17 de agosto de 2014

De cómo son las gentes


Hay personas que piensan que las gentes son iguales en todas partes. Quizá esta es una de esas 'grandes verdades', que tienen la peculiaridad de ser ciertas ellas mismas y sus opuestas, a las que ya me referí en este blog. El inteligente y misántropo humorista italiano Dino Segre (Pitigrilli) dejó escrito, por poner un ejemplo, que no hay nada en la vida que merezca llegar media hora antes. Y eso es verdad, con tal de que se reconozca inmediatamente que hay miles de circunstancias en las que es muy importante y decisivo llegar a tiempo, no perder un minuto. En fin, todo esto revela el titánico y tantas veces fallido intento de la razón, en su lucha por entender y ordenar el mundo. Pitigrilli también dijo algo en lo que me amparo: La ironía nunca es inmoral.

Mi blog aparece citado en otro —excelente, sobre fotografía— de Miguel Ángel Lechuga, en el que también puede seguirse uno de Muñoz Molina. Por puro azar, a veces están los dos juntos allí, lo que me produce el incómodo sentimiento de quien tuviera un puesto de 'perritos calientes' justamente al lado de un restaurante de Adrià Ferran. Pero esto ha hecho que lea alguna de sus entradas, como la del veintitrés de mayo del 2014, en la que habla de la gentileza de unos norteamericanos sureños, de Memphis concretamente, que incluso le ofrecieron compartir algo de comida, sin conocerlo. Esto nos parece a los lectores españoles absolutamente normal y reforzaría la tesis de los que abogan por la radical igualdad en los usos y costumbres de los seres humanos.

Porque, en efecto, algo hay de eso. Yo tenía la idea de que los ingleses eran educados, discretos, intachables en su trato social, etc. Sin embargo, en una visita a Inglaterra, un profesor universitario me dijo, hablándome de otro: “Sí, se hace notar mucho. Los vasos vacíos son los que más suenan al golpearlos”. Me quedé estupefacto por la imprevista maledicencia. Como en España, me dije, ¿cómo es posible?

En Toronto, visitando un hospital, sin haber preparado ninguna cita previa, pregunté por cierto médico canadiense, al llegar a su Servicio, y una enfermera del mismo trató de buscarlo, sin conseguirlo al principio. Está perdido, me dijo, “He's very good at that” (es muy bueno en eso). No me creía lo que estaba oyendo. Era la primera vez que iba a ese hospital y la primera vez en mi vida que veía a esa enfermera.

El gesto que refiere Muñoz sobre la pareja de Memphis no me parece demasiado sorprendente. Los americanos suelen ser francos, amistosos y comunicativos, incluso en Nueva York, y uno se contagia de esa camaradería espontánea. Hace infinitos años, conducía yo mi coche por Park Avenue, una de las más céntricas de la ciudad, cuando tres jóvenes, alrededor de los treinta años, un hombre y dos mujeres, me hicieron una leve, tímida, como en broma, seña de autostop. Paré, los monté y enseguida empezaron todos a recomendarme insistentemente que no volviera a hacer eso jamás en Nueva York. Era el día de San Patricio, eran americanos de ascendencia irlandesa, estaban  algo alegres, yo iba solo, tenía tiempo... Iban a una fiesta y me invitaron. Estuve con ellos y al final llevé a su casa a una de las chicas, que agradeció mi acción como ella juzgó que me resultaría más agradable. Acertó. ¡Ay, aquella tierna americano-irlandesa! Desde entonces siento yo un especial afecto por San Patricio, patrón de Irlanda.

Mais où sont les neiges d'antan? (¿dónde están las nieves de antaño?), se preguntaba François Villon, ese granuja impenitente, en el estribillo de su célebre Ballade des dames du temps jadis (Balada de las damas del tiempo pasado); un estribillo que me ha acompañado en mis momentos de desánimo desde que era un adolescente. Porque muchas veces, ya de jóvenes, pensamos que hubo un tiempo mejor que se fue. El infortunio, las ausencias, empiezan a golpearnos muy pronto. Tendría yo unos ocho años, cuando mi mejor amiguillo, Manuel Ángel, que era hijo del director del Banco Hispano Americano y vivía enfrente de mi casa, se marchó nada menos que a Cataluña, a donde habían destinado a su padre. Aquella Cataluña no era la de ahora y cuando los visitaba el Caudillo lo vitoreaban como posesos. ¿Por la policía? No, hubiera hecho falta un agente junto a cada catalán para explicar tal frenesí. Lo he visto, lo veo todavía, en documentales del No-Do. Es un simple dato, no tiene más trascendencia.

(continuará)