5 de mayo de 2014

Dos textos de Schwob y Borges


Lector, prometí hablar de Marcel Schwob y lo haré, lo estoy haciendo. En varias entradas, porque a pesar de ser en la actualidad casi un desconocido para el gran público, fue muy influyente en escritores tan famosos como Apollinaire, Artaud, Michel Leiris, Borges, Paul Claudel, André Gide, y fue amigo de infinidad de ellos. Paul Valéry, Oscar Wilde y Alfred Jarry le dedicaron obras suyas. Era de una erudición portentosa, hablaba varias lenguas, estudió el sánscrito con Ferdinand de Saussure… Se casó con una de las actrices más célebres de la época, Marguerite Moreno, francesa de madre española, musa sagrada del simbolismo.

Me fijaré por ahora en Borges, que reconoció explícitamente la influencia de Schwob, confesando que empezó a leerlo a los veinte años. Y porque quiero traer aquí dos textos de estos autores. El del francés está en Vidas imaginarias —es la de Lucrecio— y va ya en español. El del argentino se encuentra en su famosísimo relato El Aleph.

 Del primero: “Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con claridad la muerte única de la Africana; y lloró”.

Lector, creo que ya nos conocemos un poco. Lo que sigue, también lo anterior, no es para leerlo meramente. Tienes que abandonar cualquier preocupación, cerrar con llave tu habitación y ponerte a declamar. Sí, declamar. Como si estuvieras en un gran teatro, con el telón corto detrás de ti. Un teatro antiguo, decadente, lleno de grandes y hermosas lámparas y molduras doradas. Ahora todas las luces están apagadas y sólo quedan las diablas enfocándote. Tú estás allí, solo, adelantado en el proscenio, y todo el mundo está pendiente de ti, escuchándote. Estás dentro de una caja dorada, una caja que parece hecha de oro, que quizá es de oro. ¿Listo? Empieza.

 “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto rojo (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, [...] vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, [...] vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos, que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada en una playa del mar Caspio en el alba, [...] vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, [...] vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré...”.

El texto, lo he cortado algo, es de 1949, cuando Borges tenía cincuenta años. No se puede escribir así antes y quizá tampoco después. Lector, entiéndeme: estas son cosas que se dicen pour montrer de l’esprit, pero que no son verdad. Si te pones a mirar, nada es verdad. Se parece al de Schwob. ¿Plagio? No, claro. Hablaremos de esto otro día.

Esta entrada tiene poco mío y, sin embargo, me gusta. Porque, podría hacer que alguien quedara enganchado a la buena literatura —es lo que busco siempre en este blog—, esa en que las palabras se hacen música. La literatura incardina el tiempo, como la música y la danza. Es así un componente de aquella Gesamtkunstwerk (obra de arte total), que persiguieron Wagner y otros.