2 de abril de 2014

Juan II el Bueno y la bella condesa de Salisbury


¡Ah, mi pobre Joan de Kent, condesa de Salisbury, mi pobre rey Juan II, el Bueno! Prometí hablar de vosotros y lo hago. Pero antes quiero recordaros que ocupáis un lugar privilegiado en mi viejo y gastado corazón.

Hay que situar a la condesa. No fue aquella Catherine Montacute (1304-1349), condesa de Salisbury, amante del rey inglés Eduardo III —y para algunos sospechosa de brujería—, en cuyo honor se creó la Orden de la Jarretera. Tampoco fue la infortunada Margaret Pole (1473-1541), también condesa de Salisbury, ajusticiada por orden de Enrique VIII. Tenía sesenta y siete años y se defendió con tanta energía antes de posar el cuello en el bloque que el verdugo erró varias veces el golpe, hiriéndola en la espalda, el cuello y la cabeza.

No, mi condesa fue Joan de Kent (1328-1385), princesa de Gales y de Aquitania,  condesa de Salisbury, condesa de Kent, etc., conocida como la Fair Maid of Kent, que se casó, secretamente al principio, con el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, en 1360. ¡Huy, lector, qué bonito queda todo esto! Fair es un adjetivo que puede tener muchas traducciones, todas buenísimas. Yo diría “la bella, la pura, la blanca, la rubia doncella de Kent” y podría seguir. Pero no se crea que son cosas mías: el cronista francés Jean Froissart, autor de Chronicles, dijo que era “la mujer más bella de todo el reino de Inglaterra y la más cariñosa”. ¡Por Dios, qué combinación! Yo no sé si Froissart hablaba por sí o copiaba de las Vrayes Chroniques, de Jean le Bel, otro cronista flamenco, en las que se inspiró tanto. Jean le Bel, Juan el Bello; qué nombres se gastaban las gentes de estos tiempos. Así da gusto.

Todo esto es deslumbrante; la leyenda que cuento ahora es tierna y embriagadora. El rey Juan II de Francia (1319-1364) era un excelente jinete, muy generoso con los suyos, lo que le valió el sobrenombre de ‘el Bueno’, y valentísimo en la guerra. En la batalla de Poitiers, en 1356, fue derrotado por el rey inglés Eduardo III y su hijo el Príncipe Negro, y su idea del honor le impidió huir, por lo que fue hecho prisionero. Fue llevado a Londres al año siguiente y tratado allí como un cortesano más. Liberado tres años más tarde, quedaron como rehenes dos hijos suyos, Juan y Luis. Al escapar Luis en 1363, el exigente código de honor del rey le exigió volver a Londres y entregarse.

Juan II había conocido a la bellísima condesa de Salisbury durante su estancia en la corte inglesa y se había prometido volver alguna vez a Inglaterra, sólo para verla una última vez antes de morir, irse del mundo con su imagen en los ojos. Se acercó el rey a caballo, solo, sin escolta, a su castillo y la divisó a lo lejos, asomada a una ventana, con una rosa en la mano derecha, mientras metía la otra mano en un vasito de agua y salpicaba la colorada flor con sus largos y gráciles dedos. Juan el Bueno, enmudecido por el amor y por la desgracia, mecido ya por el viento aún tenue de la muerte, se aproximó hasta que pudo ser visto por la dulce condesa. Se quitó entonces, lentamente, como en un rito ensayado o soñado durante mucho tiempo, la birreta adornada con una pluma de faisán y antiguas monedas de oro e inclinó la cabeza en señal de respeto y sumisión y quién sabe si de renuncia y despedida. Tampoco se sabe si la condesa lo reconoció y recordó o lo tenía ya en uno de esos olvidos de los que jamás se vuelve. Eso, en el fondo, no importa tanto. El caso es que el rey cumplió su sueño, su promesa, y una vez que hubo visto a la hermosa señora y entendió que el corazón no podría aguantar mucho más, no esperó ninguna respuesta, volvió la grupa de su caballo y cabalgó muy lenta y calladamente hacia una posada cercana, en donde se fue a morir.

Me duele decirte, lector, que todo esto quizá no pudo ser. O que tuvo que ser de otra manera. No queda constancia exacta de los viajes y fechas entre Burdeos y Londres de Joan de Kent, que harían posible o imposible el encuentro. Entre nosotros, qué más da. Mira, si tienes problemas para aceptar mi historia, quédate sólo con los últimos párrafos de mi entrada y olvida todos los demás. Habrás conservado lo importante, lo que de verdad cuenta en la vida de los seres humanos. Tengo que cortar; te hablaré otro día de otros amores.