1 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (I)


Palabras clave (key words): Unamuno, García Lorca, idioma árabe, Joaquín Vallvé.

He escrito cuatro entradas sobre dos cocineros de los siglos XIV-XV. Y todo, en el fondo, porque quise saber si Jean de Belleville, uno de ellos, ‘ofició como cocinero’ —la reverente expresión no me parece desajustada, hoy día— en un banquete que se celebró el 14 de febrero de 1416, en Chambéry, de Francia. Alguien podría pensar, y yo mismo, que estoy perdiendo el oremus, que se me fue la cabeza. Por si acaso, cambiaré de rumbo y contaré ahora algo de mi vida. Lo hago con reluctancia, pero el asunto me parece medio divertido y me permitirá alguna elucubración.

Me resisto a hablar directamente de mí. Otra cosa es lo que se trasluzca en mis escritos, que eso resulta inevitable. Me ha llevado a vencer esta discreción mía, el haber encontrado coincidencias entre mi caso y lo ocurrido con Don Miguel de Unamuno y García Lorca. Que parentescos me busco, ¿verdad? Bueno, me explico enseguida.

Don Miguel, en el prólogo a la tercera edición de su interesante, e insistente, Vida de Don Quijote y Sancho —todo lo que roza al Quijote está mágicamente destinado a encandilar y pervivir—, escribió: “He olvidado todo el poquísimo árabe que me enseñó el señor Codera en la Universidad de Madrid, ¡y me dio el premio en la asignatura!”. Francisco Codera Zaidín fue un filólogo, arabista y erudito español, que desempeñó la cátedra de griego en Granada, hebreo en Zaragoza y árabe en Madrid. Fue sobre todo arabista y entendidísimo en arqueología numismática.

Pero, querido Don Miguel, ¿cómo pudo usted olvidar todo el árabe que aprendió? Es que hay cosas que no se entienden. Federico García Lorca no tuvo quizá ni ocasión de olvidar, porque seguramente aprendió mucho menos que Don Miguel. Mi deducción se basa en que ni siquiera se presentó a examen, aunque se había matriculado, según leo en la excelente y minuciosa biografía de Ian Gibson.

¿Y qué me pasó a mí? Pues que, por haber hecho el bachillerato de Ciencias, no estudié griego y por ello, al llegar a la facultad de Filosofía, me decidí por el árabe. Simultaneé los estudios con los de medicina, pero el árabe no pude y lo fui dejando. Me examiné en junio del 63, ya con mi carrera de médico terminada y con deberes profesionales. Y, lo que son los milagros, fui capaz de traducir los textos que nos dieron y obtuve Sobresaliente en el primer curso y Notable en el segundo, que los hice a la vez. ¿Y por qué cuento esto? Para presumir, ¿no? ¿Y que tiene esto de medio divertido?

Un momento, lector, dame un respiro. Lo que quiero hacer constar es que, como Don Miguel, he olvidado todo, absolutamente todo, mi árabe y sé muy bien que eso ya no podré enmendarlo. Lo que me lleva a hacer algunas consideraciones, sobre los idiomas y el saber en general, que dejaré para otra entrada. Lo de medio divertido viene de que, en los meses anteriores al examen, comía casi todos los días con el profesor de la Complutense que me tenía que examinar, Joaquín Vallvé Bermejo, en el Colegio Mayor Menéndez Pelayo, en el que estábamos ambos. Al aproximarse la fecha fatídica, las bromas y la rechifla de los colegiales —unos cuarenta— eran continuas, rogando todos al profesor Vallvé que se apiadara de mí y sacándome los colores continuamente. Luego, cuando aprobé con buenas notas, Joaquín defendió siempre que había sido justo al calificarme. Y yo creo, sinceramente, que lo fue y perdón por la inmodestia.

¿Pero cómo se puede olvidar tan completa e irremediablemente lo que se aprende? No recuerdo ni siquiera el vocabulario, sólo las tres primeras letras, y no identifico las figuras de las mismas. ¡Qué desengaño, qué inmensa tristeza! Es la ignorancia la que no ocupa lugar; el saber sí. Y además exige trabajar sobre él para no agostarse y acabar en la nada.

(continuará)