrible amor platónico.

¿Eres la sed o el agua en mi camino?
Dime, virgen esquiva y compañera.

Compadecemos a Machado, porque, abatido y conforme, se refugió en sus versos y se consoló con ellos; porque compartió con los demás su desesperanza, su conciencia de que la felicidad era siempre un fulgor efímero. Versos que además eran sencillos, directos, la destilación de muchas amarguras, en los que se transparentan virtudes que conforman y dan sentido a la belleza.

Yo no sé leyendas de antigua alegría,
sino historias viejas de melancolía.

***
Pregunté a la tarde de abril que moría:
¿ Al fin la alegría se acerca a mi casa?
La tarde de abril sonrió: La alegría
pasó por tu puerta. Y luego, sombría:
Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

En mi caso, hay más. Me examiné en el Instituto en el que fue profesor siete años, en Baeza. Estudié luego en el Instituto Cardenal Cisneros, donde estudió él en Madrid. Y todavía me veo, de estudiante, haciendo autostop por Castilla, con un libro suyo y un amigo, recitando sus versos, peligrosamente olvidados de atender a los pocos coches que pasaban. Y recuerdo un viaje a Soria para participar en su homenaje, hace ya muchos años, en pleno franquismo. Había sido organizado por el Gobierno, para replicar a otro que la liviana Oposición de entonces celebraba en Baeza; yo estaba en un Colegio Mayor del SEU y acabé allí. Sus poemas nítidos, limpios, sonaron de nuevo en la Soria donde fue feliz algún tiempo y que abandonó luego, espoleado seguramente por intolerables ausencias. Los mismos versos que se oyeron en Baeza, claros vencedores sobre banderías políticas.  

Estas viejas y embellecidas vivencias motivaron mi visita emocionada y devota a su sencilla y convencional tumba en Colliure. El corazón me llevó también entonces, por la atormentada carretera de la costa, a otro lugar no lejano, Portbou, en donde está el monumento a Walter Benjamin (su cuerpo se ha perdido) y un estrecho túnel inclinado en cuyo final están el mar, la luz, la libertad y la nada. Benjamin, judío alemán, tan diferente a Machado, quizá aún más desdichado. Se suicidó, o lo asesinaron, con cuarenta y ocho años, recién llegado a España, apresado por un grupo de paramilitares. Al día siguiente se permitió seguir a sus compañeros. Dejó escrito en su cuarto del hotel: En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Esta ruta de muertos ilustres me la tenía prometida desde siempre.