13 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (I)


Amigo lector, aquí estoy otra vez, que nunca dije que mi abandono del blog hubiera de ser definitivo y total. Y querría hoy empezar un tema algo complicado y que no puede ser breve, ex necessitate rei: la mezcla de realidad y fantasía en la literatura, que tantas veces intriga a los lectores. Además, al final quiero insertar un video propio, aventura absolutamente inédita en estas lides mías y de la que espero salir airoso. En fin, empezaré y sea lo que Dios, o el demonio, quiera.

Pretendo explicar la génesis de un relato corto mío, de índole fantástica, Viaje a Baviera, de mi libro El misterio de los editores; mostrar los sucesos reales que me sugirieron la trama del relato. En estas historias, la mayoría de las veces todo nace del magín del escritor, pero también hay algún caso en que la realidad es misteriosa y desconcertante y te brinda la urdimbre del cuento. Pensé en resumir este y veo que es imposible. Lo copio, pues, íntegro, dividido en tres partes, y luego comentaré cómo nació. Mi propósito de abreviar las entradas no será fácil de cumplir en muchos casos; lo que sí haré es hacerlas menos frecuentes. En esas estamos.

*** VIAJE A BAVIERA (relato) *** 
 
¡Oh, gentes de Al-Ándalus,
... el paraíso sólo está en vuestra tierra!
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su bella ciudad, en la provincia de Jaén, viajaba a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que venía a veces aquí, a su casa, en donde estoy ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.

Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, a pesar de sus setenta y nueve años, me entristeció mucho. Vine una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que hacerme cargo de la casa, porque me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su nutrida biblioteca.

He vuelto a leer el relato Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos trece años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón con el color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.

Llevaba tiempo sin ir a esa tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener algún conocimiento de su lengua, gracias a mi madre, que se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de aquellos hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Aquí, eso sí, hablamos todos a la vez y allí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Luego, las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones son igual de ruidosas o más que en España.
(continuará)