10 de septiembre de 2014

Molt honorable senyor Artur Mas: no, nequáquam (I)


Este blog no nació para tratar temas de actualidad. La trascendencia de algunos problemas me obliga, a mi pesar, a traerlos aquí y escribir esta carta.

Molt honorable senyor Artur Mas: no, nequáquam. Ha dicho usted que es el momento de que los catalanes muestren su fortaleza psicológica y no me parece lo importante ahora. Lo urgente, para los catalanes y para el resto de los españoles, es que se preocupen y luchen por labrarse una gran fortaleza moral. Las virtudes cardinales son cuatro, como recordará. Andan algo entreveradas y no resulta fácil separarlas con total certeza. Fisgando un poco en viejos recursos catequísticos, podría decirse que la fortaleza da vigor para vencer las pasiones; la prudencia conduce a actuar de acuerdo con la verdad; la justicia orienta hacia el bien mayor y la templanza ayuda a superar los instintos y ser fieles al honor, la palabra y los juramentos. Eso nos hace mucha falta a todos. Somos un pueblo difícil, señor Mas.

Soy suave en mis calificativos. Un inteligente andaluz, rondeño, pensador y soñador, era mucho más tajante y mordaz. Se llamaba Francisco Giner de los Ríos y usted —y cualquiera que se preocupe en serio por España y su cultura— sabe de él. Pues, don Francisco Giner, fundador de la famosa Institución Libre de Enseñanza, escribió al notable historiador don Eduardo de Hinojosa, nacido en Alhama, un pueblo granadino —acababa este de ser nombrado gobernador, justamente de Barcelona—, y le espetó: ¿Cómo no le da a usted pena… por esta querida horda salvaje? Se refería al pueblo español entero, no a ninguna región particular, y al hecho de que Hinojosa abandonara sus interesantes trabajos históricos. Eso, querida horda salvaje.

No voy a hablar de Giner o de su maestro Sanz del Río o de tantos otros. Lo que sí le digo, señor Mas, es que ha habido y hay bastante inteligencia en nuestra España, incluida Cataluña, naturalmente. No somos los más sabios o geniales del mundo, pero, juntos, contamos algo; en ciertos ámbitos de la cultura, la historia o la navegación, hasta bastante. Cuando menciono cosas así, siempre recuerdo un discurso de fin de año del presidente francés Georges Pompidou. Vivía yo entonces en Suiza, en Lausanne, y lo escuché en la televisión. Era refrescante, después de aquel singular Charles de Gaulle grandilocuente y megalómano, oír las palabras sencillas del nuevo presidente de Francia: “Nous ne sommes pas le plus grandes, mais nous comptons. Igual pasa con los españoles, creo yo sinceramente; no somos los más grandes, pero contamos.

Por hablar de algo concreto —y con Mario Vargas Llosa, de Arequipa, Perú, pero también ciudadano español—, hemos tenido ocho premios Nobel; más bien en literatura, aunque dos son de ciencias. Vicente Aleixandre era de Sevilla; Jacinto Benavente, de Madrid; Camilo José Cela, de Padrón; José Echegaray, de Madrid; Juan Ramón Jiménez, de Moguer; Severo Ochoa, de Luarca y Santiago Ramón y Cajal, de Petilla de Aragón, un pueblo de un enclave navarro en plena comunidad aragonesa.

Un político no tiene por qué ser una persona extraordinariamente inteligente o culta, aunque eso tampoco hace daño. Pero sí ha de ser honrado, poseedor de un alto sentido ético, moderado, prudente y alejado de cualquier demagogia o falsedad. En los seres humanos, la serenidad siempre es conveniente, pero mucho más en los que detentan cargos de responsabilidad y poder, cuya imprudencia puede irrogar daños muy importantes e irreparables. Thomas Macaulay, un poeta y político inglés del siglo XIX, escribió que “en todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos”.

Nadie debería empeñarse en ‘sostenella’ y no ‘enmendalla’. Esa actitud en un político puede originar calamidades sin cuento e infinitas desgracias. Usted aludió hace poco a que estábamos abocando a una situación de “ver quien los tiene más grandes”. Fue una vulgaridad, si me permite. Y además no se trata de eso. No se están enfrentando órganos o volúmenes, sino unos presuntos e inconcretos derechos contra unas leyes aprobadas y ratificadas de manera rigurosamente democrática.

La apelación constante a las masas es muchas veces errónea y peligrosa. Los castells —yo estuve en la base de alguno cuando joven, en Altafulla—, las cadenas humanas, con niños saltando y jugando, las proclamas ardientes, las músicas del terruño, las historias sesgadas, todo eso no tiene nada que ver con ningún problema real ni con su solución. Ese ambiente lúdico lo único que logra es enmarañarlo y ocultarlo, dificultando el enfoque racional del mismo, que debiera ser la tarea propia del político, y convirtiendo en un juego amable e inofensivo lo que es todo menos eso. 

Esta carta se ha hecho ya algo larga. La continuaré mañana, citando a un conocido filósofo español y una de sus obras, de plena actualidad.
(continuará)