12 de octubre de 2014

Marta enamorada y furiosa (fin)


Todavía la veo, recordó, cuando, una vez que estaba yo algo enferma y fui a que me viera, después de preguntarme sobre mis enfermedades de la infancia, las de mis padres, la fecha de mi primera menstruación, mis hábitos de todo tipo y mil detalles más ―porque aquello fue un interrogatorio en toda regla, que yo sé de eso― no tuve más remedio que confesar que aún no había conocido varón, que ya ni me acuerdo de cómo expresé aquello, si fue con esa fórmula u otra igualmente tonta, porque estaba yo apuradísima y no sabía ya ni lo que decía. Entonces la tía empezó a dar voces, que parecía que quería que la oyese todo el ambulatorio: “No me lo creo, no me lo puedo creer; no es posible”. ¡Y vaya si era posible! Y qué iba yo a hacer, pobre de mí. Y me miraba como si tuviera delante una iguana gigante o la hidra de las nueve cabezas o el célebre lagarto de Jaén.

En aquellos momentos, me sentí tan mal que hubiera cogido al primer celador o médico o enfermero que pasara por allí y le hubiera pedido que, aunque fuera dentro de su horario laboral, que se supone que está para otras cosas ―o no, porque según se cuenta, y para reducir la tremenda tensión de su trabajo, los médicos y enfermeras parece que casi no hacen otra cosa que jugar al amor en los hospitales― me hiciera un favor, el favor que me interesaba entonces de manera urgente, aunque fuera sólo para callar de una vez a la doctora, que seguía sin salir de su asombro y estaba como pasmada, hasta que, de repente, volvía otra vez en sí y empezaba con lo de “no me lo creo, no puede ser”, a voces puras. Y llegarme, después del sacrificio, hasta ella y decirle: Ve usted, ya no hay por qué admirarse de nada, que tampoco esto es tan difícil, ni tiene tanto mérito. Ya está hecho, ya me lo he dejado hacer. Y ahora, ¿qué? ¿Dejará ya de gritar?

La verdad es que yo siempre he pensado que ese favor es muy fácil de conseguir de cualquier hombre, algo por lo que, después de todo y en estricta justicia, tendríamos que estarles reconocidas las mujeres, por su buena disposición para estos asuntos, en vez de andar por ahí bromeando con lo de que “siempre están pensando en lo mismo” y cosas parecidas. En el propio ambulatorio, ya digo, se lo podría haber pedido al primero que llegase, aprovechando además que en la salita, en la que la doctora me había dejado sola para que me desnudara antes de la exploración, había una camilla, quizá aprovechable para el cumplimiento de la misión. Aparte de que, en casos de verdadera urgencia, ya había visto yo muchas veces en el cine, que no hacen falta ni camas, ni camillas, ni nada, que todo se puede resolver incluso de pie. En las películas, por cierto, yo había observado que, en algunas ocasiones, hasta se le encaramaba la mujer al pobre hombre, quien, además de estar atento a lo que hacía, encima tenía que cargar con la prójima cabalgándole en la cintura, que todo junto tiene que ser muy incómodo y dificultoso. Para él y para ella, para todos, aunque para la mujer tiene que resultar algo más llevadero, pienso yo, honradamente. Es que yo creo —no sé por qué, la verdad, porque yo de esto conozco sólo lo de las películas— que en la cosa del sexo las mujeres nos llevamos la mejor parte. Claro que luego está, para compensar, el asunto del parto, que esa sí que es otra historia.

Pues no pedí entonces la mencionada ayuda, porque estas cosas se piensan sólo en un momento y después se pasa la ofuscación y se olvidan. Y porque ese menester se lo tengo yo encomendado y prometido, para mis adentros, a mi primo Roberto, que para eso es primo mío y de niño, como era mayor que yo y más fuerte, lo he cabalgado centenares de veces, aunque entonces era jugando, claro. Otras circunstancias, obviamente, para qué nos vamos a engañar. Lo único que ocurre es que este Roberto está como en Babia ―aunque con otras sí espabila más, el muy cabronazo, como todo el mundo sabe― y no acaba de hacerse cargo de sus obligaciones para con la familia. Pero yo no desespero, llevo ya un montón de años sin desesperar, y este tendrá que hacer sus deberes antes o después, que me lo tengo yo imaginado y porfiado de siempre. O me lo cargo. O lo dejo ciego sin remisión. ¡Como hay Dios!