5 de junio de 2014

De la gloria, su fugacidad, su injusticia


Lector, anuncié que iba a hablar de ciertos temas enjundiosos y no lo olvido y lo haré. Pero hoy quiero hablar de cosillas que pienso, poco importantes; en este contexto, hasta puede que cuente algo de mí. Y contestaré a un comentario reciente en este blog.

Esto último, lo primero. Me pregunta una lectora que cómo puede encontrar mis obras, esas que alguna vez menciono. Es muy fácil. Inmediatamente debajo de la foto de portada de este blog —un barco navegando en la sobretarde—, hay tres pestañas. La de la izquierda es la del propio blog; en medio está mi pagina de autor en Amazon, en donde están todos mis libros y se pueden comprar, si está de Dios; a la derecha, mi página de autor en el portal de la Complutense, con algún libro mío más, porque se incluyen los agotados, los no venales y los aún no publicados. En las dos páginas hay una somera descripción de estos libros (nunca de mis libros de medicina).

Y empiezo con mis cosas. Ya escribí que no soporto a los vanidosos, que me parecen también un poco tontos. Lo he sentido siempre así. En muchos casos, el propio mecanismo que lleva a la gloria está diseñado perversamente. Siempre pongo el ejemplo del tour de Francia. Después de tres o cuatro mil kilómetros de carrera, resulta que uno ha llegado un minuto antes y es el ganador. Bueno, alguien tiene que ganar… Pero no es para presumir demasiado, pienso yo. Sobre todo, si se tienen en cuenta los mil avatares del recorrido que han podido influir en el resultado. Y otras cosas. Imagina, lector, que el segundo de la clasificación es más guapo, o más listo, o más bondadoso, etc., que el primero. Yo preferiría entonces ser el segundo. O el tercero, o el cuarto… A qué viene entonces eso de presumir tanto por ser el primero.

La gloria, la fama, se le escamotea constantemente a mucha gente. Pienso en las canciones, las populares (con la música clásica no ocurre). En general, la mayor parte de ellas nos gustan por la canción en sí, más que por el cantante que las interpreta, aunque la labor de este no sea desdeñable en absoluto. Pues ocurre que, en muchísimos casos, se conoce muy bien a los cantantes y poco o nada a los compositores —cuando se trata de un cantautor, no existe este problema—.Pondré un ejemplo, de los innumerables. La habanera La paloma es una bella y famosísima canción, cantada por toda clase de intérpretes. ¿Sabe mucha gente que el autor fue Sebastián Iradier?

Resulta, además, que Iradier (1809-1865) fue un personaje célebre, cosmopolita, vividor, simpático, dandi, autor de muchas obras, que murió casi ignorado, vuelto a su país vasco natal. También tendría sus sombras, naturalmente, como todo el mundo. La paloma es de 1860. Y también es suya otra habanera, El arreglito, incluida en la ópera Carmen, de Georges Bizet—L’amour est un oiseau rebelle, porque este pensó que era una canción popular, sin autor. Lo que podría ser verdad, ya que Alfredo Kraus parece que dijo que pertenecía al folclore de Gran Canaria. Más a mi favor, al sustentar que mucha de la ‘gloria’ se escapa de sus legítimos acreedores, porque en lo popular también hay siempre un autor o autores. La letra de la habanera, en la ópera, tiene cierta gracia, pero pocos sabrán el nombre de los libretistas, Ludovic Halévy y Henri Meilhac. Los menciono a ambos en mis Apuntes de Literatura y del segundo digo que fue “grande, buen hombre, vividor y tan amante de las mujeres que se quedó soltero”.

La bohème (1966), otra bella y muy famosa canción, una de las nacidas, en los años sesenta, de la colaboración del compositor Jacques Plante y del propio Aznavour. Plante escribió también para Line Renaud, Yves Montand, Eddie Constantine, Pétula Clark, etc. ¿Mucha gente ha oído hablar de Jacques Plante? Injusto, ¿no?

Y, como ocurre siempre, ya van unas líneas y hay que parar. Quedan pendientes los temas que prometí, pero en la próxima entrada todavía seguiré hablando de estas pequeñeces que me han ocupado hoy. Espero que hayan distraído y hasta hayan hecho pensar un poco en estas livianezas que he escrito.