6 de mayo de 2014

Del telón corto y del pasado


Amigo lector, en mi anterior entrada te animaba a recitar con el telón corto —el que no está bajado del todo y su borde inferior queda a alguna distancia del suelo del escenario— a tu espalda. Pero tengo que decirte la verdad: pensaba en otro. Veía muy claramente, con una acuidad que el tiempo no ha logrado destruir, a Manuel Dicenta, hace unos sesenta años. Recitaba en un teatro madrileño, delante del telón corto, frente al público, el bello prólogo de Los intereses creados, de Benavente, con aquella voz grave y rota, inigualable. Cuando se asiste a algo así, a los dieciséis o diecisiete años, eso ya no se olvida, eso te queda para siempre. Y te impone un canon, unas exigencias en tu apreciación artística frente a las que no puedes hacer nada, sino obedecerlas y seguirlas. Es el pasado, tu pasado, y es para siempre. Dicenta era un formidable actor que lleva demasiados años muerto, desde 1974. Si eres joven, no lo conocerás; quizá sí a su guapa, vivaracha y graciosa nieta, Natalia Dicenta.

Un poco de aquel prólogo: “He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa…”. Ahí está, para que lo juzgues. Lee la obra cuando puedas.

Es mi pasado. Cuando iba al teatro de claquero, de ilustre oficiante de la claque, institución insigne nacida en los tiempos de Nerón, comprando aquellas entradas de precio reducido, francamente aéreas, que el jefe de la claque vendía siempre en algún bar cercano al teatro. Recuerdo que en otra ocasión, con familiares de Úbeda, fuimos al famoso teatro Lara, no de claque, pero con entradas también de altura. Mi tío se pasó llorando la mayor parte del tiempo —era una obra de Calvo Sotelo, que hizo furor por entonces—. Aquellas profundas emociones se trocaron en auténtico pánico cuando vimos, desde aquel barandal de la luna, a otra familia ubetense, que estaba en el mismísimo patio de butacas. Y nosotros allí, colgados del aire.

Es mi pasado. El mismo que lleva a tantos viejos a querer dejar alguna especie de ‘memorias’, para que quede la debida constancia de que existieron. Porque la vida, la de cualquiera, está llena de hazañas, de heroísmos, de aventuras prodigiosas, de recuerdos a los que embelleció el tiempo; también de derrotas de las que se aprendió y se logró olvidar. Los antiguos dijeron que la vida era breve y el arte largo. Te doy, lector, la cita entera —en latín, no en griego—, que está en el principio de una obra del médico griego Hipócrates, sus Aforismos: Vita brevis, ars longa, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile (la vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil).

En el fondo, la vida no es tan breve, a cada uno de nosotros nos han sucedido miles de cosas. Es el mundo el que es enorme, absolutamente inabarcable y preñado de otros mundos, igualmente infinitos. La facilidad actual para viajar, para trasladarnos de un lado a otro del planeta, puede deslumbrarnos, engañarnos y ocultarnos nuestra menesterosa condición.

El pasado, que tiene también algo de infinito, es acogedor, íntimo y tierno. Nos ha ido haciendo poco a poco; somos lo que somos por él. Un escritor francés del que un día hablaré, Maurice Bedel (1883 – 1954), ganador del premio Goncourt en 1927, escribió un libro titulado Plaisir du passé, en el que recomienda: Aux jours de disette, tu recueilleras les nourritures de ta joie dans le plaisir du passé (en los días de escasez, recogerás el alimento para tu alegría en el placer del pasado).