7 de septiembre de 2014

De las palabras, de los silencios


He hablado ya muchas veces de las palabras, de su poder, de la justeza y concierto con que han de ser empleadas; hoy querría decir algo sobre los silencios. Los pensadores jónicos sostenían que en un principio fueron el silencio y el mar. Quizá es verdad. Con el silencio se dice mucho a quien sabe entender. Me ampararé en un texto propio y luego contaré dos casos de prolongados y claros silencios, henchidos de amistad o amor y soledad. Uno, poblado de voces desconocidas, salvadoras. Otro, continuado, hasta que pudieron nacer las necesarias y pertinentes palabras.

Tomo el texto de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos: Cuando Roberto salió, los dos hombres permanecieron en silencio algunos minutos. Se conocían desde hacía tanto tiempo, se habían visto tantas veces, se habían contado tantas cosas que en ocasiones, estando juntos, se refugiaban en sus pensamientos, como si estuviesen solos. La naturaleza es sabia y encuentra la ocasión de derramar el más preciado de los bálsamos, el silencio, entre los seres humanos, cuando es la mejor alternativa. El médico solía decir que uno de sus dioses preferidos era Harpócrates, al que los griegos tuvieron como el dios del silencio. Hay, además, muchas clases de silencios y ser un buen connaisseur de silencios constituye uno de los más altos grados de la sabiduría humana. Porque el silencio es un producto de la cultura, como la soledad.

 En el primero de los dos casos de silencio, el protagonista fue un poeta español, Pedro Garfias, que tras nuestra guerra civil vivió parte de su destierro en un perdido castillo de Escocia. Siempre solo, iba cada día a la taberna para tomar calladamente una cerveza, porque no hablaba ni una palabra de inglés. Una noche el tabernero le rogó que se quedase y bebieron en silencio junto al fuego. Este sencillo recogimiento se convirtió en un rito. Poco a poco sus lenguas se desataron y surgieron las palabras. Garfias contaba la guerra de España, con sus terribles recuerdos, y el tabernero le escuchaba en silencio. Luego el escocés contaba sus desventuras, la historia de la mujer que lo abandonó y las hazañas de sus hijos, combatientes en otra guerra, que estaban vestidos de militares en las fotos sobre la chimenea. Ni Garfias ni el tabernero entendieron jamás una sola palabra del otro. Sin embargo, la amistad de los dos se fue acrecentando y verse cada noche y hablarse hasta casi el amanecer se hizo una necesidad. Cuando Garfias se fue a Méjico se abrazaron y lloraron. Pedro confesó después que, cuando escuchaba a su amigo, siempre tuvo la sensación de que lo comprendía. Y lo mismo podría decir, con toda seguridad, el escocés de esta historia.

El segundo caso lo resumo de un excelente relato, El pequeño Heidelberg, de Isabel Allende: “Un capitán de barco, elegante y extraño, llegó una vez a cierto lugar y pasó allí cuarenta años, bailando todos los sábados, en un sencillo salón de baile, con Niña Eloísa, una dama local, diminuta, blanda y suave, sin que se cruzaran una sola palabra en algún idioma conocido. Hasta que un día llegó una pareja de extranjeros y el capitán oyó que hablaban su idioma, las palabras de su niñez, que no había oído durante tantos años. Se dirigió a ellos y les pidió con premura algo. Los extranjeros tradujeron su recado en un pasable inglés, que el dueño del local repitió en español a la frágil anciana: Niña Eloísa, pregunta el capitán que si quiere casarse con él. ¿No es un poco precipitado?, musitó ella. El capitán, explicaron los extranjeros, dice que ha esperado cuarenta años para decírselo y que no podría esperar hasta que se presente de nuevo alguien que hable su idioma. Dice que, por favor, le conteste ahora”.

El capitán pensó, sin duda, que no podía declararse a nadie, si no era en su idioma materno, aunque fuera a través de intérpretes, y esperó pacientemente la ocasión. Luego no quiso perder la oportunidad, cuando al fin se presentó. Lógico, ¿no?

Lector, te he mostrado tres ejemplos, de irrealidad progresiva, de mundos en los que habitaba el silencio. Mundos tiernos, teñidos de soledad, candor e inocencia. Mundos que quizá no todos hayan existido en realidad. Pero, ¿a quién le importa eso? A mí, no. ¿Te importa a ti?