14 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (II)


Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, marcado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, situado cerca de una ciudad de nombre Bad Tölz. No había ido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, de cuyos nombres me acuerdo perfectamente, decidí acercarme a visitarlo.

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio. Estaba cerrado y llamé, sin que contestara nadie. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta. Era un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria; como la que toca Anton Karas en la película ‘El tercer hombre’, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.

Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que aislaba del mundo y que, junto con la música, te hacía flotar en un estado de felicidad imposible de describir. Por desgracia, tenía que seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.

Lo que ha ocurrido después, ya en España, es de todo punto incomprensible. He buscado en las más completas enciclopedias el nombre del monasterio y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias.

La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa a la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio, que aparece con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en la zona. Quedaron en enviarme el mapa por correo.

Hace una semana me llegó el mapa; idéntico al que yo utilicé durante mi viaje, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte, no existen, ni el monasterio que yo visité, ni los pueblos que atravesé. Quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.

También me llegaron las fotos que tomé durante el viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me piden información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugiere la exposición a una luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. Nunca han visto algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en el monasterio, que faltan todas. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación, ni con la insólita desaparición del lugar.
(continuará)