18 de agosto de 2014

De cómo son las gentes (final)


No conté mi aventura irlandesa por presunción. Cualquiera que tenga mi edad, más de cien años, y recuerde complacido su juventud, me comprenderá perfectamente. A mi edad uno ya no presume, simplemente recuerda, añora y se deja acunar dulcemente por la melancolía. Hasta a los pueblos les sucede lo mismo. Escribe Sánchez Albornoz que “cuando alcanzan la madurez, empiezan a mirar con frecuencia hacia el ayer y en el otoño de su alentar, viven más de recuerdos que de proyectos y de apetitos”. Seguramente, hermoseamos sin querer el pasado, que se nos aparece como un paraíso perdido; quizá el único paraíso que nos será dable disfrutar en nuestras vidas. Porque el del más allá, el prometido, podría resultarnos inasequible por falta de alguno de los requisitos exigidos. O podría, simplemente, no existir, ser un fruto imaginario del lógico anhelo de felicidad de los seres humanos.

Aun así, he dudado algo en incluir este episodio por si alguien lo considerara atrevido o procaz. Pero el azar —tantas veces el azar— ha hecho que lea, precisamente ahora, lo que escribe Fernán Pérez de Guzmán, el autor de Generaciones y semblanzas, de su tío, el canciller D. Pero López de Ayala, y tranquiliza ver que uno no es el único: “Amó muchas mugeres, más que á tan sabio caballero como á él le convenía”. Y qué sabía el sobrino de lo que convenía a su tío; eso quien lo sabía era el tío, ¿no? Además, yo no he sido nunca un caballero sabio, a mí no me afecta.

Sigo leyendo historias y resulta que ahora es el propio canciller Ayala quien se mete en la vida privada del Rey don Pedro (Pedro I el Cruel). Para contar que fue “asaz grande é blanco é rubio, é ceceaba un poco en la fabla. [...] Dormía poco, é amó muchas mugeres”. Claro que dormía poco, no se puede estar en misa y repicando. También el historiador Sánchez Albornoz, en Jovellanos y la Historia, habla del mausoleo, obra de Domenico Fancelli, del príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, en la iglesia de Santo Tomás, en Ávila, y dice que murió prematuramente “por haber amado mucho y muy temprano” (sic). Esto sí que es grave, ¿verdad? No cita don Claudio sus fuentes y está equivocado el diagnóstico. Don Juan murió con diecinueve años, seis meses después de su boda con Margarita de Austria, de tuberculosis. Su sepulcro fue profanado en la Guerra de la Independencia y no se sabe en la actualidad dónde se encuentran los restos del desgraciado príncipe.

Dios mío, cómo son estos nobles y reyes y príncipes; todos con el mismo defecto. ¿Y los demás mortales? Pues, quizá más o menos igual, si pudieran. La sabiduría popular proclama que hay cosas que no tienen enmienda. Lector, un breve receso. A veces me gusta puntualizar y te confesaré que en mis textos siempre van algunas facecias y así hay que tomarlos. Porque también hay hombres de una sola mujer. Don Miguel de Unamuno sentía una profunda repulsión por el donjuanismo y la lujuria. En cambio, el muy ortodoxo don Marcelino, que se conservó soltero, parece que con la pertinente frecuencia enseñaba Humanidades, privadamente, a algunas de las busconas del barrio. Sabe Dios cuantas historias guardará el noble edificio de la Real Academia de la Historia, en el que vivía don Marcelino, que fue Director de la misma. Creo que fue Ortega el que cuenta la siguiente anécdota suya: Una vez, en el teatro, el ilustre polígrafo vio en un palco a una antigua novieta, con su marido y la prole, y parece que comentó con alguien: Dios mío, de qué felicidad me he librado.

He contado casos en que diferentes grupos humanos se comportan de manera parecida. Si me pusiera a escribir sobre situaciones en las que se revelan características típicas y diferenciales de los distintos pueblos del mundo, podría eternizarme y aburrir a cualquiera. Porque es obvio que también muchas colectividades humanas ofrecen rasgos de carácter distintivos y peculiares. En definitiva, que la gente también es muy suya y muy variada, incluso dentro del mismo país, de la misma ciudad, del mismo barrio, de la misma casa y de la misma familia.

Volviendo a Muñoz Molina, es evidente que no hace falta ir a Memphis para encontrar esa gentileza que él alaba, con justicia, en el texto mencionado. Leyendo algunos de los innumerables comentarios que le hacen sus lectores, encontré uno que me hizo gracia. Está escrito por un español de un pequeño pueblo levantino, Junquera del Juquíllar, de formación sencilla, pero que expone bien sus ideas. Viene a decirle que gestos como el que cuenta son absolutamente normales en su tierra y le invita a que la visite un día para convencerle. Mostraré ese escrito, pero será en mi próxima entrada, porque esta se ha hecho ya larga. Lo firma un tal Pascasio, el de la Engracia.