11 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (IV)


Palabras clave (key words): Eclesiastés, Horacio, Torquato Tasso, Luis Alberto de Cuenca

En todas las literaturas se encuentran metáforas o símiles que relacionan las rosas —su belleza, su caducidad— con el propio devenir de nuestras vidas. Todo responde al doloroso sentimiento de que el mundo es bello, pero imperfecto, y la vida fugaz. Algo que desgarró pronto el corazón del hombre y fue proclamado desde las más antiguas narraciones. De todos esos antiguos relatos tristes y pesimistas, uno de los más hermosos y profundos es el Eclesiastés. Sin embargo, no se encuentra en él, ni una sola vez, la palabra rosa, como ejemplo de la vanidad última de la existencia.

Como reacción frente a esa pobre realidad, una de las expresiones más conocidas es carpe diem (aprovecha el día), acuñada por el poeta latino Horacio, en su libro primero de Odas, la número once, exactamente, dirigida a Leucónoe; la que empieza: No preguntes, Leucónoe —pues saberlo es sacrilegio— qué final nos han marcado a mí y a ti los dioses. En ella no aparece tampoco la palabra rosa, aunque sí se habla de algo remotamente vegetal, un producto derivado de la uva: el vino.

La leo en la espléndida traducción de las Odas, de mi buen amigo el profesor José Luis Moralejo, que pronunció, hace ya algún tiempo, unas palabras en la presentación de uno de mis libros en Madrid. Es al final cuando Horacio escribe: Carpe diem, quam mínimum crédula postero (échale mano al día, sin fiarte para nada del mañana). En Odas I, 9 ya está prefigurada esta urgencia por sacar todo el partido posible a la vida. Tampoco hay aquí referencias a las rosas, pero sí, otra vez, al vino: Y cada día que la Fortuna te conceda, sea como sea, apúntalo en tu haber y vierte sin tasa de un ánfora sabina vino de cuatro años. Sin embargo, en Odas I, 5, sí se habla de rosas, en el apropiado contexto de un feliz encuentro amoroso: ¿Qué esbelto mozo, en medio de abundantes rosas y bañado en límpidas fragancias, te abraza, Pirra?

Otro autor de la misma tierra italiana, Torquato Tasso (1544-1595), pobre poeta lleno de dudas y de temores, atenazado por el constante terror de haber caído en la herejía y que murió atormentado por la locura, insiste en recomendar esta manera de afrontar la existencia. Y también menciona a la rosa: Mentre che v’apre il ciel puro il giorno, / cogliete, o giovinette, il vago fiore / de vostri più dolci anni. […] Verrà poi’l verno, che di bianca neve / sole i poggi vestir, coprir la rosa. Mientras que el cielo os abre puro el día, / coged, oh jovenzuelas, la flor vaga de vuestros más dulces años. […] Vendrá luego el invierno que de blanca nieve / suele vestir las cumbres, cubrir la rosa.

Querría terminar esta entrada con los versos de un poeta español contemporáneo, Luis Alberto de Cuenca, que toma el título de Ausonio: Collige, virgo, rosas. Es uno de los que con más ardor y vehemencia instan a gozar del instante, a arrancar las rosas, con una violencia casi excesiva y con una referencia final muy española y trágica a la Muerte. Dice el poema: Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. / Córtalas a destajo, desaforadamente, / sin pararte a pensar si son malas o buenas. / Que no quede ni una. […] Y que la negra muerte te quite lo bailado. La invitación —podría escribirse la orden, el ultimátum— es clara, no tiene nada de ambigua.

Obviamente, para enfatizar la brevedad de la vida y aconsejar el disfrute de los placeres mientras se pueda, no hace falta citar a las rosas. Pero es verdad que en muchos casos, los escritores lo han hecho así. He recogido aquí algunos ejemplos, tratando de mostrar autores de diversas épocas. Quiero terminar esta pequeña antología con el poeta francés que ya mencioné, Pierre de Ronsard, y con alguien más, pero será otro día.

(continuará)