1 de abril de 2014

El amor de oídas, el amor lejano


Mencioné no ha mucho el ‘amor de oídas’ y querría seguir un poco. Este amor —hay muchas clases de amor, lector, y seguramente quedan más por inventar— también conocido como amor de lonh, amor lejano, se dio siempre entre los seres humanos, aunque más frecuentemente en la sociedad medieval, en el mundo de la lirica trovadoresca. Es el amor que se despierta por lo que se ha oído hablar de una persona, de su belleza física, de sus cualidades, sin haberla visto jamás. Se comprende que hoy, con los poderosísimos medios de comunicación e intercambio de imágenes, sea casi imposible que se dé este tipo de amor.

Uno de los casos más representativos fue el del trovador Jaufré Rudel, príncipe de Blaya (la actual Blaye, en la Gironde). Se enamoró tan perdidamente de una princesa —sólo por lo que había oído a las gentes, por las alabanzas que hacían de ella los peregrinos que regresaban de Antioquía— que le escribió los versos más apasionados y se metió a cruzado para poder verla; sólo por eso. Pasó la mar y sus peligros, llegó por fin a tierra, muy enfermo, y murió en el momento de contemplar a la amada. Se trataba de Melisenda, una princesa de Trípoli. La princesa se acercó hasta el lecho del moribundo, pudo todavía abrazarlo, y él recobró al punto el sentido y agradeció a Dios que le hubiera permitido verla, aunque fuera sólo un instante, encaminado ya hacia la aniquilación y la nada. Murió entre sus anhelados brazos y ella lo hizo enterrar en la casa del Temple. Ese mismo día se metió a monja. Algunas decisiones no conviene demorarlas, que luego el mundo está llena de arterías, nos vuelve a engañar otra vez y vienen los olvidos. ¡Qué triste puede ser a veces la  vida, qué cruel el destino!

Dejé escrito que se enamoró de la princesa Melisenda, sólo por razones eufónicas, porque es nombre de hada y de leyenda. En la realidad, pudo ser la hija de Raimon II, conde de Trípoli. Hasta podría tratarse de la esposa del conde e incluso de la mismísima Leonor de Aquitania, que con su primer marido, Luis VII de Francia, había partido para Oriente, por tierra, en Pentecostés del año 1147. Nada más se sabe, históricamente, del trovador. Desde luego, parece que Rudel amó a una dama a la que no había visto nunca. En una canción suya declara que ama a cela qu’ieu anc no vi (aquella que nunca vi).

El tema de la persona que se enamora de oídas, que no de vista, es muy viejo y de presencia ubicua. Existe en casi en todas las culturas, con posibles antecedentes incluso en San Agustín. Aparece, en términos muy similares a los utilizados por Rudel, en Las Heroidas, de Ovidio, en la carta de Paris a Helena. En El collar de la paloma, de Ibn Hazem de Córdoba, se cuenta el amor que nace al contemplar la pintura del amado, sin haberlo visto jamás. Este amor de lonh está tan delicada y tiernamente abordado en Rudel, que Salvatore Battaglia afirma que este trovador es el primer poeta moderno de la pura nostalgia. Petrarca se refirió a él en su Triunfo del amor (IV, 523): “Giaufré Rudel ch’usò la vela e’l remo / a cercar la sua morte” (Jaufré Rudel, que utilizó la vela y el remo para buscar su muerte). El tema —la vida destrozada y perdida por el amor— inspiró a Heine, Swinburne, Browning, Carducci, Rostand y tantos otros.

En el romance de Montesinos y Rosaflorida, la enamorada es ella, como pasó con Zaida y Alfonso VI: En Castilla está un castillo, / que se llama Rocafrida. […] Dentro estaba una doncella, / que llaman Rosaflorida; / siete condes la demandan, / tres duques de Lombardía; / a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía. / Amor ha por Montesinos, / de oídas, que no de vista. Y de oídas era también el amor de aquel loco sublime, que le insistía a Sancho: ¿No te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y por la gran fama que tiene?

El amor, obviamente, no es siempre de oídas. De la General e Grand Estoria, de Alfonso X, que hojeo ahora, tomo el encuentro de Dido y Eneas, sin alterar la grafía, para que la conozcan los no habituados: “E ella (Dido), quando vio a Ascanio, su fiio, tan fermoso, touo en su coraçon que padre que tal fiio fiziera muy fermoso deuie ser; ca Eneas venie armado e non lo podie ella asy ver, pero que lo veye de otra guisa muy bien façionado de cuerpo e de miembros, asi que fue luego enamorada de Eneas”.

Dido no vio a Eneas del todo, pero vio lo suficiente, y además vio a su hermoso hijo, Ascanio, de lo que dedujo que el padre también sería un hombre guapo. En esto se podría haber equivocado, que la herencia no siempre es tan cumplidora. Seguramente pensó que ya tendría tiempo de ver el resto de Eneas y conocer bien todas sus partes, antes de adoptar una decisión irrevocable, que para eso siempre ha habido ocasiones en todos los tiempos y lugares.

¡Tantas historias de amor! Cómo me gusta la de aquel rey de Francia, Juan II, a quien llamaban el Bueno, y la bellísima condesa de Salisbury. Casi todo es mentira, ¡pero es una mentira tan delicada y hermosa! La contaré otro día.